miércoles, 21 de febrero de 2018

España 1939: Los frutos de la memoria




Los historiadores, a fin de evitarse molestias en las averiguaciones, se copian los unos a los otros.
Anatole France

Los estudios sobre el exilio republicano español en México gozan hoy de buena salud, afirma una historiadora catalana en un artículo publicado en la Web. Sin embargo, el análisis del mismo exilio en Chile, recién comienza a desentumecerse. Hace ya unos años se publicó un extenso trabajo de los profesores Carmen Norambuena y Cristián Garay; España 1939: Los Frutos de la Memoria. (Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago, 2002). La publicación contiene un Estudio Preliminar, de Francisco Caudet, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y una veintena de biografías de los emigrantes.
El libro, señala el profesor Caudet, intenta responder a una serie de preguntas de gran calado, de no fácil respuesta, pero que son abordadas de manera ecuánime y con una metodología apropiada. Agradece, además, a los autores, que han dedicado tan denodado esfuerzo por reconstruir un capítulo de la historia cultural de Chile y España. Los autores, por su parte, destacan que el trabajo pretende contribuir a un debate abierto y no acabado. En este marco, -y porque el texto puede convertirse en referencia para estudiosos e investigadores-, quiero sumarme al debate planteado por los autores, con la intención de contribuir a la reconstrucción rigurosa de ese capítulo de la historia cultural de Chile y España, como señala el profesor Caudet.

Estudio Preliminar
En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, -señala el estudio preliminar-, llegaron a Chile en los vapores Massilia, Órbita, Formosa, Reina del Pacífico y desde Argentina, en el ferrocarril Trasandino, varios centenares más de españoles. Muchos de ellos intentaron, lo que obligó al Gobierno argentino a restringir la concesión de visados, quedarse en Argentina. En uno de los informes de la Embajada franquista en Santiago (Informe del 12 de enero de 1940) se hacía este comentario: El Gobierno argentino se ha alarmado del número crecidísimo de rojos españoles que cruzan su territorio para entrar en Chile por la Cordillera andina. Y ha prohibido la concesión de visados de tránsito, porque muchos lograban quedarse consiguiendo influencias y presiones cerca del Gobierno...
En otro párrafo del texto, el profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. El Presidente Aguirre Cerda había nombrado a Pablo Neruda, en mayo, Cónsul Especial para la Inmigración Española..., En julio de 1939 se debatió en la Cámara de los Diputados los acuerdos alcanzados por los dos representantes del Gobierno con la FOARE y el SERE, acuerdos que iban a permitir el traslado a Chile de un contingente de republicanos que, contra las primeras previsiones, superó por poco los 2.000. (La nota a píe de página Nº 9, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos)
La oposición se enfrentó en la Cámara de Diputados con tal virulencia a esa expedición, que estuvo a punto de causar una grave crisis política. El canciller Abraham Ortega, debido a esa polémica, presentó la dimisión que el Presidente, con buen criterio, no aceptó. El Gobierno, que llegó en esos momentos a reconsiderar la decisión de permitir la inmigración de republicanos, mandó a Pablo Neruda, cuando ya estaba a punto de partir de Francia el Winnipeg, la orden, que no atendió, de esperar.
Si analizamos detenidamente el texto, debemos discrepar de varias afirmaciones, o, como mínimo, de una redacción que se puede prestar a equívocos. En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, los vapores Massilia y Formosa no llegaron a Chile, sino que llegaron a Buenos Aires y los varios centenares "más" de españoles que llegaron desde Argentina en el ferrocarril Trasandino, correspondían a los pasajeros de dichas embarcaciones. El Reina del Pacífico, según testimonio de Jesús del Prado a Leonardo Cáceres (Araucaria de Chile Nº 8-1979) no hizo viajes por esas fechas: Yo tenía pasaje para viajar en el Reina del Pacifico, y que zarpaba de las costas europeas el 29 de agosto... pero en el encuentro en París con Pablo Neruda, me contó que organizaba un viaje de refugiados españoles en un barco de carga que partiría desde Burdeos a fines de julio o en los primeros días de agosto. ...él me invitó a viajar en ese barco. Fue una buena decisión, pues el "Reina del Pacifico" no hizo ese proyectado viaje por los océanos sino hasta después de la segunda guerra mundial. Más aún, el Reina del Pacífico, antes de la guerra mundial, zarpó por última vez a Valparaíso a mediados de junio, en él viajaban los hijos de Valle Inclán.
Sobre los "intentos" de los asilados por quedarse en Argentina, sería conveniente revisar un artículo de Dora Schwarzstein, profesora de la Universidad de Buenos Aires, (La Llegada de los Republicanos Españoles a la Argentina. REDER. Red de Estudios y Difusión del Exilio Republicano) en el que señala cómo y por qué se quedaron en argentina muchos de los pasajeros del Massilia. En este barco viajaban 147 españoles republicanos. Todos ellos se hallaban en tránsito, con diversos destinos: 132 a Chile, 6 al Paraguay y 9 a Bolivia. Mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentó en el puerto Natalio Botana, director del periódico Crítica que ofreció a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina. Además, el mismo Botana comenzó una intensa campaña frente a su Gobierno hasta lograr que el presidente Ortiz otorgara la autorización para que los españoles del Massilia se quedaran. En julio de 1939, el periódico Crítica ya había iniciado una colecta de dinero para acudir en ayuda de los intelectuales españoles. El 13 de noviembre, el periódico informaba sobre el destino de los fondos recaudados: A pedido de entidades de ayuda a los intelectuales, Crítica distribuyó el producto de la colecta Suscripción Pro-intelectuales españoles entre exiliados del Massilia. En la Argentina -agregaba-, quedaron unas 50 personas, siguiendo viaje a Chile otros 70 intelectuales. El total recaudado se repartió entre esas 50 personas que se instalarían en Argentina y los 70 intelectuales que seguirían viaje a Chile. En base a esas informaciones, ya tenemos una cifra casi exacta de los pasajeros del Massilia llegados a Chile. Y tenemos también el motivo del informe, de fecha 12 de enero de 1940, de la Embajada franquista en Santiago al Gobierno de su país, citado por el profesor Caudet. Entre los pasajeros del barco se encontraban el pintor Manuel Ángeles Ortiz; Alberto Barral López, Gregorio Muñoz Montoro, Clemente Cimorra, Severino Mejuto y Luis Ciutat de Miguel.
Por otra parte, es históricamente conocida, está en todas las cronologías de Neruda, la fecha en que el poeta salió para Francia con la misión consular para la inmigración; Marzo de 1939. Posiblemente el profesor trabaja sólo con documentos ya que el nombramiento oficial de Neruda como Cónsul Especial para la Inmigración Española se subscribió, efectivamente, en el mes de mayo. Pero la designación verbal del Presidente y su Ministro de Exteriores, Abraham Ortega Aguayo, se hizo en una reunión en la que Volodia Teitelboim fue testigo de excepción.
El profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. Esto puede llevar a una desvirtuación del trabajo de los comités chilenos. Para la ocasión se formó, bajo los auspicios del Comité Nacional del Frente Popular, el Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados Españoles (CChARE), que se encargó de todas estas gestiones; económicas, organizativas y logísticas. Estaba presidido por el poeta y diputado socialista Julio Barrenechea. José Manuel Calvo, secretario general del ChARE, trataba directamente, o a través de Neruda, con el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, con la FOARE (que agrupaba sólo a comités argentinos, no a los uruguayos) y con la organización mundial en favor de los refugiados que funcionaba en París. El día sábado 10 de Julio de 1939, el periódico Frente Popular de Santiago, informaba que: La FOARE, Federación de Organizaciones Argentinas Pro Refugiados Españoles, es una institución formada por todos los Comités, que en número de más de 500 existen en la República hermana, para la ayuda a los refugiados y ex combatientes de la República Española. Hasta el mes de mayo último recaudó para la ayuda a España, la enorme suma de 70 millones de francos... Según el acuerdo de la organización mundial en favor de los refugiados que funciona en París, de la cual es filial la FOARE, Argentina, Uruguay y Colombia destinarán todos los fondos que reúnan para la atención de los refugiados que vayan llegando a Chile.
El acuerdo se había tomado en París, en el Congreso celebrado, por la organización mundial en favor de los refugiados, a principios del mes de julio. Pero las conversaciones previas las había iniciado Neruda algunos meses antes, en marzo de 1939, en su paso por Argentina y Uruguay, camino de Francia. (Ver prensa de la época y cartas de Neruda al Ministro de Exteriores chileno)
Sobre el número de asilados, la nota a píe de página Nº 9 del citado libro, en el Texto Preliminar, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos. No está demás decir que esas cifras no se sobrepasaron. Lo dice el propio Ministro Ortega en varios medios de la época; esos 1350 pasajeros, más las esposas e hijos de muchos de ellos, nos da el número de algo más de dos mil, que fueron los que llegaron en el barco. Además, también lo dice por carta José Manuel Calvo a Neruda: Desde luego la resolución del Ministro de ampliar el embarque a los familiares, demuestra que el rigor del comienzo se va aminorando.
Otra afirmación poco rigurosa de Francisco Caudet es la que se refiere a la dimisión del Ministro Ortega. Esta no fue debida al encarnizado debate producido en la Cámara de Diputados el 4 de julio. Al mediodía siguiente, con la intermediación de los diputados Juan Bautista Rossetti y Marcos Chamudez, la crisis estaba completamente solucionada. Aguirre Cerda reconsideró su postura y Ortega retiró su renuncia. Cabe señalar que el mismo día 5 de julio, el doctor Calvo, declaraba a United Press que había depositado dos millones y medio de pesos en la Legación chilena de París, que daban garantía de techo y alimentación a los refugiados durante seis meses, a fin de que no fuesen carga para el Estado.

El escenario: 1939
Los autores del libro, antes de presentar las entrevistas, hacen una contextualización del periódo tratado, -El escenario; 1939-, que dividen en cinco partes: La génesis; Los españoles en Francia; La empresa del Winnipeg; El viaje y Los otros exiliados. Un párrafo de la primera de ellas merece nuestra atención, dice: La lucha partidaria tuvo directa repercusión en la cuestión de los emigrados. Cada facción política organizó con enormes dificultades la salida de los suyos, lo que explica la creación de dos organismos cuya misión era identica y que tuvieron competencias paralelas sobre los emigrados. Se trata del Servicio Exterior de la República Española (SERE), controlado por los comunistas y bajo la dirección de Juan Negrín; y de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), controlada por el socialista Indalecio Prieto.
Creemos poco afortunada la explicación de la creación de dos organismos paralelos. Si bien es cierto que la salida de los republicanos se realizaba con muchas dificultades, no lo es menos que el SERE estaba resolviendo de manera correcta la situación. Pero retrocedamos un poco en el tiempo. El SERE, cuyas siglas, como hemos visto, no corresponden exactamente a la señalada en el libro, había sido fundado en París, a comienzos de marzo de 1939, por el Gobierno Republicano en el exilio, (cuyo presidente era Juan Negrín) con el visto bueno del Ministro del Interior francés y bajo la protección de la Embajada mexicana. Este servicio fue presidido por Pablo Azcárate y su director era Bibiano Osorio y Tafall. El origen y la constitución de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles, JARE, presidida por Luis Nicolau, es distinto. Nació en París, el 31 de julio, seis meses después de la creación del SERE; casi un mes después de la llegada a México de tres barcos con exiliados; el Sinaia, que llegó a Veracruz el 13 de junio y el Ipanema y Mexique, que llegaron el 7 de julio y no se creó, precisamente, por las enormes dificultades con que cada facción política organizaba la salida de los suyos.
La JARE, lo mismo que la Comisión Permanente, fueron dos organismos fabricados a su medida por Indalecio Prieto, para justificar la apropiación indebida que hizo del tesoro del yate Vita. (Ver; Amaro del Rosal; El tesoro del Vita, Biblioteca de la Guerra Civil, Barcelona, 1998) El contenido de esta embarcación, que transportó a México los bienes depositados en diversos bancos y montes de piedad de España, convirtió a Prieto en el árbitro del exilio, pero, para consolidar su posición, necesitaba de algunos aliados y de algún organismo formal. Ese es el origen de la creación de la JARE. Desde ese momento el exilio republicano queda dividido en dos, proyectándose la división a los partidos políticos y a los campos de concentración. Este hecho constituyó el tercer golpe de estado recibido por la República española; el primero fue el de Franco, el segundo de Casado y luego el de Indalecio Prieto. Esta lamentable división no pudo repercutir en el embarque del Winnipeg. Como sabemos, su salida de Francia se produjo el 4 de agosto, a sólo cuatro días de la creación de la JARE.
El subcapitulo, -Los españoles en Francia-, el libro refleja poco rigor cronológico en la exposición. El 2 de abril, -señala el texto-, la noticia del desastre republicano llega a la Comisión Política del Partido Comunista chileno. La colectividad conoce, mediante una reunión previa entre el Secretario General del Partido, Carlos Contreras Labarca, y el canciller Abraham Ortega, que la República española ha caído y que sus partidarios están en la indefensión... Pablo Neruda, participante en la Comisión Política del PC, interviene ante la conmoción general y sostiene que se debe acudir al Presidente Pedro Aguirre Cerda; en los días siguientes propone traer a miles de refugiados y sus familias, y el Partido da inicio a gestiones directas.
No está demás recordar que Neruda, en esa fecha, no participaba en la Comisión Política del PC chileno. Si bien es cierto que el inicio de su acercamiento al comunismo fue en España, y que muchas de sus amistades militaban en ese partido, no lo es menos que su propia militancia comenzó en julio de 1945. Pero lo que es totalmente inexacto es que Neruda, la Comisión política del PC y su Secretario General, intervinieran y acudieran al Presidente en los días siguientes al 2 de abril. Por esa fecha el poeta ya se encontraba en Buenos Aires participando en la reestructuración de los organismos solidarios argentinos y ya había participado como delegado de los intelectuales chilenos en el Congreso Internacional de las Democracias, celebrado en Montevideo. Lo que si sucedió el domingo 2 de abril, y de ahí puede venir la confusión de los autores del libro, es que ese día, en el Teatro Caupolicán de Santiago, en una concentración del Partido Comunista, el diputado Carlos Contreras Labarca anunciaba que Neruda había sido nombrado cónsul para la inmigración española y que ya se encontraba en viaje hacia Francia. Las gestiones directas de Neruda y los comunistas a que alude el texto se habían iniciado incluso antes de que Aguirre Cerda asumiera la presidencia.
En la bibliografía seleccionada se señala a Luna, primera revista cultural del exilio en España, (Madrid, EDAF, 2000) recopilada por Jesucristo Riquelme, como uno de los textos consultados. En él queda claramente establecido que el reconocimiento al régimen franquista por el Gobierno de Chile, se enmarca dentro del conflicto diplomático por los asilados en la Embajada chilena en Madrid, y no por otras razones.
En el siguiente subcapítulo, -La empresa del Winnipeg-, nos encontramos con nuevas sorpresas, algunas se pueden atribuir, otra vez, a una redacción que se presta a equívocos, como cuando dice: De hecho, (Neruda) antes de ser Cónsul para la Migración (sic) había sido Cónsul en Madrid, creando la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y además había asumido la presidencia de la Asociación Internacional Pro Refugiados Españoles. Ahora volvía a contactar con republicanos españoles aunque el ambiente de la legación chilena en Francia no fuera todo lo grato que el poeta esperaba, como tampoco fueron fluidas sus relaciones con el Embajador en París y luego Presidente de la República, Gabriel González Videla.
Tenemos que recordar que la Alianza de Intelectuales Antifascista fue creada en Madrid, en febrero de 1936, por José Bergamín, María Teresa León y Rafael Alberti, entre varios otros. Neruda fundó en Chile, siguiendo instrucciones del II Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, cuya sesión pública inaugural se realizó en el Salón de Honor de la Universidad de Chile el día 7 de noviembre de 1937. Luego se afirman en un viejo mito, repetido por muchos investigadores, que es el de González Videla como uno de los principales entorpecedores de la gestión de Neruda en la campaña del Winnipeg. Todos conocemos la labor de González Videla durante su mandato, sin embargo, aún no era embajador en Francia cuando Neruda desempeñaba su misión. Nombrado embajador en Francia, Bélgica y Luxemburgo, Gabriel González Videla se embarcó en Valparaíso rumbo a su nuevo destino el 21 de agosto de 1939. Al cruzar el Canal de Panamá, el 1 de septiembre, estalló la Segunda Guerra Mundial, debiendo alterar el trayecto. Recién el 3 de noviembre logró, vía Nápoles, llegar a su destino en París. Como sabemos, el Winnipeg zarpó del puerto fluvial de Trompeloup, en Burdeos, el 4 de agosto de 1939, luego de un trabajo organizativo y de preparación de más de cuatro meses.
Revisando las memorias del poeta, no hay alusión directa a González Videla como uno de los diplomáticos que se dedicaron a entorpecer su labor. Pero si alude directamente a Manuel Arellano Marín: Para complicar mi vida el gobierno del Frente Popular de Chile me anunció la llegada de un encargado de negocios. Aunque no dice que fue él mismo quien lo solicitó como secretario para colaborar con su trabajo. (Carta del 19 de abril al Ministro Ortega)
Es obvio que la labor del investigador es investigar. Los datos citados en este y en cualquier texto, aunque provengan del mismo Neruda, tienen que ser comprobados. Como hemos visto, el no hacerlo puede inducir a errores. El caso de las atribuciones a González Videla es un ejemplo. Pero hay otro aún más notorio, el que señala que: En Francia Neruda contactó con Juan Negrín. Es cierto que también lo dice Neruda, quien en sus memorias señala su entrevista con él después de recibir el supuesto cable de Aguirre Cerda cancelando la misión del Winnipeg. Pero, como veremos, esto, desde el punto de vista cronológico, no parece muy verosímil, ya que Juan Negrín, por esas fechas no estaba en Francia. Había viajado en mayo del 39, primero a Nueva York y luego a México, para tratar con Indalecio Prieto el escabroso tema del tesoro del Vita. (De hecho, a la llegada del Sinaia a Veracruz, -13 de junio-, Negrín fue uno de los que les esperaba en el puerto). En declaraciones a la prensa mexicana, el 4 de julio, Negrín anunciaba su regreso a Francia, donde, dijo, Esperaba estar en París el 12 de julio. Recordemos que el incidente aludido, con la renuncia del Ministro Ortega incluido, sucedió entre los días 4 y 5 de julio. Esos datos son fruto de una rigurosa investigación, y pueden ser usados, siempre que se cite las fuentes, cosa que no siempre sucede con el texto que analizamos.
Tampoco compartimos lo señalado en el subcapítulo Los otros exiliados. El ingreso de los 17 asilados republicanos en la Embajada de Chile en Madrid no fue sólo ...fruto de la determinación del Encargado de Negocios, Carlos Morla Lynch. En este episodio hubo otros actores, como el Gobierno del Frente Popular, principalmente Abraham Ortega, la Alianza de Intelectuales de Chile y el propio Neruda. Sobre eso hay bastante documentación, incluido el testimonio del mismo Morla Lynch.
Hay varias anotaciones que, en honor al rigor histórico, merecen una mínima rectificación. Entre ellas, señalar que Angelina Vásquez Ribeiro, autora de uno de los libros más importantes sobre el tema, aunque hija de un exiliado republicano, no fue pasajera del Winnipeg. Que los nombres de los hermanos Pey Casado no son Víctor y Roberto, son Víctor y Raúl, sin omitir a la hermana Diana, importante pianista. Señalar también que la biografía, reseñada en el libro, de José Gómez de la Serna, pasajero del Winnipeg y padre de Elena Gómez de la Serna, corresponde a la de su hermano Ramón, el autor de las Greguerías. Pero incluso está mal copiada, ya que en la bibliografía, cuando se señala el libro Senos y Circo (1917), corresponde a dos libros diferentes; Senos, publicado en Madrid por Imp. Latina en 1917, y El Circo, publicado el mismo año por la misma casa editorial.
Quizá a modo de fe de erratas, respecto al cuadro estadístico de la página número 219, sería interesante aclarar que, Mauricio Amster vino en el Winnipeg, no fue uno de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid; que José y Joaquín Machado, con sus respectivas esposas, tampoco vinieron en el Winnipeg; que la profesión de Vicente Salas Viu es musicólogo, aunque ejerciera alguna vez la crítica; que José Ferrater Mora vivió en Chile seis años, aunque en el cuadro de la página 222 se señale cero y, por último, ya que no podemos extendernos más aunque queden varios puntos a discutir, los intelectuales catalanes que vivieron en Chile y que tempranamente volvieron a su patria, no lo hicieron, como se señala, porque en España ya se habían terminado las represalias. De hecho, Francesc Trabal falleció en Chile en 1957; Joan Oliver (Pere Quart), Doménec Guansé y Xavier Benguerel, en los comienzos de su retorno, sufrieron la cárcel, el olvido, la dificultad de trabajar y varios otros tipos de represión.
El estudio del exilio republicano español a Chile aun no goza de buena salud. Es cierto que este episodio se ha convertido en la más importante hazaña solidaria del pueblo chileno, por ello, para conocerla y apreciarla mejor, tenemos que estudiarla y difundirla con el máximo rigor, sin copiarse unos a otros, como señala Anatole France y comprobando cualquier dato que se presente, por nimio que parezca.
El año antepasado, se publicó en Madrid el libro Emigración y relaciones bilaterales España-Chile (1810-2015) de José Manuel Azcona Pastor, editado por Dykinson. En el Capítulo V.- El exilio español a Chile (1936-1945), la misma profesora que aparece como autora de España 1939: Los frutos de la memoria, en la nota 20, vuelve a equivocarse. Señala: ...con motivo del 70 aniversario de la llegada del Winnipeg a las costas chilenas, el principal acto desarrollado en La Moneda, la presidenta de la República de Chile, Michelle Bachelet, invitó como orador único al profesor Jaime Ferrer Mir.
A esa ceremonia, la celebración de los 70 años de la llegada del “Winnipeg” a Chile, asistieron cientos de personas y lo cubrió la prensa chilena y parte de los corresponsales extranjeros, principalmente españoles. Todos ellos saben, y así se informó en su día, que en ese acto participaron tres oradores, incluida la Presidenta, que en su intervención no tuvo errores, porque estaba bien asesorada. Y es lo que tiene que hacer un historiador, asesorarse bien, ya sea por sus propias investigaciones o por buenos colaboradores, y no dejarse guiar por disputas nimias, ni por rencores sin sentido.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Tiempo de panes y de flores


Panadera de espigas y de flores,
panadera lilial de piel de era,
panadera de panes y de amores.

Miguel Hernández


-Él fue el primer amor de mi vida. Quizá por no haberlo consumado, quizá por su temprana muerte, pero, la verdad es… que nunca lo olvidé.
Para la hija, cuyo padre fue y sería de por vida el mejor padre del mundo, esta declaración resultaba intolerable. Más aún cuando su padre había muerto hacía sólo unos meses. Su pregunta, casi un grito, brotó desde las entrañas:
-¿Y Papá? ¿Amaste a Papá?
-Claro que sí. Lo quise y lo quiero mucho. Fue el mejor esposo. Aún espero verle entrar por esa puerta.
-Pero Pepito…, era fascista, mamá.
-Y eso, qué. Podríamos haber vivido felices en cualquier régimen.
Josefina no aceptaba la muerte del que había sido su esposo y compañero. Aún estaba en la etapa de negación de duelo. Durante esos intensos sesenta años lo amó, cuidó de él. Fueron juntos al exilio. Con él tuvo tres hijos. Con él regreso a España después de treinta y cinco años de duro destierro. Con él vivió la emoción del reencuentro con la tierra que los vio nacer. Con él, honraron la memoria de Miguel Hernández, el amigo de juventud. Durante todos esos años, guardó para sí el secreto, el amor que mantuvo por Ramón Sijé, su primer novio en Orihuela, en aquel tiempo de panes y de flores.
A sus 84 años, Josefina era ya una venerable anciana. Sin embargo, para la hija, conciente del valor de su madre, de su bondad como esposa, el amor recién confesado, guardado por tantos y tantos años, le golpeó el corazón. Por primera vez vio a su madre como mujer y aunque dolida, intentó comprenderla. Quiso seguir indagando y volvió a preguntar. Quería saber, quería desentrañar la historia de sus padres. Pero Josefina, sumida en los recuerdos, ya se deslizaba por las calles de Orihuela repartiendo el aromático pan recién horneado en la tahona de los Fenoll.
No cumplía los 18 años cuando comenzó su amistad con Pepito. Una tarde de abril, como de costumbre al ir a entregar el pan, tocó la puerta de la casa de los Marín. Esta vez bajó Pepito y le habló por primera vez.
-Tengo interés en hablar contigo porque pienso escribir un artículo sobre tu hermano Carlos.
A comienzos de aquel año de 1932, Carlos Fenoll ya había publicado sus versos en la prensa de Orihuela, y Pepito, quien ya escribía con el nombre de Ramón Sijé, sabía reconocer un talento. Sin embargo, no sabemos si era el talento de Carlos o un interés personal lo que le llevó a entrevistar a la hermana del joven poeta. Lo que de inmediato supo Josefina, una vez publicado el artículo de Sijé, es que el autor no sólo hablaba del nuevo valor literario en la publicación del Diario de Alicante: “Yo conozco –y aprecio- a la bella hermana del poeta. Varias veces le hablé de lo que aquí burlonamente llaman “las cosas del poeta”. Recuerdo que una noche quise saber de su boca afanes del oficio del hermano, gran poeta y extravagante panadero”.
-Eso me halagó, -recuerda Josefina-, yo ya sabía que él era un muchacho que prometía mucho, tenía fama de inteligente. Desde ese día hablamos diariamente, pues él calculaba la hora en que yo terminaba de hacer el reparto de pan y salía a mi encuentro.
Pepito, a pesar de su seriedad y de su ardor religioso, terminó por conquistar el corazón de la joven panadera. Se adelantó en esta labor a varios pretendientes a tan codiciado trono, entre ellos Jesús Poveda, quien ya marchaba a Cartagena a cumplir su servicio militar, y a Miguel Hernández, un adversario mucho más alegre, elocuente y con más talento poético que el propio Pepito. Miguel, por aquellos días estaba en Madrid. Tardaría un tiempo en descubrir a su propia Josefina, la costurera de alta luz y ojos altos.
La panadera fue pábulo de las diarias visitas de Pepito a la tahona, en la que, desde hacía un tiempo, se reunían sus amigos, los jóvenes poetas de Orihuela, entre ellos por supuesto Carlos y Efrén Fenoll, los dueños de casa. También asistía Miguel Hernández, quien había publicado en la prensa sus primeros versos gracias al aliento de Carlos Fenoll, su primer gestor literario. Por Carlos se había enterado Pepito del genio poético del pastor. Su interés por el talento de Miguel había sido inmediato y ahora ya eran estrechos amigos.
Fueron años felices para la nueva pareja de enamorados. Por las tardes, con un ramo de flores en su mano, llegaba Pepito a visitar a la amada, mientras Josefina despachaba los últimos panes sobre el mostrador de mármol blanco. La infantil alegría del joven contrastaba con la seriedad de los sesudos ensayos y editoriales que publicaba en las revistas oriolanas.
Esta vehemencia apasionada con que Ramón Sijé trataba temas políticos y religiosos terminó por apartarlo de algunos amigos. Las amistosas cartas dirigidas a Miguel en Madrid, comenzaron a salpicarse de sermones y reproches por las nuevas amistades del pastor en la capital. Jesús Poveda lo señaló en su día. Confesaba que a finales de 1935, al cruzarse con Pepito por las calles de Orihuela, algunas veces se saludaban y otras, no. A Miguel le pasó lo mismo, dice Poveda.
Poco antes de la navidad de 1935, la casa de la familia Marín Gutiérrez se pintó de pasiones y desgracias. Pepito, inmerso en un tiempo de arduo trabajo intelectual, enfermó gravemente y cayó postrado en su lecho. Los médicos no encontraron diagnóstico ni remedio para su mal. Diez días duró su agonía. Murió por la noche, consumido por la fiebre, cuando Orihuela ya celebraba la Noche Buena. Recién había cumplido 22 años de edad.
Pepito presintió su muerte unos meses antes de ocurrir, -recuerda Josefina-, yo lo encontraba agotado, pero no enfermo. Era mucho el trabajo que quería desarrollar, pues aparte de sus estudios estaba muy nervioso porque no le daba tiempo de presentar su libro a concurso. Además, preparaba la revista “El Gallo Crisis”. Trabajaba hasta las tres de la madrugada, se alumbraba con una vela, y lo agobiaban las preocupaciones familiares. Su padre le contaba que el negocio iba mal y que tendría que hipotecar su casa. Por otro lado, su madre no estaba bien de salud, y él la adoraba. Quería a su hijo con pasión, con obsesión. Pepito me contaba todas estas cosas de su madre, que le preocupaban, y entonces me dijo, con una tristeza muy grande en su rostro: “Presiento que me voy a morir joven, y si es así, mi madre no lo podrá soportar”; y a continuación me hizo esta pregunta: “¿Tú te casarías conmigo en artículo mortis?, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Yo lo consolaba, estaba cariñosa con él. No me habló más de esas cosas tan tristes para mí.
Muy temprano, también para Josefina, madrugó la madrugada. Una noche, cuando recién había conciliado el sueño, somnolienta, oyó que tocaban el aldabón de su casa. Una voz decía:
-Pepito ha muerto. –Era su tío Carlos, el hermano de su madre que venía a buscarla.
-Anda, hija, arréglate, que me han hecho el encargo de que te lleve.
Se puso el vestido negro sin estrenar que Pepito le había regalado y que curiosamente días antes había cosido otra Josefina, de apellido Manresa, que andaba en amores con su amigo Miguel Hernández. ¡Parecía que todo estaba dispuesto para esa ocasión! No sé cómo llegué hasta su casa, de pronto, me ví delante de una gran cama, con Pepito vestido con su traje nuevo, y con la camisa y la corbata de moñito que yo le había regalado. Estaba demasiado impresionada. No podía creer lo que veía. De pronto, alguien me dijo: ¡Bésalo si quieres! Sentí miedo. Nunca había besado a un muerto. Lo besé en la frente y sentí como si besara una porcelana fría. Mujeres vestidas de negro me abrazaron y me llevaron a otra habitación donde estaban los familiares. No lloraba, no podía, sólo sabía que algo muy grande me estaba pasando. Entonces, una voz dijo: “Toma, bebe esta tisana que te sentará bien”, y yo bebí. Me calmé un poco y rompí a llorar, lloré, lloré mucho. Cuando volví a la tahona, sentí que lo había perdido para siempre. Mi hermano Carlos, agobiado hasta las lágrimas, escribía una carta. Creí que me hablaba. Me di cuenta que pensaba en voz alta: -¿Cómo se lo digo a Miguel?, ¿cómo se lo digo…? Los sentimientos de Miguel le preocupaban más que mi dolor.
Josefina Manresa, la costurera de altas torres, recuerda haber confeccionado un vestido para Josefina Fenoll. Fue la última vez que vió a Ramón Sijé, precisamente en el taller de la calle Mayor en donde ella trabajaba. Sucedió diez o doce días antes de su muerte. Así lo guardó en su memoria:
“Fue con la novia y el género para dos vestidos que le había regalado a ésta de su tienda de tejidos, para que se los cosieran allí. Uno era de paño gris y el otro de glasé negro con unos lunares diminutos, muy finos, en oro. Ella extendía los cuatro metros de este último con ayuda de él y nos decía: “¿Verdad que es bonito? Parece de cielo”. A él se le veía el último “quijal” como dicen en Cox. A mi me tocó coserle el de paño gris, que fue traje y chaqueta. Y el otro traje sirvió de comentarios a todas en el taller, que decíamos: “¡Qué fúnebre que ha resultado! ¡Qué fúnebre! Cuando nos enteramos que había muerto Pepito, nos resultó increíble y asombroso. El traje parece que cumplió con su compromiso, presentándose la panadera con su estreno en los funerales.”
La panadera quedó desolada y buscó refugio en la casa de los Marín. La madre de Pepito sólo se consolaba cuando Josefina estaba a su lado. Vestidas de negro riguroso, repetían interminables rosarios, entre velas y cirios. Josefina recuerda que doña Presentación había hecho un altar en el cuarto de Pepito, “con una mesa y un mantel blanco, con el retrato del hijo, que lo había hecho ampliar. Parecía que el retrato iba a hablar de lo bien que se le veía, con dos búcaros de flores y tres o cuatro “mariposas”, siempre ardiendo el aceite. Nos sentábamos, delante ella, y yo en una silla baja. Sacaba su rosario y rezábamos dos o tres. No se cansaba nunca de rezar. Yo también me estaba trastornando de tanto rezar. Nuestros paseos consistían en ir al cementerio. Me gustaba estar con ella, pues, físicamente, se parecía mucho a su hijo, y yo estaba contenta de estar a su lado. Pero la que no estaba contenta era mi madre.”
Monserrate, la madre de Josefina, tenía carácter, era la fuerza y el empuje mismo. Había quedado viuda y no se echó a morir. Sacó adelante a sus hijos a fuerza de sobar harina. Fue la primera en darse cuenta que su hija se apagaba entre rezos e inciensos, que se consumía en una habitación oscura de una casa ajena, cuyos paredes estaban tapizadas de santos y retratos de difuntos.
Mientras Josefina recordaba la fortaleza y sabiduría de su madre, continuaba la narración a su hija:
-Aquél olor a velas encendidas en ese salón en penumbra empezó a asfixiarme, y tanto rezo y tanto llorar me fueron agotando. Me estaba volviendo loca así que retomé poco a poco mi vida, me costó un tiempo hacerlo porque la madre de Pepito no me soltaba y yo sentía que lo traicionaba a él y a ella, pero al fin entré en razón.
Poco a poco retomó su vida. Volvió al mostrador de mármol blanco de la tahona en la calle de Arriba. Las labores en la panadería, la lectura y el encierro en su habitación del segundo piso, la sacaron de la casa de los Marín. Pero había perdido su condición de joven alegre y de novia esperanzada. En Orihuela, pueblo beato y conservador, donde todas las casas eran ojos que resplandecen y acechan, calles con vecinas observando y murmurando tras los visillos de las ventanas, Josefina Fenoll Felices había quedado novia por casar. Sentenciada al luto riguroso y eterno que por entonces marcaba a las viudas, aunque ella fuera novia viuda. Estaba condenada a ser fiel hasta la muerte al difunto y brillante Ramón Sijé, quien había vivido más cerca de los preceptos religiosos que de la creación literaria.
En el mes de abril, Miguel pudo viajar a su pueblo. Orihuela rebautizaba la antigua Plaza de la Pia con el nombre del fallecido escritor. En aquella triste ceremonia, Miguel se dirigió a sus vecinos. Allí, entre la emoción y la pena, entre sus hermanos Carlos y Efrén, y Jesús Poveda, estaba Josefina.
El reencuentro con los antiguos amigos en la tahona fue triste. Miguel les enseñó su segunda Elegía, la que ya había adelantado por carta a Carlos Fenoll. Estaba dirigida a ella, a la panadera del pan más trabajado y fino. Era muy bella, pensó, pero no la representaba. Ella era joven y quería vivir, necesitaba vivir. No se pasaría la vida llorando arrimada a un tronco ni a un sangriento granado. Las lecciones de su madre, si bien no menguaban del todo el dolor, la habían rescatado de la desventura y la desesperanza. En un primer gesto, osado y trasgresor para la época, se quitó el luto, por lo menos el exterior, el otro, lo guardó por toda la vida. No obstante, por esos días, la vida debía continuar, no sólo para ella. Los asiduos a la tahona volvieron a sus reuniones y a sus inquietudes literarias.
Sobre estas reuniones en la panadería de los Fenoll se ha discutido sin llegar a acuerdos. Algunos dan a estas juntas el carácter de “Tertulia”, otros le niegan el calificativo. No creemos que sea una discusión fructífera y que merezca muchos comentarios. Tampoco el término que se aplique a las reuniones cambiará la labor ahí realizada. En la tahona, los amigos, salvo algún paréntesis, se reunían regularmente, hablaban de poesía, daban lectura a sus propios trabajos literarios, comentaban las nuevas tendencias poéticas y planificaron y editaron revistas literarias. Es bastante más de lo que hacen muchas “Tertulias Literarias”.
Uno de los asistentes regulares a las reuniones de la tahona, vio una puerta que se abría y un retraimiento que le atenazaba el habla. Jesús Poveda se había enamorado de Josefina el primer día que la vio. Muchas veces daba un rodeo en su camino a las clases de violín y pasaba frente a la panadería sólo por verla. Su timidez le impedía soltar palabra y desesperaba por no encontrar la forma de confesarle su amor, hasta el día en que Pepito se adelantó. Ahora Pepito ya no estaba, había pasado un tiempo prudente desde su muerte y su amor por la panadera no disminuía. Sin embargo, la timidez persistía y le vedaba el habla. Una tarde encontró el camino. Le escribió una carta en la que le declaraba su amor y le pedía que fuera su novia.
Por la noche, después de la reunión en la tahona, Poveda se dejó “olvidada” su americana. En uno de los bolsillos, asomaba un sobre con una seña: “Josefina Fenoll”. La panadera con el corazón de relámpagos y afanes, tomó la americana y la llevó a su habitación.
-En la habitación leí la carta. Vi el cielo abierto, una oportunidad de rehacer mi vida de mujer joven al lado de un hombre bueno, sano, culto y trabajador, y muy limpio. Le respondí por medio de otra carta. Le dije que SÍ, que aceptaba ser su novia. Metí la carta en el mismo bolsillo, aunque esta vez, la carta iba perfumada. Al otro día, le devolví la americana, con la carta asomando por el bolsillo.
La panadera tenía una nueva esperanza. Junto a su cama la esperaban sus zapatos para levantarse y salir nuevamente a la vida, no como un presidio, sino a una vida plena, de amor y de frutos. Labor que no resultó fácil, ya que al hacerse novios “formales”, la pareja se encontró con la oposición de alguno de sus amigos, entre ellos Miguel Hernández, quienes veían la nueva relación como una afrenta a la memoria del compañero desaparecido.
Es posible suponer que en la visita de Miguel a Orihuela, para asistir al homenaje a Ramón Sijé, sus amigos le solicitaran un importante cometido. Al contrario que en las primeras publicaciones del poeta pastor en las revistas oriolanas, esta vez era Carlos Fenoll quien solicitaba a Miguel su gestión ante sus amigos de Madrid. Se trataba de pedir colaboraciones para la revista “Silbo”, la nueva aventura editorial de los jóvenes contertulios. La gestión no tardó en dar sus frutos. En “Silbo” se publicaron trabajos, además de Miguel Hernández y de los fundadores, de Neruda, Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre entre varios otros, además de las viñetas que enviaba la pintora gallega Maruja Mallo.
También es posible que la creación de “Silbo” fuera concebida como un homenaje a Ramón Sijé. Sin embargo, el carácter de los colaboradores distaba mucho de la línea editorial que mantenía Sijé en sus revistas.
Una curiosa jugarreta del destino se da entre los colaboradores de “Silbo” y uno de sus fundadores. En el número 2 de la revista, se publica un poema de Luis Enrique Délano, brillante escritor, amigo de Miguel y que por entonces colaboraba con Neruda como Canciller en el Consulado de Chile en Madrid. A Jesús Poveda y a Josefina Fenoll, jamás se les hubiese ocurrido pensar que muchos años después vivirían un exilio en México y que una de sus hijas sería alumna en el taller literario que impartía Poli, el hijo de Luis Enrique Délano, también exiliados en ese país.
El número 3 de la revista “Silbo”, como muchas ilusiones truncadas, quedó amontonado en un rincón de la imprenta. Le sucedió lo mismo que al número 5 y 6 de la revista “Caballo Verde para la Poesía”. La intolerancia desencadenó una maldita guerra que, como señala Carlos Fenoll, dispersó a los silbadores.
La historia es conocida, Miguel Hernández se alisto en el Ejército republicano. Lo mismo hicieron Carlos Fenoll y Jesús Poveda, se alistaron juntos en un batallón de milicianos.
En el mes de noviembre de 1936, Carlos Fenoll y Jesús Poveda, viajaron a Madrid e intentaron contactar con Miguel Hernández. Se dirigieron a la sede de la Alianza de Intelectuales para ver si ahí se encontraban con él.
Conocimos a Rafael Alberti y a su esposa María Teresa León, -señala Poveda-, al musicólogo Vicente Salas Viu, al poeta José Herrera Petere... Pero Miguel no estaba a esas horas. Se nos informó que se hallaba en el frente con la Brigada de El Campesino y que llegaba en las noches. Era mediodía. Por la tarde nos dirigimos a casa de Vicente Aleixandre... –Volvimos a la Alianza por la noche, pero Miguel todavía no había llegado... Herrera Petere salía esa misma noche de Madrid con alguna misión que cumplir y nos cedió la habitación que estaba ocupando... Empezábamos a gozar las delicias de una cama limpia cuando se presentó Miguel Hernández ante nosotros… Nos habló de su vida en el frente y que se quería acostar temprano para levantarse de madrugada... a nosotros nos dejó con ganas de que nos hubiera contado muchas cosas. Al día siguiente, Carlos y yo la emprendimos hasta el puesto de mando de la Brigada de El Campesino, en busca de Miguel. Allí estaba nuestro amigo, en el interior de una tienda de campaña; pero a la puerta de ésta nos recibió un joven miliciano, como si fuera su centinela, que nos impidió el paso. Nos dijo, en efecto, que él era su ayudante y que al poeta no se le podía molestar porque estaba escribiendo...
Nadie puede saber lo que por aquellos días pasaba por la mente de Miguel Hernández, pero, podríamos suponer que ¿aún estaba enfadado por el noviazgo de Poveda con la novia de Ramón Sijé? La estrecha amistad que unía al grupo de Orihuela y el carácter de Miguel, nos hace suponer que su comportamiento podría haber sido otro, uno mucho más condescendiente y amistoso con sus amigos.
Una tarde de comienzos de 1937, Poveda se dirigió como otros días a la calle de Arriba para visitar a su novia. Josefina estaba en el balcón y lloraba. Le preguntó por qué lloraba.
-Mi madre me ha pegado. No puedo bajar, estoy castigada en mi habitación.
El joven se indignó y el arresto venció la timidez.
-Pues, baja y nos vamos a casa de mis padres, después recoges tus cosas.
Josefina así lo hizo. De esta forma cumplieron el ancestral rito del secuestro y el cobijo de la doncella en la casa familiar del pretendiente, donde la honorabilidad debía mantenerse sin mácula.
En marzo de1937, Miguel Hernández se encontraba destinado en Frente Sur, que se editaba en Jaén y dependía de El Altavoz del Frente. Obtuvo un breve permiso de sus superiores y corrió a su pueblo. Esta vez, el viaje obedecía a un alegre motivo; se casaría por fin con Josefina Manresa. La boda se celebró al mediodía del 9 de marzo de aquel año. El documento suscrito en el Registro Civil de Orihuela así lo recoge, además, anota los datos de los testigos de los contrayentes: Carlos Fenoll Felices, natural de Orihuela, mayor de edad, casado, de profesión panadero, domiciliado en la calle de Arriba y Jesús Poveda Mellado, natural de Murcia, soltero, de profesión empleado, domiciliado en la calle Muñoz. La celebración se hizo en la casa de los padres del novio. Josefina Manresa recuerda que entre los invitados, estaba Josefina Fenoll, que era, dice, novia de Poveda. Deducimos que, si alguna vez Miguel sintió algún alejamiento con Jesús Poveda por su noviazgo con Josefina, este fue pasajero.
Sin embargo, esta condición de soltero que recoge el certificado en los datos de Poveda, y la condición de novia de Josefina, no duraría mucho tiempo. Al mes siguiente contrajeron matrimonio. Después de celebrar la boda, Poveda volvió al frente y Josefina volvió a la casa materna a esperar el regreso del esposo soldado.
La guerra se perdió irremediablemente. El bando republicano se desbandó. La mayoría emprendió el éxodo a Francia, entre ellos, Jesús Poveda. Había cruzado a pie los Pirineos y en febrero de 1939, fue internado en el campo de concentración de Saint Cyprien. Desde ahí pudo escribir a su esposa informándole de su suerte. Entre los cientos de muertes y desgracias que asolaban el campo de refugiados, Poveda tuvo más suerte. El Comité de Ayuda a los Intelectuales españoles rescató a un grupo de personas, entre las que se encontraba el escritor Lorenzo Varela, el pintor Miguel Prieto y el poeta Jesús Poveda. Los trasladaron a Perpignan y luego a Toulouse. En esa ciudad los alojaron en un albergue de estudiantes. Desde esa dirección escribe a su esposa comunicando su situación.
En Toulouse, Poveda da una muestra más de su nobleza. Refugiado, con un destino incierto y separado de su esposa, su primera preocupación fue por la suerte que corría su amigo Miguel. Después de recibir la información desde Orihuela, Poveda no duda en escribir a Neruda para informarle de la suerte del poeta pastor. Neruda no tardó en contestar: Mi distinguido amigo: Recibo su carta del 12 [junio de 1939] en que me da cuenta de la situación de nuestro querido amigo Miguel Hernández. Inmediatamente he comenzado las gestiones cerca del Ministerio de Relaciones y de otras destacadas personalidades, a fin de conseguir clemencia y a poder ser evitar mayores males. Puede suponerse el dolor que me ha producido tan triste nueva.
Por esos días, en Madrid, era encarcelado el poeta chileno Juvencio Valle, por mantener correspondencia con Neruda, tendientes a conseguir la libertad de Miguel. La gestión de Jesús Poveda, la correspondencia intercambiada entre Juvencio Valle y Neruda y las cartas de Miguel Hernández a Josefina Manresa, contradicen tajantemente a los biógrafos hernandianos que aun se empeñan en negar las gestiones de Neruda a favor de Miguel.

Josefina no estaba dispuesta a quedarse sin marido. Si él no podía volver a España. Ella sí podía ir a su encuentro, como fuera y donde fuera. Lo habló con una amiga que también tenía a su esposo en Toulouse y tomaron la decisión de ir juntas al encuentro con sus maridos. ¿Cómo? Caminando de Orihuela a Toulouse.
Una madrugada de comienzos de julio, acompañada de su amiga Pepita, emprendió el viaje, ligera de equipaje y escasa de dinero. Sabía que la separación con los familiares sería larga, que tendría que exiliarse, posiblemente en América. A pesar de las advertencias del peligro, prefería morir a quedarse otra vez como esposa viuda en aquella Orihuela que aún no se sacudía de sus ancestrales costumbres.
Agotadas, lograron atravesar los Pirineos venciendo el hambre, el frío y el miedo. Recibieron algo de comida y alojamiento de campesinos tan pobres como ellas y fueron transportadas a tramos por carreteros que no preguntaban el destino ni el motivo de aquel extraño viaje.
La mañana que entró en Toulouse, Josefina se sorprendió al ver la ciudad de fiesta. No era domingo, -recuerda-, era un día viernes. No tardó en saber el motivo; los franceses, aún con la guerra mundial en los talones, celebraban su 14 de julio. Josefina revisó por enésima vez el papelito que señalaba la dirección de su destino: Maisón des Etudiants, 29, Rue des Portiers. Toulouse. Ahí se dirigió.
Jesús Poveda terminaba de desayunar con sus amigos del albergue, cuando recibió un llamado desde la puerta. Ahí se encontró con una bella dama que cargaba una maleta, vestida con un traje sastre, zapatos de tacón, y un coqueto sombrerito a la cabeza muy bien peinada. Vivió una de las mayores alegrías de su vida. En un segundo olvidó desgracias y pesares. La abrazó y la beso repetidas veces. Al escuchar los murmullos de sus amigos que miraban desde el pasillo, se giró y sólo dijo:
-Es mi mujer.
Después de la algarabía, los refugiados españoles se organizaron y redistribuyeron la ocupación de los dormitorios. Algunos se apretaron más si cabe en las hacinadas habitaciones y decidieron que el matrimonio tendría sólo para ellos la habitación que Poveda había compartido con sus compañeros.

A bordo del vapor Cuba, en el que, junto a un grupo de republicanos, navegaban rumbo a América, Josefina supo que estaba embarazada. Habían zarpado del puerto de Trompeloup, cerca de Burdeos, gracias a la ayuda de los Cuáqueros ingleses, quienes, además, habían dado dinero a cada uno de los españoles que marchaban al exilio.
Después de tres años de estancia en Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba, lograron establecerse en México en el año 1943. Jesús Poveda, como muchos exiliados, desempeñó variados trabajos. Dio clases y conciertos de violín, dicto conferencias, escribió artículos literarios y de arte, hizo lecturas poéticas y charlas sobre García Lorca y sobre Miguel Hernández. Mientras él desempeñaba estas actividades por las noches, Josefina trabajaba durante el día. El matrimonio crió tres hijos, dos niñas y un varón que crecieron e hicieron sus vidas. El tiempo transcurrió inexorable y un buen día pudieron cumplir su sueño; volver a España. Habían pasado 35 años de exilio.

Los últimos meses de vida de Josefina fueron de dolor. Dolor inconsolable por la pérdida de su único hijo varón. Dolor por la muerte de su compañero. Por primera vez se sintió completamente sola. Otra vez buscó refugio en México, en la casa de su hija. Ahora la hija era la madre, la protectora. Era una hija, pero también era una mujer, hecha y derecha, con hijos, como los había tenido y criado ella. Esta vez podía hablar con ella como se habla con una amiga. Esta vez la hija estaba preparada para entenderla. Una de esas largas tardes de conversación y confesiones, le dijo:
-Pepito fue el amor de mi vida. Quizá por no haberlo consumado, quizá por su temprana muerte, pero, la verdad es… que nunca lo olvidé.
-No sólo nunca lo olvidó, -me contó años después su hija Marisa Poveda Fenoll-, sino que se quedó con ganas de haber sido su mujer.

viernes, 9 de febrero de 2018

NERUDA: Otoño en Peñaflor


Pablo Neruda compró su casa en Isla Negra en el año 1939. A lo largo de su vida fueron centenares las veces que recorrió el viejo camino a Melipilla en dirección a la costa. Varios de sus acompañantes han testimoniado esos viajes en automóvil, en los que el poeta escribía parte de su caudalosa obra. Otros tantos recuerdan las alegres paradas en Melipilla, donde daban buena cuenta de suculentos y regados sanguches de arrollado.
Muchos años antes, cuando el poeta era un joven estudiante provinciano en la capital, y cuando aún no soñaba con tener su casa en la playa, también viajaba en esa dirección, pero no llegaba a la costa. En aquel tiempo sus viajes eran en tren, en aquel tren que terminaba su trayecto en Cartagena. Lo abordaba muy temprano por la mañana en la Estación Central y bajaba en la pequeña estación de Malloco. Desde ahí, en un coche de sangre, de aquellos que tiraban cuatro robustos percherones, llegaba al pueblo de Peñaflor. ¿Por qué hacía esos viajes? Por el único motivo que un poeta joven y bohemio puede hacer el sacrificio de levantarse temprano el día domingo, viajar fuera de su ciudad, sacrificar horas de sueño y gastar su escaso dinero en pasajes y en flores: el poeta estaba profundamente enamorado de una joven maestra, que trabajaba en la escuela pública de Peñaflor. Se llamaba Laura Arrué y el poeta la llamaba “Mi Lala”.
El 14 de octubre de 1921, en Santiago, durante la Fiesta de la Primavera, Pablo Neruda fue galardonado con el primer premio en el Concurso de Prólogos de la Federación de Estudiantes de Chile por su poema, La canción de la fiesta. El joven premiado, alto, melancólico, callado y tímido, poseedor de una voz delgada y quejumbrosa que pareciera venir desde muy lejos, se presentó al acto vistiendo de negro, con una capa hecha con la tela de un viejo abrigo de su padre y un sombrero alón, al más riguroso estilo de los vates de ese tiempo.
Ese mismo día, en medio del jolgorio de los jóvenes santiaguinos que celebraban el renacimiento de la naturaleza, en medio de los carros alegóricos que, lanzando chayas y serpentinas, se dirigían a la Quinta Normal, Laura recuerda haber visto por primera vez a Pablo:
Atracciones inolvidables: el "Corso de Flores", formado por fantásticos carros alegóricos que se dirigían a la Quinta Normal recorriendo sus avenidas; al enfrentarse, se engalanaban aún más con las serpentinas que sus ocupantes, ingeniosamente disfrazados con vistosas prendas, se lanzaban jubilosamente. En el cerro Santa Lucía, en el Club Hípico, en el Palacio de Bellas Artes, se realizaban los tumultuosos bailes de máscaras.
Los mejores carros alegóricos y comparsas de disfraces recibían premios.
En la "Gran Velada Bufa", en el Teatro Municipal, se coronaba a la Reina y al Rey Feo de la fiesta. Ambos soberanos de la juventud y la alegría eran elegidos en esa tarde de octubre de 1921 en la Federación de Estudiantes de Chile.
Un par de años después, acompañando a su hermana Berta, Laura asistió a un recital poético en el que participaba Neruda. La hermana estudiaba castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Era compañera de Neruda en algunos ramos, así como de Roberto Meza Fuentes, Rubén Azócar, Víctor Barberis, Romeo Murga, Yolando Pino Saavedra y otros jóvenes escritores que formaban el grupo de amigos de Neruda.
El joven de Temuco ya había publicado Crepusculario, le editaban sus versos las principales revistas del país y su fama crecía a pasos agigantados. En 1924 era un poeta admirado y solicitado en las reuniones literarias y, la Escuela Normal de Preceptoras Nº 1, en la calle Compañía, entre Chacabuco y Herrera, donde estudiaba Laura, no podía ser menos. Laura Arrué recuerda que ella estaba interna en la Normal y le tocó invitar al poeta a su Escuela:
Con mi compañera de curso, Agustina Villalobos, llevamos a Neruda una invitación de la Directora y profesorado. El motivo exacto no lo recuerdo, pero se reunían en la Normal distinguidas personalidades americanas, entre ellas el poeta guatemalteco Máximo Soto Hall, quien se interesaba por conocer personalmente al vate chileno.
Pablo arrendaba una pieza interior en la calle Echaurren 330. Allí lo encontramos, acostado en su modesta cama: un somier con patas que, junto a una silla con su ropa y un cajón por velador constituían todo su mobiliario.
Le entregamos la invitación y también un ramo de claveles blancos. Nos preguntó nuestros nombres, en qué curso estábamos, de qué pueblo éramos, etc. después de breves comentarios volvimos a la escuela con la misión cumplida.
A raíz de esa visita, Pablo comenzó a visitar a nuestra profesora de historia, señora María Malvar de Leng, domiciliada en el mismo establecimiento. Durante esas visitas, la señora Malvar me llamaba a grandes voces desde el segundo piso, cuya galería daba al primer patio, y fue así como, sin buscarlo, se inició mi amistad con el poeta.
Una amistad de juventud y poesía, con todo el encanto y todas las limitaciones de la época. Sin embargo, duró bastante. A casa de mis tías, de la calle Arica (hoy Los Muermos) solía enviarme con frecuencia aquellos juguetes que vendían en las noches en los restaurantes. El mensajero era el joven poeta Gerardo Seguel.
La relación entre Neruda y Laura fue intensa, aunque marcada por la adversidad. Los padres de la muchacha no veían con buenos ojos que su hija se relacionara con un "juglar espantoso". Laura, la musa inspiradora y de sus sueños, al decir de los que la conocieron, poseía una gran belleza. Tenía las mismas finas facciones de Greta Garbo, la famosa actriz sueca, mito cinematográfico de aquellos años.
Muchas veces, ‑recuerda Laura‑, se encontró con Pablo en la Estación Central, donde había una pequeña locomotora que Neruda poco menos que adoraba. Muchas otras lo esperó sentada en uno de los bancos de la Plaza de Armas, frente al edificio de Correos, donde trabajaba su amigo Homero Arce. El poeta subía las escaleras al segundo piso y volvía con diez pesos que le había prestado Homero. De este modo podía invitarla a tomar un café a algún local de la calle Puente.
En junio de 1924 se edito en Chile un libro que con el tiempo llegaría a ser elegido por la crítica como una de las obras literarias de mayor renombre del siglo XX. A su autor le faltaba aun un mes para cumplir los veinte años. En aquella época, Veinte poemas de amor fue considerado poco menos que un libro de poesía erótica y Laura era una de las musas de tan voluptuosos versos: Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega./ Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Por tanto, y previendo la reacción de la familia de la joven, Neruda al regalarle un ejemplar del libro, le dio un consejo perentorio: "...escóndelo bajo el colchón; no te lo vayan a pillar tus tías, porque te lo rompen".
La estudiante se tituló de maestra en diciembre de 1924. Fue destinada a la Escuela Pública de Peñaflor, donde comenzó a trabajar en marzo del año siguiente. Era una escuela muy fría en invierno, recuerda, ...con sus salas húmedas y desmanteladas que secaba a retazos con un pequeño brasero, rodeada de niños descalzos y desabrigados. Era costumbre de los directores de escuela recibir a los maestros novicios con un primer año hasta con ochenta niños, como los tuve yo en Peñaflor, ochenta y cuatro exactamente. Como secuela de este trabajo llevo conmigo esta afonía.
Pablo llegaba a visitarme. Yo vivía en la casa de la familia Sandoval Carrasco, y sus hijos, mis alumnos de primaria, deben recordarlo. No era fácil llegar a Peñaflor. Desde Santiago salía un tren en las mañanas, que Pablo debía tomar a las ocho en punto, luego se bajaba en Malloco y tomaba un carro tirado por cuatro caballos percherones que llevaba a los viajeros a Peñaflor, (este carro lo conducía un apuesto joven de Chimbarongo llamado Samuel Santander, quien más tarde desposaría a Mariita Sandoval, hija mayor del matrimonio que me hospedaba). En la tarde, Pablo regresaba a Santiago con grandes ramos de flores: las lilas y las madreselvas eran sus preferidas.
El amor crecía con inconvenientes. Neruda, la mayoría de las veces viajaba a Peñaflor solo, otras lo acompañaba su amigo Gerardo Seguel para hacer menos aburrido el viaje. Al poco tiempo comenzó a cansarse de madrugar y de la distancia que debía recorrer para ver a la joven. Por tanto, buscó una solución propia de adolescentes y muy propia de la época. Planeó huir con ella para así poder estar juntos. Ideó una fórmula que no fallaría. Le informó que llegaría a buscarla de noche y que lo esperara con sus maletas listas. Él le haría señas con las luces de un auto y ese sería el aviso de que él la estaba esperando para llevársela.
Hernán Loyola, habló largo con Laura Arrué y un día contó la historia a María Inés Cardone, quien la reflejó en su libro Los amores de Neruda. El investigador nerudiano pudo comprobar que el amor fue intenso. Cuenta que para llevar a cabo su plan de secuestro, el poeta tuvo necesidad de un cómplice que tuviera un auto y fuera discreto en el operativo. Su amigo fiel fue nada menos que el escritor Eduardo Barrios, autor de la famosa novela El niño que enloqueció de amor.
El rapto de Laura no resultó como lo habían planificado. Neruda junto a su amigo llegó a Peñaflor esa noche para llevarse a su amada. Cuando se estacionaron en el punto acordado, frente a la casa de los Sandoval, le hicieron el juego de luces y..., la joven, atemorizada y temblorosa, no se atrevió a tomar la decisión. Le dio tanto miedo que ni siquiera se asomó a la puerta. Fracasado el plan, los amigos se retiraron con la desilusión a cuestas.
Quizá por esa negativa, Neruda la llamó
la niña taimada. Siempre guardó Laura unos versos dedicados a Mi Lala, fechados el 22 de abril de 1925:

Tan pequeña la niña taimada
es un ramo de frutas de otoño
el viento la dobla en mis brazos
juguete de tersos metales
a sus ojos emigran los pájaros
el país desolado de mi alma
la tiene como una bandera.

Un día, Laura llegó acompañada de su prima a la residencial de calle García Reyes, donde vivía el poeta. Sucedía que la madre de Laura, nerviosa por la merecida fama de donjuan del poeta, había decidido alejar a su hija de este “peligro” y le comunicó que la llevarían a vivir a San Fernando, donde vivía su familia. La joven no habló expresamente de desilusión en su libro de memorias, pero es fácil imaginarse lo que debe haber significado ser trasladada sin opción a réplica. Llegó a la residencial para despedirse de Pablo y él la acompañó a la Estación Central. Mientras esperaban, el poeta le dictó unas líneas:
Cómo me costó acostumbrarme a no verte nunca. Apareció el otoño en el rincón del pueblo y las hojas destrozándose señalan las fechas del abandonado. Triste es la soledad. En la puerta estás tú muñeca de ojos redondos (Mayo de 1925)
Si hacemos cuenta del tiempo que duró ese romance en aquel rincón del pueblo de Peñaflor, veremos que no fueron más que tres meses, de marzo a mayo de 1925, casi lo que dura un otoño. Es tan corto el amor...
Pasaron algunos años. Laura recuerda que Pablo, en 1927 partió a Oriente a desempeñar su nuevo cargo de Cónsul. El poeta fue a San Fernando para despedirse: Me entregó, para que se lo guardara, el manuscrito de “Tentativa del hombre infinito” y los retratos que le había hecho el francés Georges Sauré y que ilustrarían más tarde muchos de sus libros. Como en toda despedida de enamorados, prometieron escribirse y no olvidarse. Pablo, para asegurar que Laura recibiera sus cartas y que no se las ocultaran sus padres, le propuso que le escribiría a través de su amigo Homero Arce, que trabajaba en el Correo.
En marzo del año 1928, la muchacha volvió a Santiago y volvió a ver a sus amigos, el poetas Alberto Rojas Jiménez, los pintores Paschin Bustamante y Julio Ortíz de Zárate, los narradores José Santos González Vera y Rubén Azócar, Orlando Oyarzún, Alvaro Hinojosa, Tomás Lago, Juan Gandulfo, Juan Gómez Milla y tantos otros que sería largo enumerar.
Una tarde se encontró en la Plaza de Armas con Rojas Jiménez. No se fugue, vuelvo en seguida, le dijo el poeta. Y así lo hizo. Lo espero sentada en un banco, frente al Correo Central. A los minutos, Rojas Jiménez regresó con Homero Arce. Fuimos los tres a tomar once a un café de la calle Puente, frente al Correo, al lado de la zapatería que allí había en ese tiempo.
Parecía que el destino se había confabulado. A los pocos días, Laura recibió el aviso de pago de su último sueldo como maestra en San Fernando: cosa extraña, que aún no me explico, yo no tenía carnet para cobrarlo. Recordé entonces a Homero, quien era Secretario del Correo Central; averigué cuál era su oficina y una vez frente a él le conté la dificultad en que me encontraba. Bajamos a la Sección Giros y ahí terminó mi problema. Homero, con su gentileza innata me invitó a una tacita de café; allí conversamos...
Homero Arce se dedicó a cortejar a Laura. No le bastó con los galanteos. Usó su puesto en la oficina de correos para esconder a Laura las numerosas cartas que el poeta le enviaba desde Birmania y Ceylán. Una de aquellas cartas, la dirigía Neruda a Homero: Al fin una carta para ti, Homero recordado y querido (…) Quieres decirme si has visto en este último tiempo a lalita Arrué? Si es así, sé un ángel y dime qué es de ella. No me escribe hace meses. Si no la has visto serás tan bueno como para encontrarla y escribirme con detalles lo que está haciendo, su salud, y todos los detalles, sin necesidad de mostrar esta carta.
Laura creyó que Pablo la había olvidado y ya no le escribió más. Neruda pensó lo mismo y, angustiado por su soledad, en 1932 se casó con María Antonieta Hagenaar, una javanesa de origen holandés. Homero logró su objetivo y tres años después se casó con Laura.
Nunca se sabe qué misterios esconde el corazón de una mujer. Tampoco sabemos si Laura logró olvidar del todo su truncado amor de juventud. Lo que si sabemos es que, ella, una mujer bellísima y con varios pretendientes, se casó con Homero Arce, un moreno bajito, apellinado, de suave carácter, con grandes ojos oscuros.
Sin embargo, un día el diablo metió la cola en el matrimonio. Una mala mañana, ordenando su casa, Laura Arrué encontró un paquete en el que su esposo escondía las cartas que, durante cinco años, le había escrito Pablo desde Oriente. De alguna forma, el funcionario de Correo se las había ingeniado para ocultar las palabras de tan peligroso rival. Fue tal su indignación,
-contó a María Inés Cardone una sobrina nieta de la esposa despechada-, que cuando apareció su marido, le gritó: “¿Qué significa esto? Homero enmudeció. Acto seguido, mi tía se sacó la argolla de matrimonio y se la tiró por la cabeza". Laura se fue de casa. La cobijó una tía y le ayudó en su dolor. Homero, que la amaba con desesperación, pidió perdón una y otra vez y la esperó hasta que volviera. Al cabo de un tiempo, Laura regresó a su casa. Aunque esta revelación no acabó con el matrimonio, sí lo resintió de por vida. Y según el mismo testimonio, Homero terminó quemando las cartas.
Neruda ha sido reconocido por algunos de sus biógrafos como un poeta casamentero. Ha logrado unir en matrimonio a varios de sus amigos con sus ex novias. Esta vez el matrimonio de Homero con Laura tampoco logró quebrar la honda relación entre ambos poetas. El diligente funcionario, luego de una larga carrera en Correos, jubiló en 1951. Desde este momento pasó a ser secretario de Pablo Neruda. Laura describe con propiedad el trabajo que desempeñó Homero: Cuando hablo de "secretario", no reflejo fielmente lo que él era para Neruda. No un funcionario a sueldo, por supuesto, sino un desinteresado y leal amigo, que vivió siempre atento a sus necesidades, resolviéndole infinidad de problemas para que el Poeta dispusiera de más tiempo para su creación.
Los estudiosos de la poesía consideran hoy a Homero Arce como uno de los mejores sonetistas de Chile, sin embargo, casi abandonó su propia producción literaria en función de su labor como colaborador de su amigo Pablito.
En el libro Memorial de Isla Negra, Neruda le hizo un tierno reconocimiento con un poema que llamó simplemente "Arce":

Aquí otra vez te doy porque has vivido
mi propia vida cual si fuera tuya,
gracias, y por los dones
de la amistad y de la transparencia,
y por aquel dinero que me diste
cuando no tuve pan, y por la mano
tuya cuando mis manos no existían,
y por cada trabajo
en que resucitó mi poesía
gracias a tu dulzura laboriosa.

Neruda dependía en gran parte de su trabajo y asistencia. Por esto Homero trabajaba en las memorias del Nobel, y el único viaje que hizo fue precisamente por este motivo a Francia, trabajo que continuó a su regreso con el poeta en Isla Negra hasta pocos días antes del fatídico y desgraciado 11 de septiembre de 1973. Cuando el poeta fue trasladado a la Clinica Santa María, Homero Arce lo siguió acompañando. Recogió dictados, correcciones y estuvo hasta el final.
El postrer grito de dolor de Neruda fue para su pueblo: ¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando! Este grito, en medio del delirio, fue escuchado por Homero Arce poco antes de que su amigo muriera.
Laura señala que una vez muerto Neruda, Homero le dijo: “Ahora voy a escribir mis propias cosas”. Fue demasiado tarde. Cuatro años después de la muerte del Nobel, también moría Homero. Había salido por la mañana de su casa para cobrar su jubilación. Hay testigos que señalan que a la salida de la Caja, varios sujetos lo apresaron y lo metieron en un automóvil, alejándose a toda velocidad. Regresó por la tarde a su casa, pálido, demacrado y con un golpe en la cabeza que no provocó ni una gota de sangre. De sus pertenencias, sólo le faltaba el carnet de identidad. Murió en el hospital Barros Luco cuatro días después. ¿Su delito? haber sido secretario y, sobre todo, amigo íntimo de Pablo Neruda.
Siempre me acompañará su mirada desesperada y su grito desgarrador: "¡Defiéndeme Laurita!" Después, silencio, sólo silencio y angustia. Así se fue de mi lado, de mi vida, físicamente, pero yo lo siento, lo oigo, siempre está presente.
La muerte de Laura también fue trágica y horrorosa. Sucedió en el invierno de 1986, en uno de esos siniestros días en que cortaban la electricidad. Laurita estaba leyendo en su cama, alumbrada por una vela. Se levantó para apagar la estufa y pasó a llevar la vela, que incendió su camisa de dormir. Dejó este mundo convertida en una hoguera.
Cuatro años antes de su muerte, Laura Arrué dejó su testimonio en un precioso libro que llamó
Ventana del recuerdo, texto que ha hecho posible que su nombre sea incluido en la memoria de muchos.
Artículo publicado en http://www.elclarin.cl/web/noticias/cultura/24759-neruda-otono-en-penaflor.html