lunes, 22 de diciembre de 2008

Neruda: España en el corazón


Poli Délano.
Tras el golpe militar de 1973, Julio Gálvez Barraza se exilió en España y residió en la localidad de Catelldefels, en los alrededores de Barcelona, hasta 1995. Allá se encontró con el hecho de que la figura de Pablo Neruda estaba muy presente en cierta época de la vida española, y decidió seguir las huellas de esa presencia. En su investigación encontró mucho material, se puso a ordenarlo y terminó convirtiéndose en escritor. Con su ensayo biográfico Neruda, Testigo Ardiente de una Epoca obtuvo el primer premio en un concurso convocado por la Fundación Pablo Neruda. Más adelante, después de ahondar sus estudios en un segundo viaje a la península, escribió Neruda y España, que acaba de publicar RIL editores.

De la cantidad de países que abarca la vasta obra poética nerudiana, España es (después de Chile, por razones obvias), el que con más fuerza concita su atención y su amor. El vate llegó a Barcelona en 1934, con treinta años cumplidos y designado cónsul. Al poco tiempo fue trasladado a Madrid, el centro más bullente y vital del país, donde estallaba por los aires el talento de una generación que daría mucho qué hablar: García Lorca, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Miguel Hernández. Entre todos ellos, Neruda se sumerge, así como se sumerge también en la relectura de los clásicos españoles: Quevedo, Garcilaso, el Conde de Villamediana. Un mundo de poesía, tertulias, alegría, optimismo que llegaba por las noches a tocar la puerta de su departamento de Argüelles en el edificio llamado Casa de las Flores; un mundo que se rompe violentamente en 1936 con el estallido de la guerra civil. García Lorca es fusilado en Granada, Miguel Hernández se incorpora al Quinto Regimiento, y muchos de los amigos de la bohemia se marchan al frente.

El impacto de estos hechos sobre Neruda fue tan poderoso, que a partir de entonces va a cambiar notablemente el sentido de su poesía. Escribe por esos días el Canto a las Madres de los Milicianos Muertos, al que define como su "primer poema proletario". Y siguen luego los demás poemas que integran España en el Corazón, obra en la que se conjugan la rabia, la reacción agresiva, el grito condenatorio, acaso la obra "más cargada de ira denostadora en toda la poesía hispánica", según la crítica Concha Zardoya. Uno de esos textos, Explico Algunas Cosas, da cuenta de este cambio. "Preguntaréis y dónde están las lilas y la metafísica cubierta de amapolas", les dice a sus lectores. Y al final entrega la respuesta: "Venid a ver la sangre por las calles". A partir de este libro de versos claros y sencillos, Neruda incorpora en la larga lista de temas que conforman el centro de interés de su poesía -amor, naturaleza, geografía, etc.- la temática social. Su visión del mundo ha cambiado: "a mi patria llegué con otros ojos/ que la guerra me puso/ debajo de los míos".

Con estos hechos va hilvanando Julio Gálvez Barraza la historia que nos entrega en su reciente libro, necesaria para entender en profundidad el tramo de la historia que más marcó el alma y la obra de nuestro poeta.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Miguel Hernández y Juvencio Valle conversan con el Trébol


Julio Gálvez Barraza

Juvencio: aquí tienes este libro escrito con el entusiasmo, la pasión y la precipitación que el clima dramático en que España empuja sus cuerpos me han exigido fatalmente.
Nuestra labor está tremendamente arraigada a cuanto sucede en relación con nosotros sobre la tierra y ya veremos cómo lo hacemos con más fuerza.
Salud por Delia y por Pablo, salud y abrazos.
Miguel
Madrid, 4 de septiembre 1938


Cierto día, estando Juvencio Valle en su oficina de la Biblioteca Nacional, cuando habían transcurrido casi treinta años de la fecha que marca la dedicatoria del epígrafe, llegó el poeta Jorge Teillier, quien había visto en manos de un compañero de trabajo en la Universidad de Chile el libro "Viento del Pueblo" dedicado a él. Lo había comprado en una librería de viejo en Madrid. A los pocos días, Juvencio fue a hablar con esa persona y comprobó que el ejemplar era el mismo que le había dedicado Miguel Hernández. Le propuso comprárselo. -Pídame lo que quiera..., -le dijo. El poseedor del libro, luego de pensarlo un momento, se lo dio sin pedir nada a cambio. Así llegó el libro a Chile, otra vez a manos de su dueño.
Curiosas coincidencias y grandes diferencias marcaron la trayectoria de Miguel Hernández y Juvencio Valle. El chileno, como Miguel, tenía su raíz en la tierra, en el monte y en el campo verde de la provincia. Miguel, como Juvencio, era de raigambre católica, sin contradicción con el creciente compromiso social que ambos adquirieron. El poeta de Orihuela, que había pastoreado el rebaño de su progenitor por montes y prados, fue y es conocido como el poeta pastor. Juvencio, que en su juventud se hizo cargo de la administración del molino que tenía su padre en Bolonto, al sur de Chile, fue bautizado por uno de sus amigos como "El Harinero". Juvencio, como Miguel, aprendió a comunicarse con su padre a través de su madre. También tenía un padre severo, poco amigo de las aptitudes literarias de su hijo. Fueron -y lo reflejaron en su producción poética- ecologistas antes de tiempo, cuando ni siquiera se conocía la palabra. Ambos, grandes amigos de Neruda. Sin embargo, se puede decir que ninguno mantuvo dependencia poética como consecuencia de esta amistad. De Miguel dijo Neruda que tenía un rostro de patata recién salida de la tierra. Al chileno lo bautizó como "Juvencio Silencio".
Miguel Hernández, en uno de sus poemas más conocidos se identifica con el barro: Me llamo barro aunque Miguel me llame./ Barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame. Juvencio Valle no se siente diferente a él: ...todavía mi origen/ tiene sus pies hundidos en el glorioso barro/ de que fui hecho;.../ del barro oscuro vengo: todavía me duele/ el cordón umbilical que me ata al surco.
No obstante, una de las inmensas diferencias entre ellos la marcó la muerte. Miguel, como sabemos, murió muy joven, aquejado por la enfermedad y por el incierto futuro de su familia, rodeado de la indiferencia y la desidia de sus carceleros. Juvencio murió después de cumplir los 98 años, alentado por el cariño de su esposa, hijos y nietos, luego de una vida plena en la que recibió el reconocimiento de su pueblo y sus autoridades (fue Premio Nacional de Literatura en 1966). ¡Que diferente final para dos poetas tan parecidos!
Se conocieron en Madrid, en 1938. Juvencio quería conocer la guerra por dentro. Provisto de un carnet de periodista, viajó a comienzos del mismo año. Al saber que iba a España, Luis Enrique Délano y Neruda le dieron cartas para sus viejos amigos. Desembarcó en un puerto de Francia, luego, a París. Atravesó en tren los Pirineos y horas después del trasbordo, ya entrada la noche, llegó a Barcelona. En la capital catalana conoció a Altolaguirre y a León Felipe, con quienes se reunía en un café para arreglar la guerra y el mundo.

Después de unas semanas viajó a Madrid. Ahí se encontró con los viejos amigos de Neruda y Délano, que ahora eran los suyos. Encontró cobijo en la sede de la Alianza de Intelectuales, en compañía de poetas, escritores y artistas que servían en la guerra desde el campo de la cultura. Amistó con Alberti, Antonio Aparicio, Cernuda, Aleixandre y otros, aunque la amistad que le tocó el corazón fue la de Miguel Hernández. Lo describe como un joven alto, de 28 años, desgajado en el andar; al moverse parece sobrenadar o rebasar del suelto traje que lleva. Viste como campesino, hijo de campesino; traje de pana y gruesos zapatones que crujen como el pasto seco. Habla a borbotones, -dice Juvencio-, cual el agua de una botella a fluir atropellándose por el gollete. Cabeza rapada al cero, rostro tostado al sol y grandes ojos verdosos, como de aceituna adobada. La armonía de sus movimientos, que es la del árbol que florece hacia todos lados, mirada a la distancia, resulta de una extraordinaria elegancia. Toda su estampa denota juventud y salud, deseo de cantar y de vivir.
También recuerda los días de jarana con el poeta pastor, la camaradería cómplice en el café o en la peña. En esas bulliciosas reuniones, -rememora-, animadas con representaciones improvisadas, discursos y cantos de líricos gorgoreos, a cada cual le corresponde aportar su ramito de laurel. Miguel canta canciones pueblerinas con una voz asordinada, como agua que va por entre terrones. Para algunos tiene cara de patata recién desenterrada; para otros le silba la avena en la garganta. Y todos le ven cubierto de hojas y de pájaros, mojado con luz del alba, silvestre o rural. Le hacen cariñosas burlas, se compadecen de su rebaño abandonado, de su zampoña y hasta de los suspiros y de los ayes de su pastora o su zagala. En realidad a Miguel Hernández le zumban los silbos en el cuerpo. Un abrazo demasiado fuerte, un apretón desmedido y sonetos y madrigales pudieran haberle aflorado a ras de piel. Habrían dado deseos de gritarle, por encima de la mesa: ¡Eh, Miguel, hasta cuándo, suelta ya los ruiseñores que traes en el bolsillo! Para quienes están en el fiel de la gran poesía, Miguel es el más joven de todos. Pero, a su vez, para quienes vienen más atrás, Miguel es el maestro. Él no parece percatarse de esta respetuosa pleitesía.
Entrañables para Juvencio, fueron aquellas tardes de tertulia con Miguel y Alberti en casa de Vicente Aleixandre. Y aquellos días en que, con Miguel, huían de la ciudad para evocar sus raíces. Salían a los campos, comían sandias, tomates, de aquellos que quedaban en las matas. Se tendían al sol. Me mostraba Miguel unos documentos que le habían dado sus jefes militares, -dice Juvencio-, que eran estrategas espontáneos. Miguel estaba en la Brigada de El Campesino y otros que en la lucha llegaron a ser generales. Recuerdo que uno de esos documentos decía: A Miguel Hernández este pasaporte, etc... y donde especificaba la profesión: "profesor de poesía". Nos reíamos mucho con ese título. Miguel adoraba la naturaleza, desde el alba hasta la noche conversaba con el trébol, tenía un corazón como una casa, soñaba a la sombra de su rebaño. Durante nuestros paseos solía trepar abrazado a los árboles.
"Lo vi partir muchas veces de Madrid hacia Orihuela, -continúa-, se iba canturreando aires de la tierra, componiendo coplas, haciendo chasquear su varilla. Iba con el húmedo corazón a flor de labio; avanzaba al encuentro de su mujer y su hijo. Desde allá se venía a la ciudad en los camiones de verduras, encima de lechugas y coles".
Al entrar las tropas franquistas en Madrid, Juvencio se trasladó a la Embajada de Chile. Vivió junto a los 17 republicanos que asiló Carlos Morla Lynch. En los primeros días de marzo del 39, acompañó a Miguel a entrevistarse con Morla para un posible asilo. Pero Miguel titubea, piensa en su esposa y en su Manolillo, que ya cumple dos meses. Además, señala Juvencio, en el carácter de Miguel Hernández estaba el no preocuparse de su situación penal y no ver el peligro sobre su persona. Él fue soldado del ejército de la República. Como ciudadano estaba obligado a serlo. En vista de la situación acuerdan que llegado el momento de la hecatombe final, se asile en la Embajada. Días después, Juvencio informa a Morla que Miguel no se asilará. Como sabemos, el día 8 de marzo durmió en casa de José María Cossío y al día siguiente emprendió el camino a Orihuela.

A comienzos de julio del 39, Juvencio sufrió un serio percance. En su calidad de chileno y de colaborador de la Embajada, circulaba con más o menos libertad. Pero un día, antes de entrar en la Embajada, lo detuvo un policía de civil. No le preguntó el nombre ni le pidió documento alguno. Sólo le exigió que lo acompañara a la Comisaría. Allí lo interrogaron, y para su desgracia llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con las gestiones que debía realizar para lograr la libertad de Miguel. De la Comisaría pasó a la Dirección de Seguridad y de allí a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.
-¿Qué tal la cárcel? le preguntó un día Luis Enrique Délano.
-Se me cayeron las lágrimas cuando entré en un pasillo inmenso, -contesta Juvencio-, donde había centenares de hombres tirados en el suelo, muchos de ellos sin un mísero colchón, en medio de una atmósfera cargada de olores, de humo, de emanaciones; una atmósfera densa, como para cortarla con cuchillo. Allí reinaban los métodos de Franco, es decir el maltrato, los puntapiés, las injurias, las bofetadas y...
-¿Los fusilamientos? apuntó su interlocutor.
-Exactamente, afirma Juvencio. Semanalmente sacaban a cuarenta o cincuenta personas, las alejaban de allí y las fusilaban. Sus huecos eran inmediatamente llenados con otros antifascistas que iban a purgar su crimen de haber defendido la República Democrática. A mi me tuvieron consideraciones gracias a la intervención de la Embajada de Chile, que se portó conmigo admirablemente. Me mandaron cama y comida todos los días, me puso un abogado y se condujo admirablemente. Sé que la Alianza de Intelectuales de Chile se preocupó de mi suerte, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, y estoy muy agradecido de todos. Miguel estaba en la cárcel de Torrijos. Yo podía ver esa cárcel desde la de Porlier, en que estaba yo. Estuve tres meses y medio, después me expulsaron.
-¿De qué te acusaban?
-De antifascismo, de mantener relaciones con escritores republicanos.
A finales de abril, Juvencio Valle fue puesto en libertad y expulsado de España. Le dieron 48 horas para abandonar el país. Regresó en un barco que zarpó de Marsella, en el que viajaban a Chile Fernando Echeverría, Antonio Hermosilla, Arturo Soria y Luis Vallejo, los cuatro primeros liberados de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid. Antonio Aparicio debía formar parte de la expedición, tenía su pasaporte listo. Un capricho franquista de última hora lo impidió.
"Fui a España, -recordaría Juvencio-, a ver la guerra civil. La vi, la sufrí y estuve arrepentido de haber ido. Era tan horrendo aquello. No he querido incorporar nada de eso a mi obra. Es demasiado ingrato".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

13 Rosas Rojas


Que sus nombres no se borren en la historia.

Julio Gálvez Barraza

El 4 de agosto de 1939, mientras el "Winnipeg" zarpaba de Trompeloup con más de dos mil refugiados españoles con destino a Valparaíso, la prensa derechista chilena atacaba duramente el asilo otorgado a los republicanos. Si los refugiados no hubieran cometido crímenes ni delitos no huirían hoy de la justicia de Franco, ni hubieran tenido que salir de España. Esta aseveración se caía al momento; en la España de la posguerra, en la España de Franco, los fusilamientos a los vencidos era el pan de cada día.
Al día siguiente, la mañana del 5 de agosto, en el paredón del madrileño cementerio del Este, luego de una atronadora descarga que resonó en los oídos de las presas de la cárcel de Ventas, situada a 500 metros del cementerio, se escucharon trece disparos. Eran los trece tiros de gracia que remataban, una a una, a trece muchachas inocentes. Sus compañeras reclusas supieron que ya habían sido fusiladas. Que a partir de ese momento, las jóvenes pasarían a formar parte de la memoria colectiva de la lucha contra el franquismo como Las Trece Rosas. Su delito: ser rojas. Fue uno de los episodios más viles de la represión franquista.
Entre los años 1939 y 1945, más de 2.500 personas fueron ejecutadas en las tapias del cementerio. Más que la cantidad de muertes solamente el 14 de junio de 1939 habían sido ochenta los fusilados- quizá lo que más impresiona de los muertos el 5 de agosto, fuera la juventud de la mayoría de ellos. Esa madrugada, sólo en el paredón del cementerio del Este, fusilaron a 56 personas. Antes que las muchachas, habían dejado su vida 43 hombres por el mismo "delito". Todos habían sido juzgados por los tribunales de Franco: Reunido el Consejo de Guerra Permanente Nº9 para ver y fallar la causa Nº30.426 que por procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra las procesadas responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de las acusadas a la pena de muerte, dice la sentencia dictada sólo el día anterior a las ejecuciones. A una de ellas la acusaban, además, del grave delito de haber sido cobradora de tranvías durante la dominación marxista.
El 28 de marzo de 1939, cuando las tropas nacionales entraron en Madrid, la práctica totalidad de dirigentes comunistas se encontraban en el exilio. Ante esta situación, un grupo de muchachos, que se habían batido contra el enemigo en diferentes frentes, comenzó a hacerse cargo de la reorganización clandestina del Partido Comunista de España y de la Juventud Socialista Unificada (Organización que nació de la fusión de la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas). El objetivo era ayudar a los compañeros presos y a sus familias, esconder a los perseguidos e intentar recomponer los restos de la derrota. Relata una de las protagonistas que: "lo principal en aquellos momentos era esconderse, y después ver si la gente a la que conocías y lograbas localizar estaba dispuesta a seguir en la lucha. De vez en cuando paseaba por la calle por ver si me encontraba con alguien. Se trataba de ir captando a jóvenes y de reorganizar la JSU, ni mßs ni menos.
A los cuatro meses de terminada la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco. Era una ciudad inhóspita y peligrosa para los enemigos del régimen, en la que las delaciones estaban a la orden del día. Denunciar era una obligación patriótica, una forma de extirpar el cáncer del comunismo y, sobre todo, la manera más clara y directa de demostrar la adhesión al nuevo Estado. La capital era barrida calle por calle en busca de enemigos de la patria con un odio sin precedentes.
Durante los meses de abril y mayo, cuando aún no habían tenido tiempo para integrarse en la organización, o apenas acababan de hacerlo, la mayor parte de los jóvenes ya habían sido detenidos. Las nuevas autoridades lo tuvieron muy fácil para identificarlos y capturarlos, para ello solo habían tenido que consultar los ficheros de militantes que no llegaron a ser destruidos por el efímero gobierno del coronel Casado. Entre ellas: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Adelina García, Elena Gil, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero, Victoria Muñoz y Luisa Rodríguez de la Fuente, que así se llamaban Las Trece Rosas. No habían cometido más delito que defender la legalidad republicana contra el golpe de estado y todas, salvo Blanca, la mayor de ellas con 29 años y la única casada y con un hijo de 11, militaban en la JSU, en el PCE, o en ambas organizaciones a la vez. Varias de ellas eran menores de edad. No eran protagonistas de la historia, ni lo pretendían, aunque los acontecimientos les reservase ese papel.

Su destino fue la prisión de Ventas, inaugurada en 1933 como un centro pionero para la reinserción de reclusas, que los vencedores transformaron en un enorme almacén humano en el que se hacinaban 4.000 mujeres cuando su capacidad máxima era de 450. De los acusados en el consejo de guerra celebrado durante los días 1º y 2 de agosto, solamente una de ellas, de 19 años, se libró de la ejecución para ser condenada a doce años de cárcel. Quizá para justificar la severidad de las penas impuestas, el caso se asoció con el complot contra Franco, descubierto el mismo día 1? de abril, en el desfile de la Victoria, por la explosión de una bomba en la tribuna presidencial. En realidad no hubo ni bomba ni plan, la precaria red de militantes era tan débil que ni siquiera consiguieron atracar una tienda de comestibles. También se les vinculó con el atentado contra el comandante de la guardia civil Isaac Gabaldón, ocurrido el 27 de julio. Como encargado del Archivo de Masonería y Comunismo, Gabaldón disponía de miles de documentos incautados a los partidos y organizaciones republicanas, que servían de base para la tramitación de denuncias. Sin embargo, la mayor parte de las personas juzgadas el 1º y 2 de agosto, habían sido detenidos meses antes del atentado contra Gabaldón. Ante tamaños despropósitos, la acusación definitiva fue la de "reorganización de elementos de la JSU y del PCE para cometer actos delictivos contra el orden social y jurídico de la nueva España".

La madrugada del 5 de agosto fueron llamadas a cumplir la sentencia. Una testigo relata que estaban diseminadas por toda la prisión. Una de ellas, con sus dos hermanas, también encarceladas; tres en el departamento de menores, otras en pasillos, sótanos y galerías. Después de conversar hasta muy tarde con Ana López, una de las sentenciadas, pensando que esa noche ya no ingresarían en el antiguo salón de actos convertido en capilla, evoca: Con nuestra charla ya habían dado las doce y nos pusimos a dormir, cuando sentimos que llaman a nuestro departamento. Nuestra mandanta, que se llamaba Pilar y era una buena persona, bajó a abrir la puerta y se presentó con la funcionaria teresiana que sacó a estas chicas con una lista en la mano. Recuerdo que a esta mandanta, a Pilar, la oí decir: Por Dios, señorita María Teresa, esto es horroroso, esto es un crimen. Entonces Anita se dio cuenta rápidamente de que venían a por ellas, se puso en pie y dijo: No, no llame a las otras, ya las llamo yo. Ella misma las despertó. De estas dos compañeras, a una de ellas hacía muy pocos días que le habían fusilado a un hermano. Recuerdo que lo único que dijo fue: ¡Pobrecilla, mi madre!

En la capilla, si se confesaban y comulgaban, se les permitía despedirse de la familia mediante una carta. Otra testigo relata que: Todas las condenadas escribían cartas a la familia. Daba la impresión de que entrabas en una clase de niñas. Julia Conesa, a quien semanas antes le habían fusilado a su padre y a un hermano, escribió a su familia: Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermano y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. La misiva concluía con un ruego: Que mi nombre no se borre en la historia.
De madrugada, salió de la prisión de Porlier el camión para transportarlas. Los verdugos llevaban la orden de fusilamiento. En Porlier, por esos días, estaba preso nuestro Juvencio Valle, acusado de antifascismo y de mantener relaciones con escritores republicanos. Había sido detenido por un policía de civil a comienzos del mes de julio. En la Comisaría lo interrogaron, y para su desgracia, llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con gestiones que debía realizar para lograr la libertad del poeta Miguel Hernández. De ahí pasó a la Dirección de Seguridad y luego a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.
En la madrugada llegó la hora de sacar a las muchachas al paredón. Una presa se hallaba en aquel momento asomada a la ventana de su celda y las vio salir: Pasaban repartidores de leche con sus carros. La Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos; tres guardias civiles escoltaban a cada pareja. Las presas fueron subidas en grandes camiones. Desde donde yo estaba, en el cuarto piso, no se las podía ver con claridad. Pero parecían tranquilas. Llevaban la cabeza muy levantada.
Virtudes García tenía a su novio encausado en el mismo proceso. Una de sus compañeras dice que mantuvieron contacto por escrito mientras estuvieron encarcelados sobre todo por intercambio de mensajes en donde se celebraban los consejos de guerra y que ella confiaba en poder verlo antes del fusilamiento. No pudo ser. Cuando llegaron al paredón, los 43 jóvenes habían sido ya fusilados.
Los familiares de las chicas nunca fueron informados de la fecha de la ejecución. María, hermana de Dionisia Manzanero, relata que llegó a la cárcel la mañana del día 5, para recoger firmas solicitando el aplazamiento de la sentencia. Ahí supo que su hermana ya había sido fusilada. De la cárcel fueron inmediatamente al cementerio: No había nadie por allí. Los guardias no estaban y entramos al depósito, sin que nadie nos viera. Entonces, ¡Dios mío!, las vimos metidas en las cajas de madera. No me fijé en cuántas eran, sólo buscaba a mi Dioni. Tampoco sé el tiempo que estuvimos allí. Sólo sé que llegó un cura y al vernos llorando y dando gritos, nos obligó a salir.
La ejecución de Las Trece Rosas se convirtió en una suerte de leyenda, en un relato que fue corriendo de boca en boca hasta el punto de que cada presa recién ingresada en la cárcel de Ventas lo hizo suyo y se dedicó a transmitirlo a su vez. La dictadura franquista no consiguió borrar sus nombres de la historia. En España se han escrito decenas de artículos, se han estrenado obras de teatro y una película con su estremecedora historia.
La vida siguió sembrando vida. Al día siguiente de las ejecuciones, 6 de agosto de 1939, a bordo del "Winnipeg" nacía Agnes América. Veinte días después, ya en aguas del Pacífico, frente a las costas de Ecuador, nació Andrés Martí. Fueron las primeras criaturas nacidas en el exilio republicano español.

Peripecia y evolución de un Poeta


Erudito en los grandes hechos y en las minucias de la vida y la poesía de Neruda, preciso en fechas y sucesos, diestro y riguroso en el manejo de las fuentes, Julio Gálvez Barraza demuestra además, en su voluminoso trabajo Neruda y España, que es un narrador ameno. La lectura de su libro es ágil y placentera, sobre todo por la equilibrada combinación entre el dato o la apreciación de carácter académico y el relato de las peripecias vitales de un poeta que está "más cerca de la sangre que de la tinta" (palabras de García Lorca) y cuya evolución ideológica desde una postura de espectador pasivo y ensimismado a la más activa y comprometida militancia, está cargada de elementos emocionales y se produce, sobre todo, como reflejo de una experiencia vital.
Aunque este tema ha sido abordado por numerosos autores, Gálvez descubre y cuenta no pocas cosas nuevas sobre la relación entre el poeta y España; acerca del tiempo histórico que le tocó vivir y, en lo personal, sobre la trascendencia de su contacto, a temprana edad (¡30 años!), con artistas e intelectuales bullentes de inquietudes y de capacidad creativa, en un país infinitamente más complejo y desarrollado que el "Chilito" provinciano de los años 30.
Si este libro tiene un protagonista, fuera de Neruda, por supuesto, éste es Federico García Lorca. El autor va rastreando, a lo largo de múltiples sucesos, la relación entre los dos poetas y, sin subrayarlo de manera deliberada, va dejando de manifiesto que el Neruda que conocemos, el del Canto General, como el de Estravagario, el de Alturas de Machu Pichu como el de las Odas, no habría existido como creador sin la influencia fecundante del granadino. García Lorca formula verbalmente algo que está presente en Neruda como una intuición no bien definida: el carácter americano de su poesía. Su pertenencia a un mundo en gestación, donde la influencia española se mezcla con una realidad natural, racial y cultural densa, misteriosa y potente, que en aquel entonces esperaba en silencio a los artistas capaces de expresar sus esencias en un lenguaje universal como el castellano.

García Lorca, ajeno a militancias políticas, influye también en el complejo proceso de definiciones que vive Neruda. No a través de ninguna prédica –nada más ajeno a su temperamento- sino por su vinculación natural el gran movimiento de renovación representado en España por el Frente Popular y por su concepción de una poesía, un teatro, todas las artes en suma, que surgen de una raíz popular y se dirigen al pueblo, sin empobrecerse, empero, desde el punto de vista de la gran tradición artística secular.
En fin, García Lorca resulta un maestro de vida para Neruda por su inagotable capacidad de inventar situaciones teatrales, juguetes cómicos, jornadas de lecturas poéticas y astracanadas de irresistible comicidad, en especial junto al músico adorable y excéntrico Acario Cotapos. El poeta chileno melancólico y solitario convaleciente de su periplo asiático redescubre el calor de la solidaridad humana, de la amistad de "varón varonil" y de las causas compartidas.
Por cierto, García Lorca sufre también el influjo de la poesía de Neruda. En cierta ocasión el chileno lee uno de sus poemas con la monotonía envolvente que conocemos. Federico, nervioso, le pide: -No sigas, que me influencias. Las últimas obras de García Lorca, en especial Poeta en Nueva York evidencian el peso de la poesía nerudiana. Nuestro autor recrea sencillamente, como sin proponérselo, el clima intelectual y político de España en vísperas de la guerra civil y luego en su transcurso. La efervescencia, el goce de vivir, la apertura, la búsqueda de la innovación artística y de nuevas formas sociales, abiertas a la participación popular, las polémicas sobre poesía pura y poesía impura, entre la tradición, encarnada sobre todo en Juan Ramón Jiménez, y la vanguardia, de la que Neruda resulta, sin buscarlo, el portaestandarte; el tiempo de El caballo verde para la poesía y de las asambleas en que las reivindicaciones políticas se expresan en un lenguaje nuevo, distante de la langue de bois o, diríamos en Chile, de cartón piedra, propia de los partidos que traen nuevos dogmas.

En ese mundo, se agitan numerosos personajes. Julio Gálvez menciona, necesariamente, a muchos, algunos desfilan de manera fugaz por la legendaria Casa de las Flores del barrio de Argüelles, otros aparecen una y otra vez y se fijan con fuerte relieve en nuestro recuerdo: Rafael Alberti, Miguel Hernández, Antonio Machado. También emana o se filtra de estas páginas un retrato entrañable de la Hormiga, Delia del Carril. Hay otros más.
La historia del Winnipeg que fue, según nuestras noticias, el núcleo inicial de este libro, resulta conmovedora sin necesidad de que el autor prodigue frases emotivas. Ella se va desarrollando a través de múltiples testimonios y deja de manifiesto lo que tuvo aquel proyecto de "insensato" y de grandioso, hasta inverosímil en aquel momento de la vísperas de la II Guerra Mundial. Revela a través de numerosos y desconocidos episodios de cómo la tenacidad, la inteligencia y la capacidad de organización de Neruda lograron prevalecer contra la hostilidad y las intrigas de adentro y de afuera.
De este libro Neruda y España emerge con nitidez la formación de poeta militante, la profundidad de su "compromiso", palabra que no le gustaba a Neruda, mejor será decir identificación, con el pueblo chileno, del que proviene, y con todos los pueblos, desde las filas del movimiento comunista internacional, que encarnó a lo largo del siglo XX la esperanza de la materialización de ideales humanos milenarios. Otra cosa es el derrumbe de esa esperanza, por causas complejas, que sería muy largo exponer y que desbordan el tema de estas notas.
No hace mucho, entrevistado por el diario La Segunda, el senador Gabriel Valdés Subercaseaux, una de las vacas sagradas de nuestro país, con prestigio de "culto", afirmó que la relación de Neruda con el Partido Comunista fue un matrimonio de conveniencia, en el que el poeta se apoyó en el partido para ganar posiciones y el partido utilizó al poeta para sus propios fines. Valdés no entiende nada del asunto, no es capaz de concebir esa identificación profunda de Neruda con las causas populares y con el ideal de una sociedad sin clases, que lo lleva a convertirse en soldado del Partido que a sus ojos mejor representa, en su práctica política cotidiana, ese ideal. En esto no hay cálculo de conveniencias recíprocas, aunque es innegable que la fuerza del movimiento comunista contribuyó decisivamente a trasformar a Neruda en poeta universal, como también es innegable que la irradiación personal de Neruda desde su poesía y desde su acción práctica dio un aporte trascendente al crecimiento de la influencia de los partidos comunistas en Chile y en otros países de América Latina y de otros continentes.
A lo largo de la obra de Julio Gálvez Barraza encontramos numerosas referencias a manifiestos, asambleas y declaraciones colectivas de escritores e intelectuales en torno a los grandes asuntos de la época. Hoy pueden parecer ingenuos aquellos documentos cargados de pensamiento y emoción. Alguien podría preguntarse: ¿de qué sirvieron? No es fácil responder, pero es evidente que existió, en buena parte del siglo XX, que ya nos va pareciendo tan lejano, una especie de foro mundial de la inteligencia, formado por grandes figuras del arte, la ciencia y el pensamiento del mundo entero, que montaba guardia como un tribunal ético, ese "sol de la conciencia moral", como dice Cintio Vitier, frente a los errores y horrores contemporáneos. Hoy existen voces aisladas, que advierten, amonestan, denuncian, pero frente a la dictadura unilateral de los medios, cuya diversidad es más aparente que real, echamos de menos aquella voz colectiva.
El libro de Julio Gálvez tiene, pues, un valor excepcional, no sólo por los hechos que relata y por la época que pinta, sino porque suscita una rica y múltiple reflexión sobre los asuntos de nuestro tiempo.

José Miguel Varas. 4 de diciembre de 2003.

viernes, 10 de octubre de 2008

El fugitivo del Canto General

Es muy común escuchar la socorrida frase: ¡Sobre Neruda ya está todo dicho! Sin embargo siempre sale a la luz algún nuevo aspecto que ayuda a ordenar y a completar la biografía del Premio Nobel. Algunos de estos nuevos estudios y descubrimientos son de cierto interés y otros causan verdadero asombro. La investigación rigurosa de la vida y obra del poeta se justifica con agrado cuando se logra poner a los menos conocidos protagonistas de la historia en su verdadero lugar.

En la segunda mitad de la década del cuarenta sucedieron importantes hitos en la cronología nerudiana. Fue elegido Senador por las provincias de Tarapacá y Antofagasta; obtuvo el Premio Nacional de Literatura; se afilió al Partido Comunista; participó como Jefe de Propaganda en la candidatura de Gabriel González Videla a la presidencia de Chile y, luego del triunfo de su candidato, éste pone a su partido al margen de la Ley y pide su desafuero por traición a la Patria. Neruda, entonces, se convierte en prófugo, pero no en un prófugo cualquiera. La prensa difunde titulares e informaciones con la intensa búsqueda llevada a cabo por la policía. Durante algo más de un año el poeta se ocultó en diferentes casas y en diferentes ciudades. Sin embargo, la producción poética no fue descuidada. En este período de prófugo, el poeta logró el tiempo suficiente, aunque en precarias condiciones, para terminar el Canto General, obra que, para muchos, es su más importante obra. Como sabemos, Neruda finalmente logró salir del país cruzando la cordillera de Los Andes a lomo de caballo.

Sobre este hito nerudiano se han escrito cientos de páginas, se han narrado muchas historias y se ha dado el merecido reconocimiento a diversos protagonistas. Empero, creo que no todos los generales han recibido su medalla. Aún hay colaboradores anónimos que merecen ser descubiertos y presentados.

Como sabemos, el Senador Pablo Neruda, luego de ser desaforado y después de dictarse con tanta premura una orden de detención en su contra, salió de su casa de Los Guindos con destino al puesto fronterizo de Mendoza con la intención de cruzar a territorio argentino. Fue todo tan rápido, que ni siquiera los funcionarios fronterizos sabían que tenían que detener a Neruda. Aún así, no pudo cruzar la frontera por un pequeño detalle burocrático; el automóvil en que viajaban no tenía los papeles en regla para salir del país. Los frustrados viajero tuvieron que volver a Santiago y comenzar, apresuradamente, a buscar secretos asilos para el Senador.

Desde el comienzo de esta etapa, el fugitivo se comportó como un militante disciplinado. Tanto los lugares elegidos para ocultarse de la policía, como los traslados y los intentos para salir del país, fueron organizados por su partido y coordinados, en gran parte, por su amigo Alvaro Jara.

La primera casa-refugio fue la del ingeniero de origen español José Saitúa Pedemonte, ubicada en la Avenida Los Leones. Una noche tocaron a su puerta, Saitúa ignoraba quién podía ser. Ahí, sin una conversación previa, le encargaron la custodia de Neruda y la Hormigüita. La casa del matrimonio Saitúa -y sus habitantes- no era el lugar más apto para preservar la seguridad del poeta, lo que convertía este escondite en un lugar muy poco seguro. De esta peligrosa situación se dio cuenta rápidamente una persona que fue fundamental en toda la etapa de prófugo y en el cruce de la cordillera del poeta, el ingeniero Víctor Pey Casado, amigo de Saitúa y, aunque no militante del Partido Comunista de Chile, sí contaba con algunos amigos dentro de él. Era un sitio muy peligroso para mantenerlo, -recuerda Víctor Pey-, porque Saitía vivía con su mujer y sus dos hijos, niños chicos aún. A los niños no se les puede decir ¡No digas eso!, si se les dice así es mucho peor. Además, vivía ahí, puertas adentro, una empleada doméstica que era muy conflictiva. Yo inmediatamente me di cuenta de eso, era muy amigo de Saitúa y para él también era un pastel muy grande.

Pey había llegado a Chile en el vapor “Winnipeg”, de la mano de Neruda. Antes había combatido en la Guerra Civil española en la columna Durruti y luego, como ingeniero, colaboró junto a su hermano en la organización de las Industrias de Guerra Catalanas. Pese a su corta edad, los Pey llegaron a controlar más de 500 fábricas de material de guerra en toda Cataluña. Tras la derrota de la República, los hermanos y un grupo de colaboradores, sin otros medios que una brújula y sin más alimentos que unos terrones de azúcar, cruzaron los Pirineos caminando. Luego de unos kilómetros de recorrer una carretera francesa, la policía los detuvo y los internó en el campo de concentración de Le Bolou. De ahí a un nuevo campo, esta vez en Perpignan, desde donde Víctor Pey logró escapar y llegar a París.

Por su profesión de Ingeniero y por su condición de ex combatiente, Pey contaba con un rígido sentido de la disciplina. Por eso, cuando propuso a Ricardo Fonseca, Secretario General del Partido Comunista de Chile, hacerse cargo de la protección de Neruda, puso también unas rigurosas condiciones.

-Primero: -dijo, -yo lo voy a buscar a la casa de Saitúa, pero nadie debe saber el día ni la hora en que iré, ni siquiera el Partido. Segundo: Nadie debe saber mi domicilio ni mi teléfono. Ustedes me dan un número y yo desde un teléfono público les llamaré para darles información.

Así se dijo y así se hizo. Pey trasladó a Neruda y a la Hormigüita a su departamento en el sexto piso de la Avenida Vicuña Mackenna N°47, esquina de Eulogia Sánchez, tan sólo a tres calles de la Plaza Italia. Era un departamento, -recuerda Pey, -que tenía un living comedor grande y adherido a ese living, no un cuarto aparte, había un dormitorio separado con una cortina en el que había una cama, nada más. Una cocina muy pequeñita y un baño común y corriente. En el living comedor había un closet bastante amplio. O sea, yo les dejé mi departamento, yo tenía que ir a dormir a otra parte, estaba alojando con una amiga, pero nadie sabía dónde yo alojaba. Todo el mundo creía que yo vivía ahí, porque yo, todos los días, seguía acudiendo ahí. Además que yo les llevaba la comida, todos los días. De manera que para todo el mundo yo seguía viviendo ahí. Era condición que todo siguiera siendo muy normal. Y así fue.

En esa pequeña vivienda, Neruda y la Hormiga permanecieron algunas semanas, sin poder salir y sin recibir visitas, sólo con el pequeño consuelo de la vista al cerro San Cristóbal, a la Plaza Italia y al edificio en construcción que día a día se levantaba en la Avenida Vicuña Mackenna, frente al departamento de Víctor Pey. Para la comunicación y los encargos que hacían al exterior, sólo contaban con la voluntad del anfitrión. Todo funcionó perfecto, -recuerda Pey, -cada tres o cuatro días, desde cualquier parte, yo llamaba al Partido, al teléfono que me habían dado y simplemente les decía los recados de Neruda. Las cosas que él me pedía yo las hacía. Generalmente era el tipo de comida, era un sibarita, yo les llevaba la comida del Oriente, que estaba en la Plaza Italia.

En los versos del poema El Fugitivo, del Canto General, Neruda recuerda ese departamento y al ingeniero de altos ojos:

Una joven pareja abrió una puerta

que antes tampoco conocí.

Era ella

dorada como el mes de junio,

y él era un ingeniero de altos ojos.

Desde entonces con ellos pan y vino

compartí.

Ella, dorada como el mes de junio, es una bella licencia poética del autor. Lo cierto es que Víctor Pey, por esas fechas, ya estaba separado de su esposa. Sin embargo, la despedida de esa casa no es ninguna licencia.

adiós a los andamios, a la estrella,

adiós tal vez a la casa inconclusa

que frente a mi ventana parecía

poblarse de fantasmas lineales.

Adiós al punto ínfimo de monte

que recogía en mis ojos cada tarde,

adiós a la luz verde neón que abría

con su relámpago cada nueva noche.

Son imágenes reales, bellamente descritas en los versos del poeta; ahí está Pey, el ingeniero de altos ojos; ahí están los andamios, que pertenecían a la construcción del edificio situado frente al departamento; está el único punto del monte que se ve desde el departamento, el del Cerro San Cristóbal y la luz verde neón, que abría con su relámpago cada nueva noche, corresponden a los anuncios luminosos que ya por aquel entonces invadían la Plaza Italia.

Y otra vez, en la noche, adiós, dice el poema. Neruda marchó de ese departamento para ir a otros refugios y la historia es más o menos conocida. Lo que no es muy conocido es la participación de Víctor Pey en la conclusión de esta historia. Él estuvo siempre al corriente de la ubicación de Neruda. Al pasar los meses, y al ver que ya habían fracasado dos o tres intentos por sacarlo del país, otra vez tomó la iniciativa.

Por su trabajo de ingeniero, Pey conocía a Jorge Bellet y a Pepe Rodríguez, administrador y dueño de un fundo en el sur de Chile que limitaba con Argentina. Un buen día, Jorge Bellet viajó a Santiago y fue a pedir algunas informaciones técnicas a Víctor Pey; temas de tractores, regadíos y cosas propias de su trabajo de administrador. Luego de una larga conversación, Pey, que ya sospechaba que ese era el hombre adecuado, le planteó un dilema:

-Jorge, ¿cómo se puede pasar a Argentina?

Bellet le dio detalles de cómo se podía hacer. En vista de la amistad y de la buena acogida a su pregunta, Pey le planteó derechamente el tema:

-¿Sabes de qué se trata? Hay un amigo comunista que tiene que salir. -Pero, en ese momento, no le dijo de quién se trataba. Aún así, la respuesta de Bellet fue afirmativa. Entonces comenzaron a afinar detalles.

Una vez planificado el proyecto, Víctor Pey propone la solución a Galo González, el nuevo Secretario General del Partido Comunista. La propuesta fue aceptada y Pey se trasladó al sur para terminar de pulir los pormenores en terreno. Viajó con Jorge Bellet al fundo, recorrieron sus límites y ambos regresaron a Santiago con todo previsto.

Cruzando la cordillera, se titula el relato de Jorge Bellet, integrado al libro "Los Rostros de Neruda". Su historia, de todos conocida, comienza en Valdivia. Pero, como vemos, la planificación del cruce de la cordillera había comenzado mucho antes.

En Santiago, Víctor Pey se hizo cargo del automóvil que le proporcionó Manuel Solimano. Compró los repuestos para eventuales averías y acompañó a los viajeros hasta el pueblo de Graneros. A su vuelta, Pey también se hizo cargo de la protección de Delia del Carril, a quien alojó en la casa de su madre, doña Manuela Casado. Neruda llegó a San Martín de los Andes y la historia es conocida por todos. Está narrada por el propio poeta en sus memorias y también por Jorge Bellet en la obra ya citada.

Julio Gálvez Barraza

martes, 20 de mayo de 2008

El Canto General como fruto de la experiencia española

Por Julio Gálvez Barraza

La experiencia española, según su propia confesión, fue determinante en toda la vida y obra del poeta. Sin embargo, los biógrafos y exagetas nerudianos, analizando su obra bajo la inercia del esquema académico tradicional, al parecer, no han dado a este hecho la importancia debida. El Canto General, la magnífica epopeya de América Latina, para muchos estudiosos su más importante obra, fue concebida y gestada directamente después del libro España en el Corazón, en el que el poeta acusa y maldice la rebelión fascista de Francisco Franco y del que, perfectamente, podían haber formado parte los canto a Alberti, Lorca y Miguel Hernández, o el poema Himno y regreso, incluidos en el Canto General. Si aceptamos esta premisa en el estudio de la obra nerudiana podremos comprender mejor la rigurosidad y la profundidad social con que Neruda trata la historia americana, desde antes del descubrimiento hasta el golpe de estado de Pinochet.
El primer día del año 1940, Pablo Neruda desembarcó del vapor "Augustus" en Valparaíso. El arribo del poeta dio margen en el puerto a una cálida recepción que encabezó el Alcalde comunista Pedro Pacheco, y en la que participaron las autoridades edilicias, los representantes de las instituciones culturales y obreras y un crecido número de trabajadores e intelectuales del puerto y de Santiago. Entre los asistentes al acto de bienvenida, con la misión de entrevistar al recién llegado, se encontraba Volodia Teitelboim, un joven periodista de la revista Qué Hubo en la semana que por aquel entonces dirigía Luis Enrique Délano. Recuerda Volodia que en el transcurso de ese encuentro, Neruda le entregó, para su publicación, un poema escrito durante la travesía, que titulaba Himno y Regreso (1939)

El poeta regresaba por tercera vez a Chile. Venía de Francia, donde se había desempeñado como Cónsul Especial para la Inmigración Española, cumpliendo la misión que le había encomendado el Gobierno del Frente Popular encabezado por Pedro Aguirre Cerda. Venía de una Europa en llamas, convulsionada ya por la segunda Guerra Mundial. Llegaba cuatro meses después de que a Valparaíso, a bordo del “Winnipeg”, arribara su más bello poema; ese contingente de más de dos mil españoles republicanos que se hacinaban y morían en los campos de concentración del Sur de Francia y que encontraron en el Sur del mundo su propia Itaca de la mano del poeta y diplomático chileno.

Los primeros versos del citado poema que Neruda entregó a Volodia contienen una plegaria, un ruego, una petición que el poeta-narrador hace a su pueblo, a su propio país:

Patria, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre.
Pero te pido, como a la madre el niño
lleno de llanto.
Acoge esta guitarra ciega
Y esta frente perdida.

En los versos siguientes, el poeta rinde cuentas a su pueblo de la gestión realizada, hace un resumen de su viaje a Francia como Cónsul Especial para la Inmigración Española:

Salí a encontrarte hijos por la tierra,
salí a cuidar caidos con tu nombre de nieve
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos.

Himno y Regreso (1939), es quizá uno de los poemas menos analizados por los exagetas del vate. Sin embargo, en la continuación de los versos ya citados, encontramos una verdadera declaración de principios. En ellos, Neruda señala la continuidad de su discurso poético iniciada tres años antes con España en el Corazón:

Ahora quiero dormir en tu substancia.
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas,
tu noche de navío, tu estatura estrellada.

Señalábamos al comienzo de estas líneas que era éste el tercer arribo de Neruda a su país. En su segundo regreso, en octubre de 1937, ya portaba en su interior la marca indeleble de la experiencia vivida en España, en la que su poesía había roto moldes y donde se había convertido en figura clave para el entendimiento y la aceptación de la nueva poesía. Donde su casa, la Casa de las Flores, se convirtiera en centro de reuniones, en una época plagada de deseos de cambios, de tertulias y discusiones.

Al llegar a España, en 1934, el poeta encontró un país que intentaba cambiar su destino, un pueblo que obligó a abdicar a los reyes y que instauró la Segunda República, un pueblo que no conforme con los primeros gobiernos republicanos, de marcada tendencia derechista, había elegido como rector de su proceso de reformas a una coalición denominada Frente Popular. Todo esto en un proceso político en el que se insertaban la gran mayoría de sus intelectuales, sobre todo los jóvenes poetas de la generación del 27, entre los que sobresalía Rafael Alberti, García Lorca, Manolo Altolaguirre y tantos otros. Todos ellos fraternos compañeros de Neruda, de quienes aprendía cómo los intelectuales tienen el derecho y el deber de insertarse en los procesos de cambio de su sociedad, de su entorno.

Un día, ese mundo social, político y bucólico a la vez, se dispersa. Un pequeño general se levantó en armas contra la flamante República y quebró violentamente el proceso de cambios. El 18 de julio de 1936 se desató la ira del fascismo y comenzó a correr la sangre por las calles. Para Neruda era la sangre de soldados, de hombres y mujeres, de ancianos y niños, pero también era la sangre de sus amigos, de García Lorca, asesinado en Granada, del escultor Emiliano Barral, muerto en el frente de batalla. Era la sangre que le hizo ver más al fondo de las cosas, que le hizo concluir su cambio de rumbo, social y poético, que le acompañaría por el resto de su vida.

Luis Enrique Délano, por esos años canciller consular en Madrid, cuenta en su libro de memorias que un día, no recuerda bien la fecha, alguien le preguntó a Neruda -¿Cuándo vas a escribir algo para “El Mono Azul”? Pablo respondió vagamente, -continua Délano- Pero, sin duda ya la idea lo estaba trabajando por dentro. Y no podía ser de otra forma; el estímulo de la guerra era algo demasiado fuerte para un poeta como él. Un día de septiembre, cuando el canciller llegó a la oficina consular, Neruda le pasó unas hojas de papel escritas a máquina, Délano comenzó a leer con una mezcla de asombro y emoción:

No han muerto! Están en medio de la pólvora,
de pie, como mechas ardiendo.
Sus sombras puras se han unido
en la pradera de color de cobre
como una cortina de viento blindado
como una barrera de color de furia,
como el mismo invisible pecho del día.

Era el primer fruto de una transformación que venía produciéndose, que no llegó de golpe ni fue producto exclusivo de la guerra, sino de todo un proceso al que Délano venía asistiendo como testigo. –Es mi primera poesía proletaria.- Dijo Neruda a su canciller consular.

Este poema, publicado de forma anónima en la página 2 del número 5 de la revista El Mono Azul, que dirigía Rafael Alberti, aparecida un 24 de septiembre de 1936, marca el tránsito en la poesía nerudiana, el inmenso cambio que pasó, del recogimiento intimista de Residencia en la tierra, al exultante universo colectivo del Canto General.

Alberti había publicado el poema de forma anónima para cuidar la imagen de su amigo, que además de poeta era el representante diplomático de un país extranjero. Neruda no se cuidó demasiado al iniciar esta nueva concepción socio-política. Consecuente con las nuevas responsabilidades asumidas, al mes siguiente dio pública lectura a su primer “poema proletario”. Este hito nerudiano aconteció en la ciudad de Cuenca el 12 de octubre del mismo año de 1936, en un acto organizado conjuntamente por la Federación Universitaria Hispano Americana (FHUA) y la Alianza de Intelectuales. El acto, celebrado en el llamado “Día de la Raza” y en el que participaban, además, el poeta y ensayista español José Bergamín, el mexicano Andrés Iduarte y Luis Enrique Délano, tenía por objeto mostrar la adhesión de la intelectualidad latinoamericana a la causa de la República Española, significado que, con la actuación de Neruda, quedó claro para todos.

Posiblemente esta lectura pública de su poema en la ciudad de Cuenca fue el detonante para que las autoridades chilenas cerraran indefinidamente el consulado de Chile en Madrid. El poeta viajó a Francia al mes siguiente. Ya en Francia, comenzó una tarea que no abandonaría nunca: la defensa de la República española. En este contexto se enmarca el comienzo de la metamorfosis nerudiana en España. Luego nacerían otros poemas, que junto al Canto a las madres de los milicianos muertos, formaron parte del libro España en el corazón, Himno a las glorias del pueblo en guerra (1936-1937), su canto de amor más profundo y desinteresado. El Canto a las madres de los milicianos muertos, séptimo poema en el orden del libro, fue el único que escribió en España. Este poco conocido hito nerudiano marcó el comienzo de una etapa grande y fecunda en su obra, la de la poesía social, que habría de culminar con la publicación del Canto General.

Si hacemos un breve repaso a los poemas de España en el corazón, observamos que en él, el poeta-narrador invoca, canta a las glorias de un pueblo en guerra, cuenta cómo era España? Explica por qué su poesía no habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles, dice, y a continuación denuncia y maldice en su crónica urgente. Denuncia a los bandidos con aviones y con moros,/ bandidos con sortijas y duquesas, a los chacales que el chacal rechazaría. Maldice a los generales, a Mola, a Sanjurjo, a Franco, y los envía a los infiernos. Maldice a los que con hacha y serpiente/ llegaron a tu arena terrenal, malditos los/ que esperaron este día para abrir la puerta/ de la mansión al moro y al bandido. Neruda se convierte en un Constructor de la Historia, en la que, además, deja establecido cómo era España antes de la traición. Era la piedra solar, pura entre las regiones/ del mundo, España recorrida/ por sangre y metales, azul y victoriosa,/ proletaria de pétalos y balas, única,/ viva y soñolienta y sonora. Para continuar con una verdadera clase de geografía ibérica. Pueblo por pueblo, de Sur a Norte y de Este a Oeste, donde no está ausente Fuenteovejuna ni Orihuela, la tierra natal de su querido Miguel Hernández.

Los poemas de España en el corazón comenzaron a publicarse por separados en diversas revistas de la península y de América. En Madrid, en El Mono Azul (número 22, del 1 de julio de 1937) aparece publicado el poema Es Así, que luego, con el nombre de Explico algunas cosas, sería uno de los más conocidos del libro. En Repertorio Americano Nº 823, de San José de Costa Rica, aparece el 16 de octubre del mismo año el poema Antitanquistas, reproducido también en la revista Expresión Nº 1, de Santiago de Chile.

Es también en Santiago de Chile, donde, coincidiendo con la vuelta de Neruda a su país, Ediciones Ercilla publicó, en noviembre de 1937, el libro íntegro, con una segunda edición hecha en enero del año siguiente. En mayo de 1938, se publica en París la edición francesa de España en el corazón, con traducción y prólogo de Louis Aragon, en una edición patrocinada por la Asociación Internacional de Escritores.

Ese era el Neruda que regresó a Chile en octubre de 1937. Pero no regresaba a descansar, no pretendía olvidar el estruendo de los cañones ni el sordo zumbido de los aviones que bombardeaban Madrid. Su adquirido compromiso le obligaba a hacer algo más en la joven y generosa América. A esa tarea dedicó los próximos meses antes de volver a Europa a rescatar caídos. Años más tarde, en el Memorial de Isla Negra, recordaría ese regreso con un Tal vez cambié desde entonces:

A mi patria llgué con otros ojos
que la guerra me puso
debajo de los míos.
Otros ojos quemados
en la hoguera,
salpicados
por el llanto mío y sangre de los otros,
y comencé a mirar y a ver más bajo,
más al fondo inclemente
de las asociaciones...

Sin embargo, ese segundo regreso también lo narra, aunque varios años después, en su prosa, y en ella expresa su íntimo pensamiento: El contacto con España me había madurado. Las horas amargas de mi poesía debían terminar... Me pareció encontrar una veta enterrada, no bajo las rocas subterráneas, sino bajo las hojas de los libros. ¿Puede la poesía servir a nuestros semejantes? ¿Puede acompañar la lucha de los hombres? Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente en las aspiraciones del ser humano. Comencé a trabajar en mi Canto General.

La idea de un poema central que agrupara las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y las luchas de nuestros pueblos, se me presentaba como una tarea urgente. (CHV, Isla Negra)

Empero, tenemos que volver a la cronología y situarnos nuevamente en ese tercer regreso del poeta a su tierra. En la continuación de Himno y regreso, el poema que nos sirve de hilo conductor, encontramos la reconfirmación de su declaración de intenciones, la expresión de un deseo, el primer anuncio del nuevo compromiso con su patria.

Patria mía: quiero mudar de sombra.
Patria mía: quiero cambiar de rosa.
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua
Y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas,
A detener el trigo y mirarlo por dentro.
Voy a escoger la flora delgada del nitrato,
Voy a hilar el estambre glacial de la campana,
Y mirando tu ilustre y solitaria espuma
un ramo litoral tejeré a tu belleza.

Luego del reconocimiento internacional que trajo consigo la epopeya descrita en España en el corazón, Neruda se plantea contar y cantar las glorias y desventuras de su pueblo, de su propio país y el poema Himno y regreso es una clara señal de esa intención. Pero estos versos no dejaban de ser una declaración de buenas intenciones del poeta. A su vuelta, ya tenía conocimiento de su nuevo destino diplomático. El 16 de agosto de 1940, a siete meses de su arribo a Chile, desembarcaba en el puerto de Manzanillo del barco japonés Racuyu Maru, en compañía de su amigo Luis Enrique Délano. Había sido nombrado Cónsul General en México, representando al Gobierno de Pedro Aguirre Cerda y Délano era el nuevo Cónsul en Ciudad de México. Esta misión duró cerca de tres años, y en el transcurso de ella, Neruda tuvo la oportunidad de profundizar su conocimiento de América. Visitó Cuba, Guatemala, Colombia, Panamá entre otros países. En el trayecto de su regreso a Chile, en octubre de 1943, visitó Perú y, más extensamente, las ruinas de Macchu Picchu experiencia fundamental para la gestación de Alturas de Machu Pichu, escrito dos años después, en Isla Negra, entre los meses de agosto y septiembre de 1945, luego de su ingreso como militante del Partido Comunista de Chile.

Es interesante conocer la impresión que le produjo ver esa inmensa ciudad colgada de las altas nubes. Visión y emoción decisiva luego en el desarrollo de su Canto general a Chile y en la re-evolución de su poesía. La describe en sus memorias; Confieso que he vivido, cuaderno 8, La patria en tinieblas:

Pero antes de llegar a Chile hice otro descubrimiento que agregaría un nuevo estrato al desarrollo de mi poesía
Me detuve en el Perú y subí hasta las ruinas de Macchu Picchu. Ascendimos a caballo. Por entonces no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas cumbres de los Andes verdes. Desde la ciudadela carcomida y roída por el paso de los siglos se despeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban desde el río Wilcamayo. Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra; ombligo de un mundo desabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos

Me sentí chileno, peruano, americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de mi canto.

La estadía en México y la visita a aquel impresionante ombligo de piedra cambiaron la inicial concepción de su Canto General de Chile. Las raíces de su patria estaban insertas en Perú, en Colombia, Uruguay, México y en toda América. El hombre, sobre todas las cosas, estuvo en todos los rincones de su continente. Nacía entonces el Canto General, como visión poética de un país, pero también de un continente. Una historia, contada en quince cuadernos, desde antes de la peluca y de las casacas, desde los ríos arteriales y las inmensas cordilleras, desde las pampas planetarias aun sin nombre. Pero, como señalábamos, contada desde el hombre y hacia el hombre. El hombre descubridor y conquistador, el hombre originario de América, el hombre mapuche y sus cuatro siglos de lucha por su tierra, el hombre libertador y constructor, el hombre héroe y traidor, el creador y el anónimo obrero, para terminar con una biografía desde el yo narrador, Yo Soy, Cuaderno XV, que comienza en Temuco (La frontera, 1904) y termina en 1949 (Termino aquí).

Cabe señalar, como curiosidad, que en este señalado capítulo, en el poema X; La Guerra (1936), referido a España, encontramos un verso que nos llamó la atención: dice:

España, envuelta en sueño, despertando
como una cabellera con espigas,
te vi nacer, tal vez entre las breñas
y las tinieblas, labradoras,
levantarte entre las encinas y los montes
y recorrer el aire con las venas abiertas.

Podríamos aventurar que el último verso da nombre a otra obra fundamental para el conocimiento de América, me refiero, evidentemente, a Las Venas Abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano.

Si bien es cierto que el primer poema conocido del Canto general es la Oda al río Mapocho, publicado en la revista Aurora de Chile, N° 1 (agosto, 1938), coincidiendo con la publicación, en la misma revista, de su artículo César Vallejo ha muerto, no parece osado aventurar la intencionalidad intrínsica de Himno y regreso como el poema fundacional de su nuevo canto epopéyico. No es vana su ubicación en el libro, ocupa el primer lugar, después del preámbulo, en el cuaderno VII, denominado precisamente Canto general de Chile. Sin embargo, creemos que el poema, por su temática y contenido, también podría haber sido el último de los que integran el libro España en el corazón, como colofón a la narrativa de guerra.

Tampoco el Canto General está exento de la presencia de la Guerra Civil española. En el cuaderno 12, Los ríos del canto, encontramos un poema dedicado A Rafael Alberti (Puerto de Santa María, España) y otro dedicado A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España. Aunque, evidentemente, no es sólo esa la presencia de España en el libro. Permítanme cometer un desliz algo prosaico en relación a uno de los poema del Canto general, señalado ya por José Miguel Varas en su libro “Neruda clandestino”, en el que me otorga la vil autoría de explicar una imagen poética. Se trata del poema IV, inserto en el cuaderno X; El Fugitivo. En él, el poeta, narrando las visicitudes de su huida de la policía de González Videla, dice:

Una joven pareja abrió una puerta
que antes tampoco conocí.
Era ella
dorada como el mes de junio,
y él era un ingeniero de altos ojos.
Desde entonces con ellos pan y vino compartí,
poco a poco
llegué a su intimidad desconocida....

Ya en la despedida de la casa de la joven pareja, dice Neruda:

Y otra vez, en la noche, adiós, Irene,
adiós Andrés, adiós amigo nuevo,
adiós a los andamios, a la estrella,
adiós tal vez a la casa inconclusa
que frente a mi ventana parecía
poblarse de fantasmas lineales.
Adiós al punto ínfimo del monte
que recogía en mis ojos cada tarde,
adiós a la luz verde neón que abría
con su relámpago cada nueva noche.

Podemos señalar que ese joven ingeniero de altos ojos, que albergó en su casa a Neruda en su etapa clandestina, se llamaba y se llama Victor Pey Casado, ingeniero, combatiente republicano en la Guerra Civil española y pasajero del Winnipeg. También podemos situar el departamento de Pey. Está ubicado en el sexto piso del edificio de la calle Eulogia Sánchez esquina de Avenida Vicuña Mackenna, en la capital de Chile. Los nombres de Andrés e Irene, evidentemente son ficticios, pero los andamios correspondían al edificio en construcción (la casa inconclusa) en la misma avenida, frente al departamento de Víctor Pey. El punto ínfimo del monte que recogían sus ojos cada tarde era ni más ni menos que la cumbre del cerro San Cristóbal, visto desde la terraza del departamento y la luz verde neón que abría con su relámpago cada noche, no era otra luz que la que desprendían los anuncios luminosos de la Plaza Italia.

Comparto con Neruda y con todos los poetas el que la poesía no necesita explicación. Pero también entiendo la creación literaria como algo más que un ejercicio de estilo que deba ser estudiada sólo desde el punto de vista académico. Comparto la necesidad de muchos lectores, de entender el contexto en la poesía, la situación en la que fue escrita, para poder apreciar la grandeza literaria del autor. Y en esta prosaica explicación encontramos un ejemplo de la genialidad poética de Neruda, un ejemplo de cómo, con elementos tan simples, puede convertir la realidad en bellas imágenes y en mítica aventura.

La culminación de Canto General, de difícil y dolorosa concreción, completó en Neruda la metamorfosis iniciada en España. El poeta había adquirido renovadas fuerzas para congregar a nuevos hombres a su compromiso. Se convertía, enarbolando la bandera de su trabajo, en la voz de millones de seres humanos que veían en sus versos el reflejo de sus anhelos. Una vez consolidada su metamorfosis, el poeta comienza a ser parte de la historia de España, de Chile y de América. España en el corazón, primero, y el Canto General, su epopeya americana, después, convirtieron al poeta en la verdadera conciencia de América Latina, al tomar la justicia social como idea motriz de su obra poética.

miércoles, 19 de marzo de 2008

POR OBRA Y GRACIA DEL WINNIPEG

Julio Gálvez Barraza

La vida se fue haciendo con nacimientos
y muertes. Pero aprendimos a pertenecer.
Fue un "descubrimiento" de América al
revés y sin vencedores. ?Pura generosidad!
Roser Bru i Llop


Jamás hubo un derroche de talentos de tal naturaleza como la experimentada en España durante y al término de la guerra civil. Los españoles libres y pensantes de esa época, tuvieron sólo dos alternativas: La de enmudecer allí para siempre o adherirse al nuevo régimen o emprender el camino del éxodo e intentar desarrollarse en otra tierra. Chile, entre otros pocos países, fue, para una parte de esos librepensantes, la tierra prometida y el país tuvo la inmensa fortuna de recibir a parte de ese admirable éxodo.
Aún cuando el Chile de 1939 estaba gobernada por el Frente Popular encabezado por el Presidente Pedro Aguirre Cerda, la ceguera y la insolidaridad de algunos políticos, que se opusieron a la entrada de intelectuales o profesionales, fue uno de los principales obstáculos que impidió una inmigración mas numerosa y un mayor aporte de experiencias y conocimientos de esos refugiados. Pero estas limitaciones no fueron suficientes. Lo cierto es que el pasaje del Winnipeg no se nutrió de intelectuales. La inmensa mayoría la constituían campesinos, obreros calificados, pescadores que mucho contribuyeron al "despegue" chileno de la época. Pero no es menos cierto que gracias a la porfía de Neruda, que embarcó a varios trabajadores del intelecto y gracias al posterior desarrollo en Chile de los hijos de esos viajeros, apenas unos niños en el año 1939, se transmigró también un poco del conocimiento, de la cultura y de la inteligencia que perdió España tras la catástrofe y el posterior éxodo.
Si tenemos que hablar del aporte, de todo orden, de los refugiados españoles al desarrollo del país que los acogía, no podemos circunscribirnos solamente a los pasajero del Winnipeg, nombre mítico que, por otra parte y con todo merecimiento, se ha convertido en un símbolo de la inmigración española a Chile. La diáspora española comenzó antes del 3 de septiembre de 1939, fecha de la llegada del barco al puerto de Valparaíso, y continuó hasta finalizar la década del 40. Bien es cierto que, nunca antes, -ni después- del arribo del Winnipeg, fue en un conjunto organizado tan numeroso.
Un grupo importante de inmigrados españoles -algunos testimonios cifran la cantidad en unas cincuenta personas-, llegó, a fines de diciembre de 1939, a Buenos Aires a bordo de otro barco mítico; el "Formosa". La gran mayoría de ellos siguieron viaje a Chile. Entre ellos venían Antonio Rodríguez Romera y su esposa Adela Laliga; Vicente Mengod; el profesor Alejandro Tarragó y su hermano, el escultor Claudio Tarragó, quien en Barcelona tenía un taller de escultura decorativa y había ornamentado algunos edificios para la Exposición Universal del año 1929; Eleazar Huerta y el arquitecto Germán Rodríguez Arias. También formaron parte de ese viaje los hermanos del poeta Antonio Machado; José y Joaquín Machado, con sus respectivas familias. Otro grupo, menos numeroso que los anteriores, llegó a Chile en noviembre de 1940. Entre ellos venía el poeta Antonio Aparicio, considerado junto a Miguel Hernández uno de los más prometedores poetas jóvenes de España; el arquitecto Fernando Echeverría Barrio; el escritor Pablo de la Fuente; el doctor José García Rosado; Santiago Ontañón, escenógrafo, quién había colaborado en las puestas en escena de las obras de García Lorca y el, para muchos, inolvidable discrepante Arturo Soria Espinoza. Todos ellos formaban parte de los 17 asilados en la Embajada de Chile en Madrid, a los que, durante 19 meses, les fue negada la salida de España por el régimen franquista.
Por esos años se produjo una llegada masiva de refugiados a Chile y aunque no todos vinieron en el Winnipeg, no se puede decir que su historia, su integración y la de sus hijos sea distinta entre si. La mayoría de ellos esperaba un corto exilio, una situación transitoria, pero el régimen de Franco se alargó demasiado y en poco tiempo, con similares costumbres y un idioma común, crecieron raíces. Los españoles comenzaron a labrarse una situación y a entregar al país de adopción el aporte de sus conocimientos en cada una de sus especialidades, movidos por el deseo de integrarse en este nuevo mundo, tanto como por el propósito de servirle y el de retribuir ese cálido recibimiento.
La pesca y la industria
El impacto en la sociedad chilena de tan masivo arribo fue muy amplio. El exilio español motivó una conmoción técnica y cultural en la más extensa acepción del término. Hasta nuestros días ha existido una tendencia generalizada a asociarlo solamente a un plano académico y artístico, planos que, lógicamente, tienen siempre una mayor difusión y del que existe mayor información escrita que el de los técnicos e industriales. Muchos quizás no conocen el importante desarrollo, cualitativo y cuantitativo, que experimentaron industrias como la de la pesca artesanal. La llegada de varias familias de pescadores, originarias de Galicia, el país vasco y de Tarragona, que se instalaron en Talcahuano, San Antonio, Valparaíso e Iquique, impulsó nuevas técnicas de pesca. Los inmigrados organizaron o reorganizaron la pesca del atún, la pesca del camarón e, incluso, varios de ellos derivaron en la industria conservera, con lo que abrieron otros caminos que dieron grandes beneficios y contribuyeron a mejorar la economía del país.
La industria del mueble fue otro de los oficios que se enriqueció con la llegada de los republicanos españoles. Hasta nuestros días en Chile perduran industrias como "Muebles Sur", creada en 1942 por Cristián Aguadé, Claudio Tarragó y Germán Rodríguez Arias. Los primeros muebles fueron confeccionados de forma casi artesanal en el patio de la casa de Claudio Tarragó. Antes de tres años la empresa ya estaba consolidada y en 1947 ya habrían la primera sucursal en el puerto de Valparaíso. El arquitecto Rodríguez Arias fue un verdadero visionario, hizo los primeros diseños para la nueva empresa y creó toda una línea de muebles en madera de pino, madera barata, abundante y de poco uso en el Chile de esos tiempos. Luego diseñó "La Chascona", la mítica casa de Pablo Neruda a los pies del cerro San Cristóbal en Santiago.
Oficios como la talla en madera, la marquetería y otras especialidades que convierten a la madera no sólo en funcionales muebles sino en verdaderas obras de arte, también crearon escuela debido al aporte de los artesanos españoles. Igualmente en la ingeniería observamos la contribución de los pasajeros del Winnipeg en las obras públicas de este país. Un ejemplo de ello es el proyecto y la construcción del puerto de la ciudad de Arica. Entre los diversos testimonios de pasajeros del barco, hay varios de ellos que describen la nortina ciudad, -primera escala en Chile-, como un peladero en el que no había ni muelle.
Los Hermanos Víctor y Raúl Pey Casado, ambos ingenieros, con revalidación del título en Chile, a los diez años de arribar al país se desplazaron a la limítrofe ciudad nortina y se hicieron cargo de la tarea de diseñar y construir el nuevo puerto. A partir de esa fecha, como contratistas, los hermanos intervinieron en el diseño y la construcción de varios puertos y espigones de atraque en las costas chilenas. Entre ellos destacar los puertos y muelles de Punta de Lobos, Mejillones, Huasco, Punta Arenas, Puerto Williams, Talcahuano, Castro. Además, en la Gran Avenida de Santiago, construyeron la Ciudad del Niño Presidente Ríos, edificio que por muchos años albergó a niños huérfanos y otros de escasos recursos y que, gracias a la "economía de mercado", dejó de prestar su noble servicio y fue demolido para construir nuevos bloques de viviendas.
Como sucedió a la inmensa mayoría de los exiliados, los comienzos laborales de los hermanos no fueron fáciles. Víctor Pey nos cuenta que su primer trabajo fue de topógrafo: Había un ingeniero, ese que nos fue a recibir, me dio un trabajo para poder hacer un levantamiento topográfico, -yo nunca había trabajado como topógrafo a pesar de que es una rama de la ingeniería-, para un acueducto que venía desde Laguna Negra hacia Santiago que aún se usa. Mi hermano consiguió un trabajo como calculista, me parece que fue para el Hogar Español, era por cuenta de otro ingeniero.
Ya que hablamos de Víctor Pey, reseñemos también un pasaje simbólico de su intensa vida en Chile. Me refiero a cómo un pasajero del Winnipeg devolvió la mano a Neruda organizando el famoso cruce de la cordillera del poeta. Después de dictada la llamada Ley Maldita que ponía al Partido Comunista fuera de la ley, cuando Neruda tenía toda la policía del presidente González Videla tras suyo, Víctor Pey fue uno de los que albergó al poeta y su mujer, Delia del Carril, en su departamento de la santiaguina calle Vicuña Mackenna esquina con Eulogia Sánchez y luego colaboró activa y generosamente en su escapada. Gracias a sus diverso trabajos de ingeniería a lo largo de todo Chile, Pey pudo elegir certeramente el lugar adecuado para cruzar a Neruda al lado argentino. Estuvo coordinando la operación desde su inicio -septiembre de 1948-, hasta febrero de 1949, fecha en que el poeta estuvo a salvo. Pero no acabó ahí la generosidad de la familia Pey. Delia del Carril, quien no cruzó la cordillera con Neruda, fue albergada, hasta su viaje a Europa, por Manuela Casado, madre de Víctor Pey.
El Café Miraflores
El aporte de los exiliados alcanzó también a la gastronomía. No sólo la modificaron sino que, además, indujeron nuevas costumbres culinarias, algunas desconocidas y otras poco arraigadas en los usos de la sociedad chilena. Quizás el ejemplo más típico, además de los "callos" y el "cocido", sea el de los famosos "churros", fritura que hasta nuestros días se consume en el país. Pero más allá de la incorporación de nuevos platos o de un cierto profesionalismo de hostelería, crearon nuevos ámbitos ciudadanos, absolutamente desconocidos en Chile. Unos cuantos emigrantes vascos crearon el restaurant Capri, que más adelante se convirtió en Boite. En ese restaurant, los maitres tradicionales fueron reemplazados por la atención de esposas y familiares de los dueños, costumbre, hasta entonces no practicada por los empresarios chilenos.
Dos de los más importantes restaurantes capitalinos también deben su auge a la sabía colaboración de Salvador Morera, quién llegó al país: ...sólo con lo "puesto" (según figuraba en el pasaporte) empecé a organizar mi vida en Chile. No tenía más estudios que los básicos y algún conocimiento de gastronomía, pero poseía un gran espíritu de superación y la solidaridad del pueblo chileno.
[1] A los pocos días de su llegada a bordo del Winnipeg consiguió trabajo en el restaurant Baquedano y a los pocos años en el Waldorf y luego el Chez Henry, en los que comenzó de ayudante de garzón. Morera llegó a ser socio del famoso restaurant.
El Café Miraflores, seguramente el más emblemático y mítico punto de encuentro y de "tapeo" de los españoles, fue creado por varios de ellos; el escritor Pablo de la Fuente y su mujer, la chilena Mina Yañez. Estaba entre los fundadores, el vasco Joaquín Berasaluse, que era el experto en la cocina española. La pintora Roser Bru, en un entrañable recuerdo, nos señala que: El café Miraflores era una casa de fachada casi anónima, de un solo piso, arquitectura de pared seguida. El café constaba de dos piezas y unas aberturas para la cocina y dependencias. Las pequeñas mesas cuadradas se alineaban cerca del banco continuo que bordeaba la pared. Tenía un forro de algodón café. Las sillas eran un homenaje al asiento popular de Ibiza, con gruesa madera y totora trenzada. Las dos habitaciones estaban seguidas por una estantería de listones continuos, como de vagón de tren, para dejar allí las cosas. Colgaban también, metidos en unos palos redondos, los diarios de la ciudad. En la pasada hacia la cocina estaba endosado un mueble aparador, con varios objetos. Y allí era donde se apoyaban los dueños del café, haciendo pedidos y cuentas.
[2] El Café Miraflores adornaba sus paredes con magnificas caricaturas del escenógrafo Santiago Ontañón y de Antonio R. Romera. Una de ellas representaba al arquitecto Germán Rodríguez Arias, diseñador del Café, otra, como recuerda Roser Bru, representaba la figura de Mina Yañez tensa y angulada, esperando que se fueran los clientes nocturnos. Estaba también la del Godofredo Yomi, que aparecía con una escotilla en la cabeza por la que salía el Dante. Algunas de estas caricaturas fueron exhibidas en el Centro Cultural de España de antiago, en una entrañable recreación del Café, con motivo de celebrarse los 60 años de la llegada del Winnipeg a Chile.
En la capital chilena, donde hasta ese tiempo los puntos de encuentro de escritores y poetas noctámbulos eran los bares y restaurantes del llamado barrio chino, y en el que abundaban las Fuentes de Soda, en las que, como dice José Ricardo Morales, no había fuentes ni había soda, el café Miraflores se convirtió en un lugar de tertulias al estilo de los locales de las grandes ciudades españolas. Entre los artistas chilenos fueron asiduos visitantes los pintores Luis Vargas Rozas, Camilo y Maruja Mori, el poeta Vicente Huidobro, Lily Garafulic, Inés Puyó, el músico Acario Cotapos, el cineasta Patricio Kaulen. Los concurrentes españoles, por razones obvias eran innumerables. Ahí se veían asiduamente Elena Gómez de la Sera y Arturo Lorenzo, el pintor Jaime del Valle Inclán, hijo de don Ramón, el insigne escritor, el musicólogo Vicente Salas Viu, el filósofo Arturo Ferrater Mora, Arturo Soria, Santiago Ontañón y muchos más. Entre los españoles que visitaban ocasionalmente el país también se encontraban participantes en las tertulias del Café. Un día fue León Felipe, otro Dámaso Alonso, Corpus Bargas, Américo Castro y otros connotados intelectuales. En una crónica en que el escritor Jorge Edwards recuerda a Rafael Alberti, señala que Margarita Aguirre le contó la emoción que sintió cuando, siendo niña, entró al viejo Café Miraflores de Santiago y vio en una mesa vecina a Alberti con Neruda comiendo huesillos.
[3]
El Toesca de los libros
El diseño gráfico y las empresas editoriales se enriquecieron enormemente gracias al aporte de personas como el polaco españolizado Mauricio Amster (Polonia, 1907 - Santiago, 1980), por cuyas creadoras diagramaciones llegó a ser llamado el "Toesca de los libros", también reconocido por muchos como "el renovador de la Tipografía chilena", sus trabajos se vieron reflejados, además de los libros, en revistas y diarios. Poco conocido es la anécdota del encuentro de Amster con su primer trabajo en Chile. Al llegar a la Estación Mapocho de Santiago, los pasajeros pudieron ver, entre los miles de carteles de bienvenida, uno que decía: "Mauricio Amster; Presentarse a la Revista Qué Hubo". Comenzó a trabajar al día siguiente junto al director, Luis Enrique Délano y a Volodia Teitelboim, periodista de la revista. Al poco tiempo, José María Souvirón lo nombró director artístico de la Editorial Zig Zag.
Amster fue asesor permanente de la Editorial Universitaria y cumplió una destacada labor docente, como profesor de Técnica Gráfica, en la Cátedra correspondiente del Departamento de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad de Chile. Es autor de diversos textos relacionados con la impresión, entre ellos "Técnica Gráfica",
[4] y "Normas de Composición; Guía para Autores, Editores, Correctores y Tipógrafos"[5]. Ambos textos no sólo son básicos en las clases a futuros periodistas, sino que también sirven de valioso apoyo a los profesionales en ejercicio.
Muchas son las joyas bibliográficas que le debemos al celo y cuidado de Mauricio Amster. Entre ellas existen dos que salen largamente de lo común de nuestro país y que son imposibles de no mencionar. Se trata de la edición de los Proverbios Morales del Rabí Sem Tob, aparecida en 1947 en la colección del Olivar de Babel, hecha por Amster y el escritor Enrique Espinoza y de Diez Romaces de Amor
[6], escogidos y caligrafiados por Mauricio Amster, ilustrados con xilografías de Jost Amman, artista suizo del siglo XVI y seguidos de una nota bibliográfica, sucinta y muy útil, de Julián Calvo. Con esta selección, Amster nos demuestra que no sólo era un enamorado de las letras, sino también de su contenido. Al respecto es significativa la reseña que hace el poeta Floridor Pérez: Que "proyectó o diagramó la edición Mauricio Amster", es algo que se lee en muchísimos libros chilenos, por lo que su nombre es bien conocido del lector nacional. Ese trabajo de dar un cuerpo material a la obra, lo habrá convencido de que algunos textos son inseparables de su tipografía original, tal como algunas personas nos parecen inseparables de su voz, por ejemplo. Así, Amster habrá llegado a estas ediciones caligrafiadas, verdaderas creaciones artísticas, que conservan un grato sabor de época.[7]
Quizá es poco conocido el primer trabajo gráfico "chileno" de Amster. Lo compuso antes de subir al "Winnipeg" y se trata del folleto -"Chile os acoge"- entregado por Neruda a los más de dos mil pasajeros, entre ellos el propio Amster y su esposa Adina. Es imposible pensar que Mauricio Amster imaginara en esos días que, quince años más tarde, diseñaría otro libro con el nombre de Chile en su título; "Resumen de la Historia de Chile", libro escrito por Leopoldo Castedo, otro pasajero del Winnipeg.
Cruz del Sur
Aún hoy, en las actuales librerías chilenas vemos ejemplares editados por Joaquín Almendros, creador de la editorial "Orbe", entre otros sello. En una de sus colecciones, "Vidas Ilustres", Orbe editó una de las muchas biografías de Pablo Neruda. Se trata de la "Biografía Emotiva" de Efraín Szmulewicz. En él encontramos un curioso ejemplo de la integración peninsular en Chile. El libro, editado por Joaquín Almendros, contiene un prólogo de Vicente Mengod, autor también de una "Historia de la Literatura Chilena, y un artículo de opinión de Antonio Rodríguez Romera. Tres refugiados colaborando en un libro sobre Pablo Neruda.
Seguramente una de las mayores empresas literarias intentadas en Chile por los transterrados españoles fue "Cruz del Sur", la editorial creada y dirigida por Arturo Soria en el año 1942. También aquí encontramos un valiosos ejemplo de integración y aporte cultural. El soporte económico de esta empresa fue hecho con los primeros ahorros de los mismos exiliados; Jesús del Prado, entre ellos. Cruz del Sur constituyó un modelo de política literaria que no se había efectuado en ninguna parte. La finalidad de la editorial era precisamente establecer vínculos entre los autores españoles desterrados y los chilenos, contribuyendo al conocimiento mutuo. Entre los directores de las catorce colecciones que creó "Cruz del Sur", se reúnen los nombres de dos destacados republicanos; José Ricardo Morales y José Ferrater Mora, junto a otros destacados escritores chilenos, entre ellos Manuel Rojas, Mariano Latorre, Juvencio Valle, González Vera, Ricardo Latcham y González Vera. El primer libro que editó Cruz del Sur fue Alhué, de González Vera, en una Colección de Autores Chilenos, cuyo director fue Manuel Rojas.
El refinamiento de Cruz del Sur en la presentación de los libros se le debe por entero a Mauricio Amster. El "Toesca de los libros" era de un rigor ejemplar. Las maquetas que hacía de las publicaciones eran sencillas y asombrosas. No faltaba ni una coma. Tenía todo perfectamente compuesto, perfectamente equilibrado, perfectamente dosificado; los colores, los volúmenes, el tipo de cuerpo que se empleaba en cada línea etc. Era ciertamente un maestro y como tal es reconocido y recordado por quienes lo conocieron. No es de extrañar, entonces, que en los libros editados se entremezclaran lo más destacado de las letras chilenas con los clásicos y contemporáneos españoles. La editorial "Cruz del Sur" y sus librerías, con sus libros de bajo precio, también hay que decirlo, sin ninguna duda significó un importante hito y contribuyó claramente al hermanamiento y difusión de los valores literarios chilenos y españoles. Así por lo menos lo confirma el escritor José Miguel Varas: ...a Arturo Soria le debemos algo más, a lo menos los de mi generación: el reencuentro con la grande y auténtica literatura española, que el liceo nos había hecho aborrecer o despreciar. En la serie de "La fuente escondida" que dirigió José Ricardo Morales, conocimos a Quevedo, y a ignorados poetas del Siglo de Oro, como Francisco de la Torre, Francisco de Figueroa, Pedro Espinoza y el Conde de Villamediana. En fin, aprendimos a leer y gustar a Fray Luis y a San Juan de la Cruz, a Lorca, Aleixandre, Jorge Guillén y otros contemporáneos.
[8]
Pero no es sólo la edición de libros lo que la sociedad chilena, por lo menos la de aquel tiempo, debe a Arturo Soria, "discrepante y antimultitudinario" como gustaba autodefinirse. Con la inestimable colaboración de su cuñado, Fernando Puig, otro refugiado llegado a Chile en enero de 1947, recreó un tema que ya había experimentado en España; el Archivo de la Palabra, que editó con la voz de Neruda el primer disco con los versos de Alturas de Machu Pichu. (Grabado en tres discos, el 2 de marzo de 1947). Otros registros del Archivo de la Palabra realizados por Soria y Fernando Puig en Chile, recogen las voces de los poetas Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Dámaso Alonso y León Felipe.
Arturo Soria era un hombre de una imaginación desbordante, de una inteligencia que a veces ocultaba, porque también coqueteaba con esa inteligencia, la camuflaba porque no le parecía bien demostrar la superioridad que realmente tenía y jugaba con esa superioridad y jugaba con todos. Para los intelectuales chilenos de la década de los cuarenta y cincuenta se convirtió en un mito. Su erudita conversación y sus ocurrencias, repetidas y comentadas, llenaron una época. Los jóvenes sólo tenían que saludarlo para incitar su rica conversación, que, más que conversación, se convertía en monologo; "?Como está, don Arturo?" y Soria, muy serio, replicaba: "?Yo? ?Discrepo!". Y luego de esa agresiva respuesta comenzaba a desarrollar, con lujo de detalles y anécdotas, sus temas favoritos; el destino de su querida España, Unamuno, Neruda, la cultura en general. Quizá algunos no sepan que, además de su hermano menor, Carmelo Soria, muerto por la Dina en plena dictadura de Pinochet, también en la guerra civil española, en la Batalla de Teruel, cayó su otro hermano, el mayor, combatiendo contra el ejército rebelde del general Franco en un regimiento de dinamiteros. Arturo Soria volvió a España en 1959, después de cumplir, como él dijera, veinte años y un día en Chile.
El Teatro Experimental
En el verano de 1941 se fundó en Santiago el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, movimiento artístico que sirvió de ejemplo a muchas iniciativas similares en Chile y en América Latina. Los fundadores, estudiantes de Filosofía, Pedagogía, Leyes y Bellas Artes, mataban la sed y el hambre en el café "Iris", donde, tertulia tras tertulia acabaron por echar las bases del nuevo Teatro, que con el correr del tiempo se convertiría en el "Instituto del Teatro de la Universidad de Chile". Entre los fundadores encontramos nombres como el de Roberto Parada, María Maluenda, Chela Alvarez, Bélgica Castro, Pedro Orthous, Rubén Sotoconil. Pedro de la Barra fue su primer director, elegido de una terna en la que además figuraban Héctor del Campo y José Ricardo Morales. También entre los fundadores del Experimental, además del dramaturgo y luego profesor José Ricardo Morales, -pasajero del Winnipeg- figuraban otros exiliados; Como asesor literario estaba el profesor de castellano y brillante conocedor de la literatura española del Siglo de Oro, Abelardo Clariana y Santiago del Campo, como maestro de ceremonias. Nos resulta entrañable señalar que los primeros ensayos de los jóvenes del Teatro Experimental se realizaron en el local de la "Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura", que había fundado Pablo Neruda en 1937, y que jugó un significativo papel en la organización del viaje del Winnipeg.
El estreno de la compañía fue por la mañana del 22 de junio de 1941 en el teatro "Imperio". El primer programa incluía "La guarda cuidadosa" de Miguel de Cervantes, dirigida por Pedro de la Barra y "Ligazón", de Ramón del Valle-Inclán, dirigido por José Ricardo Morales. Señalar que en la obra dirigida por Morales actuaban entre otros María Maluenda y Pedro de la Barra.
El Teatro Experimental buscó las raíces en la tradición española de los teatros universitarios. Esa tradición la funda en España Federico García Lorca con su mítica compañía de teatro "La Barraca". Rescata y reactualiza el teatro clásico español, lo revitaliza, lo hace vivir ante públicos muy diversos. Y esa experiencia la recogen también los actores y los directores del teatro "El Buho" de la Universidad de Valencia, en la que participaba Max Aub y un joven José Ricardo Morales.
El Teatro Experimental marcó un etapa distinta en el teatro chileno. No es aventurado sugerir que, en el desarrollo del teatro nacional, hay un antes y después del Teatro experimental. Como consecuencia de esta iniciativa se crearon posteriormente otros grupos, entre ellos el Teatro Universitario de Concepción y el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica. En este último también participó y destacó una joven pasajera del Winnipeg; la actriz Monserrat Julio.
Por esos tiempos, además, la destacada actriz catalana, Margarita Xirgú, estrenó en Santiago las primeras obras de Federico García Lorca y, asimismo, obras de José Ricardo Morales. La integración y el aporte en Chile, al muy poco tiempo de la llegada de los republicanos, comenzaba a materializarse.
El aporte del profesor José Ricardo Morales en Chile no se limita a la fundación del Teatro Experimental. Habría que destacar también sus innovadores estudios de Paleografía y la publicación del primer volumen dedicado a esta especialidad en el país. A él se debe la formación de institutos y cátedras de Teoría de Arquitectura, en las Universidades de Chile y Católica, de cuyo trabajo resultó su primer libro "Arquitectónica". Bajo la iniciativa de Sergio Larraín, el profesor Morales, además, participó en la fundación de la Escuela de Artes de la Universidad Católica. José Ricardo Morales en un artículo publicado en la Revista Universitaria, con motivo del 50 aniversario de la llegada del Winnipeg, nos dice que su obra, su aporte, no hubiese sido posible: ...si no fuera por la generosidad extrema de Chile, país que rescatándonos de la nada, dio aliento a nuestra vida y vida a nuestra obra, brindándonos, en la medida de sus posibilidades, los medios para poder ser el que somos.
[9] Además de una gran capacidad creativa, el profesor nos enseña su humildad. Quiero desvelar aquí, y espero no ser indiscreto con el profesor Morales, una conversación acerca del aporte de los inmigrados españoles a Chile. En ésta, que tuvo lugar en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile y en presencia de otro profesor, Fernán Mesa, José Ricardo Morales nos refirió otro importante aporte. En los años 40, su padre, José Morales Chofré, químico de profesión y pasajero del Winnipeg, fue el creador del primer "suero fisiológico".
De esos meses de verano, en el año 41, a la vez que se fundaba el Experimental, rescatamos otros hechos en los que participaban los nuevos chilenos. En la II Feria Nacional del Libro, organizado por la Sociedad de Escritores de Chile con la colaboración de la Alianza de Intelectuales, que funcionaba en plena Alameda, la Alianza cooperó con el aporte de 20 retratos en colores de los más representativos valores de la historia intelectual del país. Estos retratos fueron realizados por los pintores Edmundo Campos y el "nuevo chileno" Arturo Lorenzo. Por cierto, a Lorenzo, durante muchos años, se le otorgó en exclusividad la autoría del inmenso retrato del entonces presidente, Pedro Aguirre Cerda, que colgaba de la cubierta del barco a su arribo al puerto. El mismo se encargó de desmentir tal hecho. El retrato fue un trabajo en equipo realizado en señal de gratitud antes de llegar a Chile. También en esos primeros meses de 1940, con la partida de Neruda y Luis Enrique Délano a México, se renovó la mesa directiva de la Alianza de Intelectuales. En este nuevo directorio, presidido por el poeta y Diputado Julio Barrenechea e integrada, entre otros, por los escritores Rubén Azócar, Ángel Cruchaga Santa María y Nicomedes Guzmán, nos encontramos a Elena Gómez de la Serna, esposa de Arturo Lorenzo y sobrina de Ramón Gómez de la Serna, también pasajera del Winnipeg. En España, durante la guerra, Elena Gómez de la Serna había participado activamente en el equipo de salvamento del tesoro artístico español. En Valparaíso, a partir de los años 50, se dedicó a la publicidad y el periodismo radiofónico. Fue Directora de la revista EVA de la editorial Zig- Zag. Durante el régimen militar chileno tuvo lugar su segundo exilio. Esta vez su refugio fue España.
Criticos y periodistas
El periodismo y la radiotelefonía, además de Elena Gómez, cuenta con otros nombres de refugiados españoles. Antonio Jaén Buendía fue un destacado personaje de las radios chilenas. Darío Carmona, el eventual secretario de Neruda en las labores de preparación del viaje y de selección del personal en Burdeos, se destacó, además de la radio, en el periodismo escrito. Trabajó por muchos años en la revista "Ercilla" y posteriormente se convirtió en uno de los mejores periodistas deportivos del país. Y si de periodismo hablamos, destacar a uno de los grandes periodistas "chilenos", me refiero a Isidro Corbinos, quien llegó a Chile a bordo del Winnipeg junto a su esposa y a su hija María. Corbinos, quien se había desempeñado como periodista en el diario La Vanguardia de Barcelona, coloboró muchos años en la revista "Ercilla", trabajó en el diario "La Última Hora" y, al igual que Carmona, destacó en el periodismo deportivo. Fue profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, y cuando en el país se instituyó un estímulo para distinguir al mejor de esa especialidad, no se dudó en darle su nombre, y así nació el "Premio Nacional de Periodismo deportivo Isidro Corbinos".
La historia del arte en Chile se vio enriquecida con el aporte de otro refugiado español. Nadie puede dudar de la solvencia del crítico Antonio Rodríguez Romera, quién en la firma de sus artículos reemplazaba el Rodríguez simplemente por una "R.", o se ocultaba bajo los seudónimos de Critilo y Federico Disraeli entre otros nombres. Romera, caricaturista, crítico de teatro, de cine y sobre todo de arte, es autor de quince ensayos, todos ellos relativos al arte chileno. Su libro "Historia de la pintura chilena", para muchos, marcó un antes y un después en la pintura nacional y, editado en 1968, ya va por la cuarta edición. Su destacada labor en el campo de las artes le hizo merecer, en 1951, el Premio "Atenea". En 1950 obtuvo el Premio Municipal por su ensayo sobre el pintor Camilo Mori y un galardón de estímulo del Circulo de Periodistas. También recibió el Premio "Camilo Enríquez" de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue condecorado "Cavalliere della Estella Solidanieta Italiana" y era Director del Buró de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, con sede en París. En su faceta de caricaturista, Romera fue miembro de las Societée des Humoristes Francaises y colaborador de numerosas publicaciones internacionales.
Como Crítico de Teatro jugó un papel fundamental en la consolidación del nuevo Teatro Experimental. Romera poseía un extenso conocimiento del teatro europeo que rebasaba los existentes en el medio local, el mismo que pretendían poner en practica los nuevos experimentalistas, que dentro de toda su revolución escénica, habían olvidado a los críticos; no podían pretender también formar una escuela de críticos teatrales. De ahí la importancia de Romera en los esfuerzos universitarios. Y así se descifró a autores como Ionesco y otros que ofrecían temas demasiado escondidos para llegar fácilmente al publico. Ese público fue ganado por las criticas de Romera para las obras que presentaba el Teatro Experimental; sin su apoyo habría sido un lento proceso que tal vez habría debilitado el caminar de los artistas universitarios.
[10]
Antonio Romera, quien falleció en Santiago en junio de 1975, fue durante muchos años presidente del Círculo de Críticos de Arte de Chile. Con motivo de su muerte, en un artículo de adiós al maestro, la crítica chilena Yolanda Montecinos recuerda: Fue un erudito en el mejor sentido del término, un enamorado de las artes plásticas en dimensiones raras veces vistas y además, un crítico cuya trayectoria constituye un ejemplo para generaciones futuras.[11]
Los Pintores
La plástica chilena de nuestros días, se ve encabezada por dos grandes pintores; Roser Bru y José Balmes, ambos pasajeros del Winnipeg y ambos, después, alumnos de tres grandes de la pintura chilena; Burchard, Camilo Mori y Perotti. Llegaron a Chile siendo casi unos niños. Roser Bru comenzó a estudiar acuarela y croquis como alumna libre en la Escuela de Bellas Artes. Fue una de las más destacadas integrantes del Taller 99, dirigido por Nemesio Antúnez y, desde hace mucho tiempo, su obra goza de un prestigio reconocido en los más importantes centros del arte contemporáneo. Pero Roser Bru, en un emotivo y sincero testimonio nos recuerda que la integración en el país de acogida fue muy difícil en sus comienzos, sobre todo para los refugiados de mayor edad, como era el caso de su padre, Luis Bru, ex diputado en el Parlamento Catalán. Mi hermana trabajaba en el Automóvil Club, mientras mi madre, junto con la de Balmes y otras amigas, se dedicaron a coser. Para mi padre fue más difícil. Trabajó en un cargo de confianza de los Establecimientos Oriente. Fue allí que empezó su tuberculosis. No pudo ser feliz. Él fue el gran trasplantado, el más refugiado, el más exiliado. Perdió las razones de vida que le motivaron siempre. Murió el mismo año que descubrieron la estreptomicina, pero ya demasiado tarde para él.
[12]
José Balmes, el mismo mes de su llegada a Chile, con doce años, también ingresó en la Escuela Bellas Artes como alumno libre. El más chileno de los exiliados, según una propia definición, permaneció en ella hasta septiembre de 1973, cuando terminó como Decano. Sobre su acelerada "chilenización" el pintor, nacido en 1927, en Montesquiu, Cataluña, nos cuenta que estudió en el Liceo Barros Borgoño: Allí me chilenicé definitivamente, porque si no te chilenizabas en el Barros Borgoño, que era llamado la Universidad del Matadero, o los mal hablados le llamaban los matarifes, si no te chilenizas allí quiere decir que eres realmente estúpido.[13]
Durante la dictadura de Pinochet vivió un segundo exilio, esta vez compartido con su esposa, Gracia Barrios, e hija, Concepción Balmes, ambas destacadas exponentes de la plástica nacional. En Europa, Balmes trabajó y enseñó en academias y universidades, (profesor de Pintura Mural en la Universidad de París, entre otras), realizó exposiciones y pintó murales que reforzaron la lucha del exilio chileno por contribuir a la recuperación de la democracia. Fue uno de los organizadores y dirigente del "Chile Crea", la majestuosa manifestación solidaria del mundo con nuestro país. El pintor permaneció ocho años en Francia y gracias a una gestión de la UNESCO, en 1982, le permitieron volver a Chile. A su vuelta, después de ocho años de exilio, declaró: Fue entonces que comprendí que nunca había salido de Chile. A uno le pueden vendar la vista, y hacerlo caminar con los brazos en cruz aspirando profundamente. Y uno que es de allí sabrá perfectamente donde está. El sonido y el olor del océano Pacífico no se pueden confundir. El mar de Isla Negra es único.[14] A su regreso, aún bajo dictadura, el pintor comenzó a enseñar su oficio en la Universidad Católica de Santiago. José Balmes, presidente por varios años del gremio de los artístas plásticos, la APECH, recibió el máximo galardón que se puede otorgar a un artista chileno; El Premio Nacional de Artes 1999. La tarde del 25 de agosto del mismo año, en el Ministerio de Educación, durante la ceremonia en que recibió el premio de manos del Ministro, Balmes habló de las circunstancias históricas en la vida del ser humano. En esa ocasión señaló: Si en las elecciones de 1938[15] hubiera triunfado Gustavo Ross, yo no estaría aquí. El Winnipeg fue el producto, la creación de un poeta, Pablo Neruda, y de la decisión de la sociedad chilena. El momento era el más propicio para esta gesta nerudiana y del Frente Popular que presidía don Pedro Aguirre Cerda a la cabeza de un conglomerado de seres humanos magnificos.
José Balmes es querido y admirado por los chilenos, sobre todo por los chilenos que lo han visto luchar por un nuevo orden, por una mayor justicia social, por los que lo han visto prodigar su experiencia y su inspiración creadora. Este inquebrantable compromiso le ha traido más de algún inconveniente. Durante la detención en Londres de Augusto Pinochet por orden del juez español Baltazar Garzón, Balmes se convirtió para la extrema derecha en el paradigma de sus desgracias. El pintor no sólo era un declarado militante de izquierda, sino que también recordaron su origen español. Los fascistas criollos, con la cobardía que conlleva el anonimato, lo amenazaron de muerte.
Su chilenidad está fuera de toda duda, nadie la cuestiona. Lo ha demostrado con los hechos, con su arte y con sus palabras: Siento que esa presencia que significó el Winnipeg es muy fuerte en mí, se me produjo un hecho paradojal: por lo joven que era, soy el más chileno de los exiliados, y uno de los que guardo el recuerdo de su significado de una forma muy fuerte. Poco después de la llegada, ya sentí que este país era el mío.
[16]
Balmes ha hecho de su lucha y de su arte una estética y una ética de existencia. Asi lo señala Volodia Teitelboim en uno de su innumerables escritos, y continúa: Su deber es hacer conciencia, contribuir a recuperar la memoria, terminar con el autoexilio y la regresión generalizada, rechazar el conformismo, la antidemocracia. Su divisa es no dejar caer los brazos, no darse nunca por vencido, desplegar el arte y las banderas de la dignidad, reconquistar los valores del espíritu libre. Enorme tarea para un sólo hombre la que encomienda Volodia, aunque nunca, que sepamos, Balmes ha dejado de asumirla.
También fueron pasajeros del Winnipeg la pintora Magdalena Lozano, quien practicó la docencia durante mucho tiempo. En la escultura nacional encontramos el nombre de otro destacado; Claudio Tarragó, pasajero del "Formosa".
La historia de la música chilena fue motivo de estudio para otro republicano. En el año 1960 se editó el libro "La creación musical en Chile", de Vicente Salas Viú. El destacado musicólogo, además de Director de la "Revista Musical Chilena", llegó a ser Director del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, donde realizó una amplia obra administrativa. Además, Salas Viú, publicó en Chile otro libro, "Las primeras jornadas y otras narraciones de la guerra española", reimpreso en Santiago luego de ser publicado en Barcelona en el año 1939.
Similar es la didáctica participación en el desarrollo musical chileno de la pianista Diana Pey Casado, fallecida en Miami, Estados Unidos, en su otro exilio, el chileno. Llegó a Chile acompañada de su madre, Manuela Casado, su esposo, el ingeniero Lorenzo Colli y sus dos hermanos, Víctor y Raúl. Uno de ellos, Víctor Pey, nos narra el comienzo de la nueva vida: La primera de la familia que encontró trabajo en Chile fue mi hermana. Encontró trabajo en la Radio Cooperativa Vitalicia, que se llamaba en esa época. Y el que le consiguió el trabajo, a los cinco o seis días de llegar, muy pocos, era un periodista, director de la revista Ercilla. Era peruano. Manuel Seoane, un hombre muy valiosos, muy meritorio. El tenía un amigo en la radio Cooperativa Vitalicia. Y llegamos a Manuel Seoane porque él fue a recibirnos entre la gente, cuando llegamos a la estación Mapocho. Ahí nos encontramos con unos chilenos que eran ingenieros y la mujer de uno de los ingenieros, Jose Saitua, era peruana y conocía a Seoane. Ella empezó a trabajar en la radio a los pocos días. Hacía dos programas, uno como Diana Pey, que tocaba, uno o dos días a la semana. Y después acompañaba a cantantes. El director de la radio en esa época era Renato Deformes, después llegó un muchachito que venía del sur, se llamaba Raul Matas.
Siendo muy joven y además de su trabajo como concertista y acompañante en Radio Cooperativa, Diana Pey ingresó como alumna a la Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Chile. Permaneció en ella hasta el año 1973, en que llegó a ser vice Decana y Decana subrogante.
Otros músicos que se identificaron y contribuyeron con la cultura chilena fueron; el violinista Enrique Iniesta y su esposa, la pianista Giocasta Corma; el percusionista Valcárcel; el finísimo guitarrista Albor Maruenda y recordemos que también fue pasajero del Winnipeg el tenor catalán Juan Arnot.
La Historia de Chile
Así como la historia de la música y de la pintura chilena, la propia historia de Chile contó con un valiosos investigador. El connotado historiador chileno Francisco Antonio Encina encontró un notable colaborador en uno de los pasajeros del Winnipeg. El ya citado "transterrado" español Leopoldo Castedo, (Madrid 1915- Madrid 1999) no sólo colaboró con Encina, sino que, como hemos dicho, resumió la grandiosa obra del historiador. El Resumen de la Historia de Chile, de Castedo, hace algunos años, ya sobrepasaba la decimoséptima edición.
El inmenso aporte a la cultura chilena del profesor, historiador, cineasta y cónsul honorario, Leopoldo Castedo, es muy difícil de resumir, aunque sí podemos enumerar algunas de las que fueron sus multiples actividades; Su primera publicación en Chile fue la "Historia ejemplar de Santiago de Chile", en el año 1942. Con este libro inaugura una larga serie de ediciones que sumarían hasta setenta en el transcurso de su vida. Con el título de "Chile en el corazón" apareció su primer artículo en el diario La Nación de Santiago. Lo escribió pocos días despues de su arribo al país y con él comienza la larga serie de articulos que publicó en diarios y revistas y que suman centenares. Como académico fue Profesor en la Escuela de Periodismo, Cátedra de Historia de América, en la Universidad de Chile; Profesor en la Facultad de Bellas Artes, Cátedra de Historia del Arte Iberoamericano, en la misma Universidad. Realizó, además, la película "La Respuesta", que, en 1961, representó a Chile en III Certamen Internacional de Cine Documental Ibero Americano y Filipino, realizado en Bilbao y en el que fue galardonado con la Medalla de Oro al mejor film en conjunto y Medalla de Plata al mejor film sobre una ciudad iberoamericana. Entre 1960 y 1979 vivió en Estados Unidos como profesor de la State University de Nueva York y como académico visitante en Washington y California.
Castedo, además, ha sido funcionario de la CEPAL y asesor del Banco Interamericano de Desarrollo, BID; Cónsul Honorario de Chile desde 1960 hasta el 11 de septiembre de 1973. Fue miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y miembro de la Sociedad Científica de Chile. Recibió dos de las mayores condecoraciones que entregan los gobiernos de Chile y España. En Mayo 1996, El Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle le otorgó, por su valioso aporte a la cultura nacional, la Condecoración Orden al Mérito Docente y Cultural "Gabriela Mistral" en el grado de Gran Oficial. Por su parte, el Rey Juan Carlos I hizo otro tanto con la condecoración Isabel La Católica.
En 1997, gracias al apoyo de la Fundación Andes y al Fondo de Cultura Económica, Castedo publicó sus "Contramemorias de un Transterrado". Memorias que se abren y cierran con dos "renacimientos". El primero, su rescate de las ruinas de una fábrica de armas en el Madrid de 1936, en plena guerra civil, que le deja, entre otras secuelas, un ojo inutilizado. El segundo en Chile, cuando los médicos le alejan de un cáncer y todavía puede pensar en una madurez llena de proyectos.
Considerado como uno de los intelectuales más destacados de Chile, Castedo falleció en Barajas, Madrid, el domingo 10 de octubre de 1999, producto de un infarto, minutos antes de que el avión en que viajaba con destino a Washington despegara. Había viajado a España para presentar en la Casa de las Américas su útimo libro, -Fundamentos culturales de la integración latinoamericana, editado por el Fondo de Cultura Económica-, actividad trás la cual tenía programado viajar a Washington para pasar unos días de vacaciones junto a su esposa, la poetisa chilena Carmen Orrego. Su cuerpo, siguiendo su voluntad, fue incinerado y sus cenizas trasladadas a Chile. En el mes de junio de 1998, en una entrevista publicada en el diario La Época de Santiago, Castedo había declarado: No me quiero morir todavía, pues me quedan muchos libros por escribir.
Entre 1941 y 1947, José Ferrater Mora enriqueció la cátedra de Filosofía Moderna y Contemporánea en la Universidad de Chile. En 1942, Ferrater publicó "España y Europa". En Buenos Aires se publicaron los libros que escribió en Chile; "Unamuno"; "Variaciones sobre el espíritu"; "El sentido de la muerte". Pablo de la Fuente, escritor centrado en la temática del exilio, editó en Chile "Sobre tierra prestada"; "Los esfuerzos inútiles" y "Este tiempo amargo", narración que obtuvo el Primer Premio del concurso de novelas de la Alianza de Intelectuales de Chile en 1949. Arturo Serrano Plaja, que permaneció poco tiempo en el país, escribió el cuento "Del cielo y el escombro", que da título al libro de este género publicado en Buenos Aires. De Antonio Aparicio, poeta y periodista, es "Cuando Europa moría o doce años de terror nazi".
En la valiosa contribución, de todo tipo, aportada por los inmigrados, es de justicia destacar otros nombres, como el de la poetisa Elvira Magaña; el profesor Alejandro Tarragó, fundador de la "Windsor School", de tan buenos recuerdos para sus antiguos alumnos y que contaba entre sus profesores a Antonio R. Romera y Andrés Sabella. Cómo no señalar nombres como el del profesor Wenceslao Roces, Vicente Mengod, Eleazar Huertas, notable profesor en la Universidad de Chile y famoso por sus estudios sobre el Mío Cid; Antonio de Lezama Mason, quien colaboró en el diario vespertino Noticias de Última Hora, ejerció como profesor de literatura y biblioteconomía y, además, se desempeñó como representante extraoficial del Gobierno Republicano en el exilio; el periodista Carlos de Baraiba; el catalán Juan Guasch, nacido en Chile debido a un viaje de trabajo de su padre, pero criado en Arenys de Mar. Luego fue pasajero del Winnipeg y se desempeñó por muchos años como Secretario del Centro Catalán en Santiago; el fotógrafo José María Gancedo y su esposa Pilar Lage Bobadilla. Gancedo, gracias a su habilidad y a su máquina fotográfica, atesoró la más importante colección de fotos a bordo del Winnipeg y a su arribo a Valparaíso; el matrimonio formado por Santos Bustos y Concepción Berasaluce, él fue fundador y primer bailarín del grupo de folklore del Gobierno Vasco. En Chile fueron los protagonistas de la pelicula documental Notas para un retrato de familia, de la cineasta Angelina Vásquez.
En Valparaíso se recuerda con cariño la labor del escritor y político Modesto Parera Casas, que fue uno de los que no viajó a Santiago y decidió quedarse en el puerto. Parera y su esposa pasaron su primera noche en un hotel: luego se formó una bolsa de trabajo en la Casa España y se ubicó a la gente. Al segundo día de llegar, yo fui empleado de la Municipalidad; mi señora fue empleada para cobrar avisos de una revista que se llamaba "La semana internacional". Y con eso empezamos una nueva vida.
[17] También se quedó en Valparaíso el matrimonio formado por Piedad Bollada y el ex marino Eloy Alonso, padre de Agnes América Winnipeg Alonso, nacida a bordo del barco. En el puerto, Alonso, natural de la localidad de Abanto y Ciérvana en la Provincia de Vizcaya, se convirtió en talabartero, empleado de barraca, de fábrica de muebles, entre otros oficios, que complementó adecuadamente con la pasión por el fútbol. Así, este español vizcaíno no sólo se hizo socio del Club de Fútbol Santiago Wanderes, sino que llegó a ser tesorero e integrante de los Viejos Tercios. Diego Moya Tornero, otro pasajero del mítico barco, se convirtió en un prospero empresario del comercio porteño; El prolífico santanderino Laureano Miranda, una verdadera enciclopedia, según sus amigos, viajo a Chile y se quedó en el puerto junto a sus ocho hijos. La mayor de ellos, Virginia, recuerda sus escazas pertenencias en el momento de su arribo a Valparaíso: Tan pronto descendimos del barco y cumplimos con los trámites correspondientes nos llevaron en buses al Centro Español. No teníamos documentos, había un pasaporte colectivo. Desde allí, en los mismos buses nos fueron distribuyendo en los alojamientos que estaban preparados. a mi familia le correspondió ir a una residencial situada en la calle Independencia, entre calles San Ignacio y Simón Bolívar. No traíamos nada. Sólo una hermosa tela holandesa, con la cual mi madre nos hizo un traje que lucíamos con orgullo, pero la planta de nuestros zapatos no era más que un cartón que suplía la suela ya desaparecida.[18]
En la ciudad de San Fernando se radico y aportó su trabajo el catalán Eugenio Castell, padre de Andrés Martí, otro niño nacido durante la travesía del barco. Castell llegó a esa ciudad una semana después de haber desembarcado en Valparaíso. En ella vivió el resto de su vida y de ella guardó siempre buenos recuerdos. En 1989, con motivo de cumplirse los 50 años del arribo del Winnipeg, Eugenio Castell declaró: ...al recordar lo que viví en el curso de casi tres años de guerra entre hermanos, padres e hijos, de haber pasado 5 meses en un campo de concentración y ese largo viaje por mar en un barco en el que casi no cabíamos, al recordar las cosas buenas y también malas que tuvimos que afrontar, tomo conciencia de lo que me ha dado este pueblo de San Fernando y de la gran fraternidad y humanismo del pueblo chileno para ese grupo de refugiados que llegamos en busca de paz, trabajo y tranquilidad.[19]
En la ciudad de Los Andes encontraron cariño y acogida tres pasajeros del Winnipeg: Andrés Gálvez Peñuelas, Benito Jiménez Aranda y Rafael Martínez González. Su primer aporte fue participar en la construcción del Hospital de la ciudad. Con el tiempo se dedicaron a la actividad comercial, crearon fuentes de trabajo y compartieron sus triunfos y sus derrotas con sus conciudadanos.
La semilla
En 1989, bajo el auspicio de la Embajada de España y de diversas instituciones culturales, se celebraron los cincuenta años de la llegada del Winnipeg. Dentro de los actos conmemorativos se realizaron varias charlas y conferencias y, simultaneamente, se publicaron dos libros y se estrenó una pelicula
[20]. La prensa publicó decenas de artículos y estudios relativos al tema. Revisando toda esa rica información podemos rescatar que en 1989, en Chile, no quedaban más de 260 sobrevivientes de esa multitudinaria expedición. Pero se estimaba, en esa fecha, en más de quince mil los descendientes de los pasajeros del Barco. Estos descendientes, la semilla del Winnipeg, también se deben contar como parte de ese valioso aporte al desarrollo de nuestro país.
Con toda seguridad el aporte de los exiliados españoles a Chile es digno de un estudio mucho más profundo que el insinuado en este artículo. La rápida integración de los transterrados en nuestro país permitió que su aporte y su obra se diluyera en nuestra sociedad, lo que la hace más difícilmente destacable.
Proyecto Clío
[1]Salvador Morera Mas. Revista Universitaria N? 27, Santiago, 1989. pág. 22.
[2]Roser Bru. "El Café Miraflores" Revista Rocinante N? 1, Santiago, Noviembre de 1998.
[3]Darío Oses, Revista Cuadernos, N? 40, Santiago, 2000. pág, 26.
[4]Mauricio Amster, "Técnica Gráfica". Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1977. 220 páginas. (Este libro es una versión ampliada y corregida de otro libro de Amster "Técnica Gráfica del Periodismo)
[5]Mauricio Amster. "Normas de Composición;...". Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1969.
[6]Diez Romances de Amor. Selección de Mauricio Amster. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1975. 78 páginas.
[7]Floridor Pérez. "Romances de aquí y allá..." La Provincia, Ovalle, 4 de marzo de 1976. pág. 3
[8]José Miguel Varas. "El Discrepante" Revista Araucaria de Chile N? 12, Madrid 1980 p. 207
[9]José Ricardo Morales. "Un testimonio, una Dedicatoria" Revista Universitaria N? 27, Santiago 1989. pág. 24.
[10]Mario Cánepa Guzmán. "La presencia de Romera en nuestro teatro". El Mercurio, Santiago 27 de marzo de 1977.
[11]Yolanda Montecinos. "El adiós a un maestro" Las Últimas Noticias, Santiago, miércoles 25 de junio de 1975.
[12]Roser Bru. "Viaje en el Winnipeg de la Familia Bru". Revista Universitaria N? 27, Santiago, 1989. pág. 20.
[13]Intervención del José Balmes en la Mesa "Aportes del exilio; Las artes" en el Centro Cultural de España, lunes 13 de septiembre de 1999, con motivo de la conmemoración de los 60 años de la llegada del Winnipeg a Chile.
[14]Raul Pizarro, "El retorno de Balmes". Araucaria de Chile, N? 17, Madrid 1982. pág. 145-148.
[15]La elección presidencial tuvo lugar el 25 de agosto de 1938. Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, derrotó por estrecho márgen a Gustavo Ross Santa María, candidato de los partidos de derecha. Aguirre Cerda asumió la presidencia el 24 de diciembre del mismo año.
[16]Maura Brescia. "Las remembranzas de un niño exiliado de doce años, medio siglo después" (José Balmes). Diario La Época, Santiago, 3 de Septiembre de 1989. pág. 29.
[17]Modesto Parera casas. "Al recibirnos, Chile cumplió con la frase "O el asilo contra la opresión" La Estrella, Valparaíso, 2 de Septiembre de 1989. págs. 26-28.
[18]El Mercurio, Valparaíso, 3 de Septiembre de 1989. p. 17-18.
[19]Eugenio Castell. La Región, San Fernando, 31 de Agosto de 1989. p. 5
[20]Los libros presentados en esa ocasión fueron: "Los Españoles del Winnipeg" de Jaime Ferrer Mir (Ediciones Cal Soga, Santiago, 1989, Imprenta Salesianos.) "Winnipeg Cuando la libertad tuvo nombre de barco" de Angélina Vásquez (Ediciones Meigas, Con el patrocino del ICI. Agosto de 1989) y se estrenó el film "Notas para un retrato de familia" de Angelina Vásquez.