lunes, 22 de diciembre de 2008

Neruda: España en el corazón


Poli Délano.
Tras el golpe militar de 1973, Julio Gálvez Barraza se exilió en España y residió en la localidad de Catelldefels, en los alrededores de Barcelona, hasta 1995. Allá se encontró con el hecho de que la figura de Pablo Neruda estaba muy presente en cierta época de la vida española, y decidió seguir las huellas de esa presencia. En su investigación encontró mucho material, se puso a ordenarlo y terminó convirtiéndose en escritor. Con su ensayo biográfico Neruda, Testigo Ardiente de una Epoca obtuvo el primer premio en un concurso convocado por la Fundación Pablo Neruda. Más adelante, después de ahondar sus estudios en un segundo viaje a la península, escribió Neruda y España, que acaba de publicar RIL editores.

De la cantidad de países que abarca la vasta obra poética nerudiana, España es (después de Chile, por razones obvias), el que con más fuerza concita su atención y su amor. El vate llegó a Barcelona en 1934, con treinta años cumplidos y designado cónsul. Al poco tiempo fue trasladado a Madrid, el centro más bullente y vital del país, donde estallaba por los aires el talento de una generación que daría mucho qué hablar: García Lorca, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Miguel Hernández. Entre todos ellos, Neruda se sumerge, así como se sumerge también en la relectura de los clásicos españoles: Quevedo, Garcilaso, el Conde de Villamediana. Un mundo de poesía, tertulias, alegría, optimismo que llegaba por las noches a tocar la puerta de su departamento de Argüelles en el edificio llamado Casa de las Flores; un mundo que se rompe violentamente en 1936 con el estallido de la guerra civil. García Lorca es fusilado en Granada, Miguel Hernández se incorpora al Quinto Regimiento, y muchos de los amigos de la bohemia se marchan al frente.

El impacto de estos hechos sobre Neruda fue tan poderoso, que a partir de entonces va a cambiar notablemente el sentido de su poesía. Escribe por esos días el Canto a las Madres de los Milicianos Muertos, al que define como su "primer poema proletario". Y siguen luego los demás poemas que integran España en el Corazón, obra en la que se conjugan la rabia, la reacción agresiva, el grito condenatorio, acaso la obra "más cargada de ira denostadora en toda la poesía hispánica", según la crítica Concha Zardoya. Uno de esos textos, Explico Algunas Cosas, da cuenta de este cambio. "Preguntaréis y dónde están las lilas y la metafísica cubierta de amapolas", les dice a sus lectores. Y al final entrega la respuesta: "Venid a ver la sangre por las calles". A partir de este libro de versos claros y sencillos, Neruda incorpora en la larga lista de temas que conforman el centro de interés de su poesía -amor, naturaleza, geografía, etc.- la temática social. Su visión del mundo ha cambiado: "a mi patria llegué con otros ojos/ que la guerra me puso/ debajo de los míos".

Con estos hechos va hilvanando Julio Gálvez Barraza la historia que nos entrega en su reciente libro, necesaria para entender en profundidad el tramo de la historia que más marcó el alma y la obra de nuestro poeta.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Miguel Hernández y Juvencio Valle conversan con el Trébol


Julio Gálvez Barraza

Juvencio: aquí tienes este libro escrito con el entusiasmo, la pasión y la precipitación que el clima dramático en que España empuja sus cuerpos me han exigido fatalmente.
Nuestra labor está tremendamente arraigada a cuanto sucede en relación con nosotros sobre la tierra y ya veremos cómo lo hacemos con más fuerza.
Salud por Delia y por Pablo, salud y abrazos.
Miguel
Madrid, 4 de septiembre 1938


Cierto día, estando Juvencio Valle en su oficina de la Biblioteca Nacional, cuando habían transcurrido casi treinta años de la fecha que marca la dedicatoria del epígrafe, llegó el poeta Jorge Teillier, quien había visto en manos de un compañero de trabajo en la Universidad de Chile el libro "Viento del Pueblo" dedicado a él. Lo había comprado en una librería de viejo en Madrid. A los pocos días, Juvencio fue a hablar con esa persona y comprobó que el ejemplar era el mismo que le había dedicado Miguel Hernández. Le propuso comprárselo. -Pídame lo que quiera..., -le dijo. El poseedor del libro, luego de pensarlo un momento, se lo dio sin pedir nada a cambio. Así llegó el libro a Chile, otra vez a manos de su dueño.
Curiosas coincidencias y grandes diferencias marcaron la trayectoria de Miguel Hernández y Juvencio Valle. El chileno, como Miguel, tenía su raíz en la tierra, en el monte y en el campo verde de la provincia. Miguel, como Juvencio, era de raigambre católica, sin contradicción con el creciente compromiso social que ambos adquirieron. El poeta de Orihuela, que había pastoreado el rebaño de su progenitor por montes y prados, fue y es conocido como el poeta pastor. Juvencio, que en su juventud se hizo cargo de la administración del molino que tenía su padre en Bolonto, al sur de Chile, fue bautizado por uno de sus amigos como "El Harinero". Juvencio, como Miguel, aprendió a comunicarse con su padre a través de su madre. También tenía un padre severo, poco amigo de las aptitudes literarias de su hijo. Fueron -y lo reflejaron en su producción poética- ecologistas antes de tiempo, cuando ni siquiera se conocía la palabra. Ambos, grandes amigos de Neruda. Sin embargo, se puede decir que ninguno mantuvo dependencia poética como consecuencia de esta amistad. De Miguel dijo Neruda que tenía un rostro de patata recién salida de la tierra. Al chileno lo bautizó como "Juvencio Silencio".
Miguel Hernández, en uno de sus poemas más conocidos se identifica con el barro: Me llamo barro aunque Miguel me llame./ Barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame. Juvencio Valle no se siente diferente a él: ...todavía mi origen/ tiene sus pies hundidos en el glorioso barro/ de que fui hecho;.../ del barro oscuro vengo: todavía me duele/ el cordón umbilical que me ata al surco.
No obstante, una de las inmensas diferencias entre ellos la marcó la muerte. Miguel, como sabemos, murió muy joven, aquejado por la enfermedad y por el incierto futuro de su familia, rodeado de la indiferencia y la desidia de sus carceleros. Juvencio murió después de cumplir los 98 años, alentado por el cariño de su esposa, hijos y nietos, luego de una vida plena en la que recibió el reconocimiento de su pueblo y sus autoridades (fue Premio Nacional de Literatura en 1966). ¡Que diferente final para dos poetas tan parecidos!
Se conocieron en Madrid, en 1938. Juvencio quería conocer la guerra por dentro. Provisto de un carnet de periodista, viajó a comienzos del mismo año. Al saber que iba a España, Luis Enrique Délano y Neruda le dieron cartas para sus viejos amigos. Desembarcó en un puerto de Francia, luego, a París. Atravesó en tren los Pirineos y horas después del trasbordo, ya entrada la noche, llegó a Barcelona. En la capital catalana conoció a Altolaguirre y a León Felipe, con quienes se reunía en un café para arreglar la guerra y el mundo.

Después de unas semanas viajó a Madrid. Ahí se encontró con los viejos amigos de Neruda y Délano, que ahora eran los suyos. Encontró cobijo en la sede de la Alianza de Intelectuales, en compañía de poetas, escritores y artistas que servían en la guerra desde el campo de la cultura. Amistó con Alberti, Antonio Aparicio, Cernuda, Aleixandre y otros, aunque la amistad que le tocó el corazón fue la de Miguel Hernández. Lo describe como un joven alto, de 28 años, desgajado en el andar; al moverse parece sobrenadar o rebasar del suelto traje que lleva. Viste como campesino, hijo de campesino; traje de pana y gruesos zapatones que crujen como el pasto seco. Habla a borbotones, -dice Juvencio-, cual el agua de una botella a fluir atropellándose por el gollete. Cabeza rapada al cero, rostro tostado al sol y grandes ojos verdosos, como de aceituna adobada. La armonía de sus movimientos, que es la del árbol que florece hacia todos lados, mirada a la distancia, resulta de una extraordinaria elegancia. Toda su estampa denota juventud y salud, deseo de cantar y de vivir.
También recuerda los días de jarana con el poeta pastor, la camaradería cómplice en el café o en la peña. En esas bulliciosas reuniones, -rememora-, animadas con representaciones improvisadas, discursos y cantos de líricos gorgoreos, a cada cual le corresponde aportar su ramito de laurel. Miguel canta canciones pueblerinas con una voz asordinada, como agua que va por entre terrones. Para algunos tiene cara de patata recién desenterrada; para otros le silba la avena en la garganta. Y todos le ven cubierto de hojas y de pájaros, mojado con luz del alba, silvestre o rural. Le hacen cariñosas burlas, se compadecen de su rebaño abandonado, de su zampoña y hasta de los suspiros y de los ayes de su pastora o su zagala. En realidad a Miguel Hernández le zumban los silbos en el cuerpo. Un abrazo demasiado fuerte, un apretón desmedido y sonetos y madrigales pudieran haberle aflorado a ras de piel. Habrían dado deseos de gritarle, por encima de la mesa: ¡Eh, Miguel, hasta cuándo, suelta ya los ruiseñores que traes en el bolsillo! Para quienes están en el fiel de la gran poesía, Miguel es el más joven de todos. Pero, a su vez, para quienes vienen más atrás, Miguel es el maestro. Él no parece percatarse de esta respetuosa pleitesía.
Entrañables para Juvencio, fueron aquellas tardes de tertulia con Miguel y Alberti en casa de Vicente Aleixandre. Y aquellos días en que, con Miguel, huían de la ciudad para evocar sus raíces. Salían a los campos, comían sandias, tomates, de aquellos que quedaban en las matas. Se tendían al sol. Me mostraba Miguel unos documentos que le habían dado sus jefes militares, -dice Juvencio-, que eran estrategas espontáneos. Miguel estaba en la Brigada de El Campesino y otros que en la lucha llegaron a ser generales. Recuerdo que uno de esos documentos decía: A Miguel Hernández este pasaporte, etc... y donde especificaba la profesión: "profesor de poesía". Nos reíamos mucho con ese título. Miguel adoraba la naturaleza, desde el alba hasta la noche conversaba con el trébol, tenía un corazón como una casa, soñaba a la sombra de su rebaño. Durante nuestros paseos solía trepar abrazado a los árboles.
"Lo vi partir muchas veces de Madrid hacia Orihuela, -continúa-, se iba canturreando aires de la tierra, componiendo coplas, haciendo chasquear su varilla. Iba con el húmedo corazón a flor de labio; avanzaba al encuentro de su mujer y su hijo. Desde allá se venía a la ciudad en los camiones de verduras, encima de lechugas y coles".
Al entrar las tropas franquistas en Madrid, Juvencio se trasladó a la Embajada de Chile. Vivió junto a los 17 republicanos que asiló Carlos Morla Lynch. En los primeros días de marzo del 39, acompañó a Miguel a entrevistarse con Morla para un posible asilo. Pero Miguel titubea, piensa en su esposa y en su Manolillo, que ya cumple dos meses. Además, señala Juvencio, en el carácter de Miguel Hernández estaba el no preocuparse de su situación penal y no ver el peligro sobre su persona. Él fue soldado del ejército de la República. Como ciudadano estaba obligado a serlo. En vista de la situación acuerdan que llegado el momento de la hecatombe final, se asile en la Embajada. Días después, Juvencio informa a Morla que Miguel no se asilará. Como sabemos, el día 8 de marzo durmió en casa de José María Cossío y al día siguiente emprendió el camino a Orihuela.

A comienzos de julio del 39, Juvencio sufrió un serio percance. En su calidad de chileno y de colaborador de la Embajada, circulaba con más o menos libertad. Pero un día, antes de entrar en la Embajada, lo detuvo un policía de civil. No le preguntó el nombre ni le pidió documento alguno. Sólo le exigió que lo acompañara a la Comisaría. Allí lo interrogaron, y para su desgracia llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con las gestiones que debía realizar para lograr la libertad de Miguel. De la Comisaría pasó a la Dirección de Seguridad y de allí a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.
-¿Qué tal la cárcel? le preguntó un día Luis Enrique Délano.
-Se me cayeron las lágrimas cuando entré en un pasillo inmenso, -contesta Juvencio-, donde había centenares de hombres tirados en el suelo, muchos de ellos sin un mísero colchón, en medio de una atmósfera cargada de olores, de humo, de emanaciones; una atmósfera densa, como para cortarla con cuchillo. Allí reinaban los métodos de Franco, es decir el maltrato, los puntapiés, las injurias, las bofetadas y...
-¿Los fusilamientos? apuntó su interlocutor.
-Exactamente, afirma Juvencio. Semanalmente sacaban a cuarenta o cincuenta personas, las alejaban de allí y las fusilaban. Sus huecos eran inmediatamente llenados con otros antifascistas que iban a purgar su crimen de haber defendido la República Democrática. A mi me tuvieron consideraciones gracias a la intervención de la Embajada de Chile, que se portó conmigo admirablemente. Me mandaron cama y comida todos los días, me puso un abogado y se condujo admirablemente. Sé que la Alianza de Intelectuales de Chile se preocupó de mi suerte, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, y estoy muy agradecido de todos. Miguel estaba en la cárcel de Torrijos. Yo podía ver esa cárcel desde la de Porlier, en que estaba yo. Estuve tres meses y medio, después me expulsaron.
-¿De qué te acusaban?
-De antifascismo, de mantener relaciones con escritores republicanos.
A finales de abril, Juvencio Valle fue puesto en libertad y expulsado de España. Le dieron 48 horas para abandonar el país. Regresó en un barco que zarpó de Marsella, en el que viajaban a Chile Fernando Echeverría, Antonio Hermosilla, Arturo Soria y Luis Vallejo, los cuatro primeros liberados de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid. Antonio Aparicio debía formar parte de la expedición, tenía su pasaporte listo. Un capricho franquista de última hora lo impidió.
"Fui a España, -recordaría Juvencio-, a ver la guerra civil. La vi, la sufrí y estuve arrepentido de haber ido. Era tan horrendo aquello. No he querido incorporar nada de eso a mi obra. Es demasiado ingrato".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

13 Rosas Rojas


Que sus nombres no se borren en la historia.

Julio Gálvez Barraza

El 4 de agosto de 1939, mientras el "Winnipeg" zarpaba de Trompeloup con más de dos mil refugiados españoles con destino a Valparaíso, la prensa derechista chilena atacaba duramente el asilo otorgado a los republicanos. Si los refugiados no hubieran cometido crímenes ni delitos no huirían hoy de la justicia de Franco, ni hubieran tenido que salir de España. Esta aseveración se caía al momento; en la España de la posguerra, en la España de Franco, los fusilamientos a los vencidos era el pan de cada día.
Al día siguiente, la mañana del 5 de agosto, en el paredón del madrileño cementerio del Este, luego de una atronadora descarga que resonó en los oídos de las presas de la cárcel de Ventas, situada a 500 metros del cementerio, se escucharon trece disparos. Eran los trece tiros de gracia que remataban, una a una, a trece muchachas inocentes. Sus compañeras reclusas supieron que ya habían sido fusiladas. Que a partir de ese momento, las jóvenes pasarían a formar parte de la memoria colectiva de la lucha contra el franquismo como Las Trece Rosas. Su delito: ser rojas. Fue uno de los episodios más viles de la represión franquista.
Entre los años 1939 y 1945, más de 2.500 personas fueron ejecutadas en las tapias del cementerio. Más que la cantidad de muertes solamente el 14 de junio de 1939 habían sido ochenta los fusilados- quizá lo que más impresiona de los muertos el 5 de agosto, fuera la juventud de la mayoría de ellos. Esa madrugada, sólo en el paredón del cementerio del Este, fusilaron a 56 personas. Antes que las muchachas, habían dejado su vida 43 hombres por el mismo "delito". Todos habían sido juzgados por los tribunales de Franco: Reunido el Consejo de Guerra Permanente Nº9 para ver y fallar la causa Nº30.426 que por procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra las procesadas responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de las acusadas a la pena de muerte, dice la sentencia dictada sólo el día anterior a las ejecuciones. A una de ellas la acusaban, además, del grave delito de haber sido cobradora de tranvías durante la dominación marxista.
El 28 de marzo de 1939, cuando las tropas nacionales entraron en Madrid, la práctica totalidad de dirigentes comunistas se encontraban en el exilio. Ante esta situación, un grupo de muchachos, que se habían batido contra el enemigo en diferentes frentes, comenzó a hacerse cargo de la reorganización clandestina del Partido Comunista de España y de la Juventud Socialista Unificada (Organización que nació de la fusión de la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas). El objetivo era ayudar a los compañeros presos y a sus familias, esconder a los perseguidos e intentar recomponer los restos de la derrota. Relata una de las protagonistas que: "lo principal en aquellos momentos era esconderse, y después ver si la gente a la que conocías y lograbas localizar estaba dispuesta a seguir en la lucha. De vez en cuando paseaba por la calle por ver si me encontraba con alguien. Se trataba de ir captando a jóvenes y de reorganizar la JSU, ni mßs ni menos.
A los cuatro meses de terminada la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco. Era una ciudad inhóspita y peligrosa para los enemigos del régimen, en la que las delaciones estaban a la orden del día. Denunciar era una obligación patriótica, una forma de extirpar el cáncer del comunismo y, sobre todo, la manera más clara y directa de demostrar la adhesión al nuevo Estado. La capital era barrida calle por calle en busca de enemigos de la patria con un odio sin precedentes.
Durante los meses de abril y mayo, cuando aún no habían tenido tiempo para integrarse en la organización, o apenas acababan de hacerlo, la mayor parte de los jóvenes ya habían sido detenidos. Las nuevas autoridades lo tuvieron muy fácil para identificarlos y capturarlos, para ello solo habían tenido que consultar los ficheros de militantes que no llegaron a ser destruidos por el efímero gobierno del coronel Casado. Entre ellas: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Adelina García, Elena Gil, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero, Victoria Muñoz y Luisa Rodríguez de la Fuente, que así se llamaban Las Trece Rosas. No habían cometido más delito que defender la legalidad republicana contra el golpe de estado y todas, salvo Blanca, la mayor de ellas con 29 años y la única casada y con un hijo de 11, militaban en la JSU, en el PCE, o en ambas organizaciones a la vez. Varias de ellas eran menores de edad. No eran protagonistas de la historia, ni lo pretendían, aunque los acontecimientos les reservase ese papel.

Su destino fue la prisión de Ventas, inaugurada en 1933 como un centro pionero para la reinserción de reclusas, que los vencedores transformaron en un enorme almacén humano en el que se hacinaban 4.000 mujeres cuando su capacidad máxima era de 450. De los acusados en el consejo de guerra celebrado durante los días 1º y 2 de agosto, solamente una de ellas, de 19 años, se libró de la ejecución para ser condenada a doce años de cárcel. Quizá para justificar la severidad de las penas impuestas, el caso se asoció con el complot contra Franco, descubierto el mismo día 1? de abril, en el desfile de la Victoria, por la explosión de una bomba en la tribuna presidencial. En realidad no hubo ni bomba ni plan, la precaria red de militantes era tan débil que ni siquiera consiguieron atracar una tienda de comestibles. También se les vinculó con el atentado contra el comandante de la guardia civil Isaac Gabaldón, ocurrido el 27 de julio. Como encargado del Archivo de Masonería y Comunismo, Gabaldón disponía de miles de documentos incautados a los partidos y organizaciones republicanas, que servían de base para la tramitación de denuncias. Sin embargo, la mayor parte de las personas juzgadas el 1º y 2 de agosto, habían sido detenidos meses antes del atentado contra Gabaldón. Ante tamaños despropósitos, la acusación definitiva fue la de "reorganización de elementos de la JSU y del PCE para cometer actos delictivos contra el orden social y jurídico de la nueva España".

La madrugada del 5 de agosto fueron llamadas a cumplir la sentencia. Una testigo relata que estaban diseminadas por toda la prisión. Una de ellas, con sus dos hermanas, también encarceladas; tres en el departamento de menores, otras en pasillos, sótanos y galerías. Después de conversar hasta muy tarde con Ana López, una de las sentenciadas, pensando que esa noche ya no ingresarían en el antiguo salón de actos convertido en capilla, evoca: Con nuestra charla ya habían dado las doce y nos pusimos a dormir, cuando sentimos que llaman a nuestro departamento. Nuestra mandanta, que se llamaba Pilar y era una buena persona, bajó a abrir la puerta y se presentó con la funcionaria teresiana que sacó a estas chicas con una lista en la mano. Recuerdo que a esta mandanta, a Pilar, la oí decir: Por Dios, señorita María Teresa, esto es horroroso, esto es un crimen. Entonces Anita se dio cuenta rápidamente de que venían a por ellas, se puso en pie y dijo: No, no llame a las otras, ya las llamo yo. Ella misma las despertó. De estas dos compañeras, a una de ellas hacía muy pocos días que le habían fusilado a un hermano. Recuerdo que lo único que dijo fue: ¡Pobrecilla, mi madre!

En la capilla, si se confesaban y comulgaban, se les permitía despedirse de la familia mediante una carta. Otra testigo relata que: Todas las condenadas escribían cartas a la familia. Daba la impresión de que entrabas en una clase de niñas. Julia Conesa, a quien semanas antes le habían fusilado a su padre y a un hermano, escribió a su familia: Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermano y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. La misiva concluía con un ruego: Que mi nombre no se borre en la historia.
De madrugada, salió de la prisión de Porlier el camión para transportarlas. Los verdugos llevaban la orden de fusilamiento. En Porlier, por esos días, estaba preso nuestro Juvencio Valle, acusado de antifascismo y de mantener relaciones con escritores republicanos. Había sido detenido por un policía de civil a comienzos del mes de julio. En la Comisaría lo interrogaron, y para su desgracia, llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con gestiones que debía realizar para lograr la libertad del poeta Miguel Hernández. De ahí pasó a la Dirección de Seguridad y luego a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.
En la madrugada llegó la hora de sacar a las muchachas al paredón. Una presa se hallaba en aquel momento asomada a la ventana de su celda y las vio salir: Pasaban repartidores de leche con sus carros. La Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos; tres guardias civiles escoltaban a cada pareja. Las presas fueron subidas en grandes camiones. Desde donde yo estaba, en el cuarto piso, no se las podía ver con claridad. Pero parecían tranquilas. Llevaban la cabeza muy levantada.
Virtudes García tenía a su novio encausado en el mismo proceso. Una de sus compañeras dice que mantuvieron contacto por escrito mientras estuvieron encarcelados sobre todo por intercambio de mensajes en donde se celebraban los consejos de guerra y que ella confiaba en poder verlo antes del fusilamiento. No pudo ser. Cuando llegaron al paredón, los 43 jóvenes habían sido ya fusilados.
Los familiares de las chicas nunca fueron informados de la fecha de la ejecución. María, hermana de Dionisia Manzanero, relata que llegó a la cárcel la mañana del día 5, para recoger firmas solicitando el aplazamiento de la sentencia. Ahí supo que su hermana ya había sido fusilada. De la cárcel fueron inmediatamente al cementerio: No había nadie por allí. Los guardias no estaban y entramos al depósito, sin que nadie nos viera. Entonces, ¡Dios mío!, las vimos metidas en las cajas de madera. No me fijé en cuántas eran, sólo buscaba a mi Dioni. Tampoco sé el tiempo que estuvimos allí. Sólo sé que llegó un cura y al vernos llorando y dando gritos, nos obligó a salir.
La ejecución de Las Trece Rosas se convirtió en una suerte de leyenda, en un relato que fue corriendo de boca en boca hasta el punto de que cada presa recién ingresada en la cárcel de Ventas lo hizo suyo y se dedicó a transmitirlo a su vez. La dictadura franquista no consiguió borrar sus nombres de la historia. En España se han escrito decenas de artículos, se han estrenado obras de teatro y una película con su estremecedora historia.
La vida siguió sembrando vida. Al día siguiente de las ejecuciones, 6 de agosto de 1939, a bordo del "Winnipeg" nacía Agnes América. Veinte días después, ya en aguas del Pacífico, frente a las costas de Ecuador, nació Andrés Martí. Fueron las primeras criaturas nacidas en el exilio republicano español.

Peripecia y evolución de un Poeta


Erudito en los grandes hechos y en las minucias de la vida y la poesía de Neruda, preciso en fechas y sucesos, diestro y riguroso en el manejo de las fuentes, Julio Gálvez Barraza demuestra además, en su voluminoso trabajo Neruda y España, que es un narrador ameno. La lectura de su libro es ágil y placentera, sobre todo por la equilibrada combinación entre el dato o la apreciación de carácter académico y el relato de las peripecias vitales de un poeta que está "más cerca de la sangre que de la tinta" (palabras de García Lorca) y cuya evolución ideológica desde una postura de espectador pasivo y ensimismado a la más activa y comprometida militancia, está cargada de elementos emocionales y se produce, sobre todo, como reflejo de una experiencia vital.
Aunque este tema ha sido abordado por numerosos autores, Gálvez descubre y cuenta no pocas cosas nuevas sobre la relación entre el poeta y España; acerca del tiempo histórico que le tocó vivir y, en lo personal, sobre la trascendencia de su contacto, a temprana edad (¡30 años!), con artistas e intelectuales bullentes de inquietudes y de capacidad creativa, en un país infinitamente más complejo y desarrollado que el "Chilito" provinciano de los años 30.
Si este libro tiene un protagonista, fuera de Neruda, por supuesto, éste es Federico García Lorca. El autor va rastreando, a lo largo de múltiples sucesos, la relación entre los dos poetas y, sin subrayarlo de manera deliberada, va dejando de manifiesto que el Neruda que conocemos, el del Canto General, como el de Estravagario, el de Alturas de Machu Pichu como el de las Odas, no habría existido como creador sin la influencia fecundante del granadino. García Lorca formula verbalmente algo que está presente en Neruda como una intuición no bien definida: el carácter americano de su poesía. Su pertenencia a un mundo en gestación, donde la influencia española se mezcla con una realidad natural, racial y cultural densa, misteriosa y potente, que en aquel entonces esperaba en silencio a los artistas capaces de expresar sus esencias en un lenguaje universal como el castellano.

García Lorca, ajeno a militancias políticas, influye también en el complejo proceso de definiciones que vive Neruda. No a través de ninguna prédica –nada más ajeno a su temperamento- sino por su vinculación natural el gran movimiento de renovación representado en España por el Frente Popular y por su concepción de una poesía, un teatro, todas las artes en suma, que surgen de una raíz popular y se dirigen al pueblo, sin empobrecerse, empero, desde el punto de vista de la gran tradición artística secular.
En fin, García Lorca resulta un maestro de vida para Neruda por su inagotable capacidad de inventar situaciones teatrales, juguetes cómicos, jornadas de lecturas poéticas y astracanadas de irresistible comicidad, en especial junto al músico adorable y excéntrico Acario Cotapos. El poeta chileno melancólico y solitario convaleciente de su periplo asiático redescubre el calor de la solidaridad humana, de la amistad de "varón varonil" y de las causas compartidas.
Por cierto, García Lorca sufre también el influjo de la poesía de Neruda. En cierta ocasión el chileno lee uno de sus poemas con la monotonía envolvente que conocemos. Federico, nervioso, le pide: -No sigas, que me influencias. Las últimas obras de García Lorca, en especial Poeta en Nueva York evidencian el peso de la poesía nerudiana. Nuestro autor recrea sencillamente, como sin proponérselo, el clima intelectual y político de España en vísperas de la guerra civil y luego en su transcurso. La efervescencia, el goce de vivir, la apertura, la búsqueda de la innovación artística y de nuevas formas sociales, abiertas a la participación popular, las polémicas sobre poesía pura y poesía impura, entre la tradición, encarnada sobre todo en Juan Ramón Jiménez, y la vanguardia, de la que Neruda resulta, sin buscarlo, el portaestandarte; el tiempo de El caballo verde para la poesía y de las asambleas en que las reivindicaciones políticas se expresan en un lenguaje nuevo, distante de la langue de bois o, diríamos en Chile, de cartón piedra, propia de los partidos que traen nuevos dogmas.

En ese mundo, se agitan numerosos personajes. Julio Gálvez menciona, necesariamente, a muchos, algunos desfilan de manera fugaz por la legendaria Casa de las Flores del barrio de Argüelles, otros aparecen una y otra vez y se fijan con fuerte relieve en nuestro recuerdo: Rafael Alberti, Miguel Hernández, Antonio Machado. También emana o se filtra de estas páginas un retrato entrañable de la Hormiga, Delia del Carril. Hay otros más.
La historia del Winnipeg que fue, según nuestras noticias, el núcleo inicial de este libro, resulta conmovedora sin necesidad de que el autor prodigue frases emotivas. Ella se va desarrollando a través de múltiples testimonios y deja de manifiesto lo que tuvo aquel proyecto de "insensato" y de grandioso, hasta inverosímil en aquel momento de la vísperas de la II Guerra Mundial. Revela a través de numerosos y desconocidos episodios de cómo la tenacidad, la inteligencia y la capacidad de organización de Neruda lograron prevalecer contra la hostilidad y las intrigas de adentro y de afuera.
De este libro Neruda y España emerge con nitidez la formación de poeta militante, la profundidad de su "compromiso", palabra que no le gustaba a Neruda, mejor será decir identificación, con el pueblo chileno, del que proviene, y con todos los pueblos, desde las filas del movimiento comunista internacional, que encarnó a lo largo del siglo XX la esperanza de la materialización de ideales humanos milenarios. Otra cosa es el derrumbe de esa esperanza, por causas complejas, que sería muy largo exponer y que desbordan el tema de estas notas.
No hace mucho, entrevistado por el diario La Segunda, el senador Gabriel Valdés Subercaseaux, una de las vacas sagradas de nuestro país, con prestigio de "culto", afirmó que la relación de Neruda con el Partido Comunista fue un matrimonio de conveniencia, en el que el poeta se apoyó en el partido para ganar posiciones y el partido utilizó al poeta para sus propios fines. Valdés no entiende nada del asunto, no es capaz de concebir esa identificación profunda de Neruda con las causas populares y con el ideal de una sociedad sin clases, que lo lleva a convertirse en soldado del Partido que a sus ojos mejor representa, en su práctica política cotidiana, ese ideal. En esto no hay cálculo de conveniencias recíprocas, aunque es innegable que la fuerza del movimiento comunista contribuyó decisivamente a trasformar a Neruda en poeta universal, como también es innegable que la irradiación personal de Neruda desde su poesía y desde su acción práctica dio un aporte trascendente al crecimiento de la influencia de los partidos comunistas en Chile y en otros países de América Latina y de otros continentes.
A lo largo de la obra de Julio Gálvez Barraza encontramos numerosas referencias a manifiestos, asambleas y declaraciones colectivas de escritores e intelectuales en torno a los grandes asuntos de la época. Hoy pueden parecer ingenuos aquellos documentos cargados de pensamiento y emoción. Alguien podría preguntarse: ¿de qué sirvieron? No es fácil responder, pero es evidente que existió, en buena parte del siglo XX, que ya nos va pareciendo tan lejano, una especie de foro mundial de la inteligencia, formado por grandes figuras del arte, la ciencia y el pensamiento del mundo entero, que montaba guardia como un tribunal ético, ese "sol de la conciencia moral", como dice Cintio Vitier, frente a los errores y horrores contemporáneos. Hoy existen voces aisladas, que advierten, amonestan, denuncian, pero frente a la dictadura unilateral de los medios, cuya diversidad es más aparente que real, echamos de menos aquella voz colectiva.
El libro de Julio Gálvez tiene, pues, un valor excepcional, no sólo por los hechos que relata y por la época que pinta, sino porque suscita una rica y múltiple reflexión sobre los asuntos de nuestro tiempo.

José Miguel Varas. 4 de diciembre de 2003.