viernes, 12 de diciembre de 2008

Miguel Hernández y Juvencio Valle conversan con el Trébol


Julio Gálvez Barraza

Juvencio: aquí tienes este libro escrito con el entusiasmo, la pasión y la precipitación que el clima dramático en que España empuja sus cuerpos me han exigido fatalmente.
Nuestra labor está tremendamente arraigada a cuanto sucede en relación con nosotros sobre la tierra y ya veremos cómo lo hacemos con más fuerza.
Salud por Delia y por Pablo, salud y abrazos.
Miguel
Madrid, 4 de septiembre 1938


Cierto día, estando Juvencio Valle en su oficina de la Biblioteca Nacional, cuando habían transcurrido casi treinta años de la fecha que marca la dedicatoria del epígrafe, llegó el poeta Jorge Teillier, quien había visto en manos de un compañero de trabajo en la Universidad de Chile el libro "Viento del Pueblo" dedicado a él. Lo había comprado en una librería de viejo en Madrid. A los pocos días, Juvencio fue a hablar con esa persona y comprobó que el ejemplar era el mismo que le había dedicado Miguel Hernández. Le propuso comprárselo. -Pídame lo que quiera..., -le dijo. El poseedor del libro, luego de pensarlo un momento, se lo dio sin pedir nada a cambio. Así llegó el libro a Chile, otra vez a manos de su dueño.
Curiosas coincidencias y grandes diferencias marcaron la trayectoria de Miguel Hernández y Juvencio Valle. El chileno, como Miguel, tenía su raíz en la tierra, en el monte y en el campo verde de la provincia. Miguel, como Juvencio, era de raigambre católica, sin contradicción con el creciente compromiso social que ambos adquirieron. El poeta de Orihuela, que había pastoreado el rebaño de su progenitor por montes y prados, fue y es conocido como el poeta pastor. Juvencio, que en su juventud se hizo cargo de la administración del molino que tenía su padre en Bolonto, al sur de Chile, fue bautizado por uno de sus amigos como "El Harinero". Juvencio, como Miguel, aprendió a comunicarse con su padre a través de su madre. También tenía un padre severo, poco amigo de las aptitudes literarias de su hijo. Fueron -y lo reflejaron en su producción poética- ecologistas antes de tiempo, cuando ni siquiera se conocía la palabra. Ambos, grandes amigos de Neruda. Sin embargo, se puede decir que ninguno mantuvo dependencia poética como consecuencia de esta amistad. De Miguel dijo Neruda que tenía un rostro de patata recién salida de la tierra. Al chileno lo bautizó como "Juvencio Silencio".
Miguel Hernández, en uno de sus poemas más conocidos se identifica con el barro: Me llamo barro aunque Miguel me llame./ Barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame. Juvencio Valle no se siente diferente a él: ...todavía mi origen/ tiene sus pies hundidos en el glorioso barro/ de que fui hecho;.../ del barro oscuro vengo: todavía me duele/ el cordón umbilical que me ata al surco.
No obstante, una de las inmensas diferencias entre ellos la marcó la muerte. Miguel, como sabemos, murió muy joven, aquejado por la enfermedad y por el incierto futuro de su familia, rodeado de la indiferencia y la desidia de sus carceleros. Juvencio murió después de cumplir los 98 años, alentado por el cariño de su esposa, hijos y nietos, luego de una vida plena en la que recibió el reconocimiento de su pueblo y sus autoridades (fue Premio Nacional de Literatura en 1966). ¡Que diferente final para dos poetas tan parecidos!
Se conocieron en Madrid, en 1938. Juvencio quería conocer la guerra por dentro. Provisto de un carnet de periodista, viajó a comienzos del mismo año. Al saber que iba a España, Luis Enrique Délano y Neruda le dieron cartas para sus viejos amigos. Desembarcó en un puerto de Francia, luego, a París. Atravesó en tren los Pirineos y horas después del trasbordo, ya entrada la noche, llegó a Barcelona. En la capital catalana conoció a Altolaguirre y a León Felipe, con quienes se reunía en un café para arreglar la guerra y el mundo.

Después de unas semanas viajó a Madrid. Ahí se encontró con los viejos amigos de Neruda y Délano, que ahora eran los suyos. Encontró cobijo en la sede de la Alianza de Intelectuales, en compañía de poetas, escritores y artistas que servían en la guerra desde el campo de la cultura. Amistó con Alberti, Antonio Aparicio, Cernuda, Aleixandre y otros, aunque la amistad que le tocó el corazón fue la de Miguel Hernández. Lo describe como un joven alto, de 28 años, desgajado en el andar; al moverse parece sobrenadar o rebasar del suelto traje que lleva. Viste como campesino, hijo de campesino; traje de pana y gruesos zapatones que crujen como el pasto seco. Habla a borbotones, -dice Juvencio-, cual el agua de una botella a fluir atropellándose por el gollete. Cabeza rapada al cero, rostro tostado al sol y grandes ojos verdosos, como de aceituna adobada. La armonía de sus movimientos, que es la del árbol que florece hacia todos lados, mirada a la distancia, resulta de una extraordinaria elegancia. Toda su estampa denota juventud y salud, deseo de cantar y de vivir.
También recuerda los días de jarana con el poeta pastor, la camaradería cómplice en el café o en la peña. En esas bulliciosas reuniones, -rememora-, animadas con representaciones improvisadas, discursos y cantos de líricos gorgoreos, a cada cual le corresponde aportar su ramito de laurel. Miguel canta canciones pueblerinas con una voz asordinada, como agua que va por entre terrones. Para algunos tiene cara de patata recién desenterrada; para otros le silba la avena en la garganta. Y todos le ven cubierto de hojas y de pájaros, mojado con luz del alba, silvestre o rural. Le hacen cariñosas burlas, se compadecen de su rebaño abandonado, de su zampoña y hasta de los suspiros y de los ayes de su pastora o su zagala. En realidad a Miguel Hernández le zumban los silbos en el cuerpo. Un abrazo demasiado fuerte, un apretón desmedido y sonetos y madrigales pudieran haberle aflorado a ras de piel. Habrían dado deseos de gritarle, por encima de la mesa: ¡Eh, Miguel, hasta cuándo, suelta ya los ruiseñores que traes en el bolsillo! Para quienes están en el fiel de la gran poesía, Miguel es el más joven de todos. Pero, a su vez, para quienes vienen más atrás, Miguel es el maestro. Él no parece percatarse de esta respetuosa pleitesía.
Entrañables para Juvencio, fueron aquellas tardes de tertulia con Miguel y Alberti en casa de Vicente Aleixandre. Y aquellos días en que, con Miguel, huían de la ciudad para evocar sus raíces. Salían a los campos, comían sandias, tomates, de aquellos que quedaban en las matas. Se tendían al sol. Me mostraba Miguel unos documentos que le habían dado sus jefes militares, -dice Juvencio-, que eran estrategas espontáneos. Miguel estaba en la Brigada de El Campesino y otros que en la lucha llegaron a ser generales. Recuerdo que uno de esos documentos decía: A Miguel Hernández este pasaporte, etc... y donde especificaba la profesión: "profesor de poesía". Nos reíamos mucho con ese título. Miguel adoraba la naturaleza, desde el alba hasta la noche conversaba con el trébol, tenía un corazón como una casa, soñaba a la sombra de su rebaño. Durante nuestros paseos solía trepar abrazado a los árboles.
"Lo vi partir muchas veces de Madrid hacia Orihuela, -continúa-, se iba canturreando aires de la tierra, componiendo coplas, haciendo chasquear su varilla. Iba con el húmedo corazón a flor de labio; avanzaba al encuentro de su mujer y su hijo. Desde allá se venía a la ciudad en los camiones de verduras, encima de lechugas y coles".
Al entrar las tropas franquistas en Madrid, Juvencio se trasladó a la Embajada de Chile. Vivió junto a los 17 republicanos que asiló Carlos Morla Lynch. En los primeros días de marzo del 39, acompañó a Miguel a entrevistarse con Morla para un posible asilo. Pero Miguel titubea, piensa en su esposa y en su Manolillo, que ya cumple dos meses. Además, señala Juvencio, en el carácter de Miguel Hernández estaba el no preocuparse de su situación penal y no ver el peligro sobre su persona. Él fue soldado del ejército de la República. Como ciudadano estaba obligado a serlo. En vista de la situación acuerdan que llegado el momento de la hecatombe final, se asile en la Embajada. Días después, Juvencio informa a Morla que Miguel no se asilará. Como sabemos, el día 8 de marzo durmió en casa de José María Cossío y al día siguiente emprendió el camino a Orihuela.

A comienzos de julio del 39, Juvencio sufrió un serio percance. En su calidad de chileno y de colaborador de la Embajada, circulaba con más o menos libertad. Pero un día, antes de entrar en la Embajada, lo detuvo un policía de civil. No le preguntó el nombre ni le pidió documento alguno. Sólo le exigió que lo acompañara a la Comisaría. Allí lo interrogaron, y para su desgracia llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con las gestiones que debía realizar para lograr la libertad de Miguel. De la Comisaría pasó a la Dirección de Seguridad y de allí a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.
-¿Qué tal la cárcel? le preguntó un día Luis Enrique Délano.
-Se me cayeron las lágrimas cuando entré en un pasillo inmenso, -contesta Juvencio-, donde había centenares de hombres tirados en el suelo, muchos de ellos sin un mísero colchón, en medio de una atmósfera cargada de olores, de humo, de emanaciones; una atmósfera densa, como para cortarla con cuchillo. Allí reinaban los métodos de Franco, es decir el maltrato, los puntapiés, las injurias, las bofetadas y...
-¿Los fusilamientos? apuntó su interlocutor.
-Exactamente, afirma Juvencio. Semanalmente sacaban a cuarenta o cincuenta personas, las alejaban de allí y las fusilaban. Sus huecos eran inmediatamente llenados con otros antifascistas que iban a purgar su crimen de haber defendido la República Democrática. A mi me tuvieron consideraciones gracias a la intervención de la Embajada de Chile, que se portó conmigo admirablemente. Me mandaron cama y comida todos los días, me puso un abogado y se condujo admirablemente. Sé que la Alianza de Intelectuales de Chile se preocupó de mi suerte, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, y estoy muy agradecido de todos. Miguel estaba en la cárcel de Torrijos. Yo podía ver esa cárcel desde la de Porlier, en que estaba yo. Estuve tres meses y medio, después me expulsaron.
-¿De qué te acusaban?
-De antifascismo, de mantener relaciones con escritores republicanos.
A finales de abril, Juvencio Valle fue puesto en libertad y expulsado de España. Le dieron 48 horas para abandonar el país. Regresó en un barco que zarpó de Marsella, en el que viajaban a Chile Fernando Echeverría, Antonio Hermosilla, Arturo Soria y Luis Vallejo, los cuatro primeros liberados de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid. Antonio Aparicio debía formar parte de la expedición, tenía su pasaporte listo. Un capricho franquista de última hora lo impidió.
"Fui a España, -recordaría Juvencio-, a ver la guerra civil. La vi, la sufrí y estuve arrepentido de haber ido. Era tan horrendo aquello. No he querido incorporar nada de eso a mi obra. Es demasiado ingrato".

1 comentario:

Felipe Sérvulo dijo...

Enhorabuena por tu blog. No eres el único que toca estos temas, pero seguro que pocos pondrán tu pasión y rigor.
Un fuerte abrazo.