miércoles, 15 de diciembre de 2010

Luis Enrique Délano. Sobre todo Madrid


A Poli Délano

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que Luis Enrique Délano era feliz en Madrid, donde trabajaba e incluso cantaba, (A las dos de la madrugada, en otra taberna, la de la Palma, donde todos cantamos, aunque parezca mentira Délano cantó canciones chilenas y yo argentinas[1]), donde escribía, compartía y aprendía. Sobre todo, aprendía a vivir. Todas las ciudades enseñan cosas. Yo lo he llegado a saber. Cada una de aquellas en que he vivido me dejó algo, un sedimento de calor, una lección de lo que es la resistencia humana, de lo que son los hombres frente a la alegría o en presencia de la dureza de la vida. Sobre todo Madrid. Precisamente así tituló uno de sus libros de memorias; Sobre todo Madrid. Aunque son varias las crónicas y artículos en que el escritor evoca esos años y esa ciudad. Uno de ellos, publicado a tres años de su regreso a Chile, lo inicia añorando la ciudad de acogida. Madrid vive en mí, con recuerdos que se hacen cada vez más tirantes, más urgentes. Recuerdos que se traducen en un afán de volver a ver la querida y gloriosa ciudad, y en un temor, bien justificado, por cierto, de encontrar un Madrid que no era el mío, el que mi corazón amaba.[2]

Délano conoció la ciudad de extremo a extremo. Desde el viejo Madrid, aquel en que vivió sus primeros meses en la calle de los Mancebos, el de las calles estrechas, de los Mercados, el Rastro, la Plaza de la Cebada, la calle de cuchilleros, hasta la Ciudad Universitaria, en ese entonces de reciente construcción. Muchas veces caminó, de regreso a su casa, por la calle de la Paloma, con posadas de tres siglos de antigüedad, en la que estaba el famoso Mesón del Segoviano, donde arrieros y turistas comían el mismo cocido a la madrileña. En ese Mesón había un viejo álbum en el que firmaban los forasteros de cierta categoría. Una noche, curioseando en él, Délano encontró los nombres de sus compatriotas: Joaquín Edwards Bello, Galileo Urzúa, Alfredo Lobos y Alfredo Condon, aquel funcionario chileno que recibió los primeros manuscritos de Residencia en la Tierra, cuando Neruda estaba aislado en Oriente.

Sin ser un asiduo de bares y cafés, Délano acudió más de una vez a aquellos lugares que se hicieron famosos por las reuniones y tertulias que en ellos se celebraban. El de la Granja de Henar, por ejemplo, donde iba muy a menudo Valle Inclán y donde podía encontrarse al poeta Rafael Alberti y al dramaturgo Jacinto Grau, o al café de la calle San Bernardo, que albergaba a don Antonio Machado, a Pío Baroja y los demás sobrevivientes de la generación del '98; la Cervecería de Correos, frente al Palacio de Comunicaciones, donde se reunía la peña de Federico García Lorca; Pombo, en la calle Carretas, cerca de la Puerta del Sol, en la que el protagonista era Ramón Gómez de la Serna; el café España, en el que se reunían los amigos de Neruda; la bodega oscura y pintoresca de Calatrava, donde conoció a Augusto D'Halmar y en la que servían unos caracoles guisados que sabían a gloria. Alguno de esos sitios fue más cercano al carácter de Délano. Es el caso de La Taberna de Pascual, en la calle de la Luna, donde se cantaba, se bebía buen vino y se podía estar la noche entera oyendo cantar a los otros; o la Taberna de Vicente, que se caracterizaba por sus tapas y por la rapidez con que llenaban los vasos puestos en hilera encima del mostrador. En los días en que el dinero era escaso, las cenas se hacían en un pequeño bar de la calle Hilarión Eslava, muy cerca de la Casa de las Flores. Por una peseta les servían un bistec con porotos blancos estofados y un vaso de vino y, lo más agradable del sitio, según Délano, es que no hacía falta avisar cuando iban a quedar debiendo el consumo. Bastaba con un leve movimiento de cejas para que el dueño del establecimiento comprendiera. Y así, cien y una taberna conocidas en aquel Madrid mágico. Y si había alguna que no se conocía, se descubría. Uno de los placeres del grupo de amigos era descubrir nuevas bodegas y sitios agradables.

Neruda descubrió una noche una taberna que tenía un nombre ilustre: Picasso, especializada en excelente vino añejo a dos pesetas la botella. La subían desde la cueva, chorreando telarañas. El secreto de este Picasso consistía en dejar descansar por años las botellas de vino corriente en su bodega. El tiempo iba dotando al vino de dulzor y categoría.[3]

Sin embargo, una de las calles de recuerdos más entrañable para Délano en aquel viejo Madrid, es la de la Fuente del Berro, y no por que allí hubiera algún café o taberna famosa por sus tertulias. En esa calle se situaba la Maternidad María Cristina, en la que el 22 de abril de 1936 nació Poli, su único hijo. El padre evoca el debate con su esposa por el nombre que debía llevar el primogénito. Cuando la encargada de estadística de la maternidad le preguntó qué nombre le pondrían, tuvo en los labios la palabra Policarpo. Era natural, así le comenzó a llamar Neruda y así le llamaban desde varios meses antes. Un gesto de Lola lo detuvo.

‑No le vamos a poner Policarpo... ‑dijo Lola.

‑¿No?

‑¡Cómo se te ocurre! Es un nombre muy estrafalario. Cuando grande nos maldeciría.

-¿Y qué diablos hacemos? Hay que inscribirlo ahora. Si no, será hijo ilegítimo.[4]

Lo inscribieron con el nombre de su padre: Enrique. Pero le llamaron Poli por siempre. Con los años, Poli se convirtió en un portentoso narrador y en el orgullo de sus padres. Además, contrariamente a lo que pudo pensar alguna vez Lola Falcón, nunca los maldijo por haberle dado ese nombre.

De la tierra en que pacen las bestias

y cuya superficie el viento dora,

de esa misma región hecha de lodo y hierba

ha venido a situarse entre mis brazos.

¡Cómo le espanta el viento de los trenes,

cómo lo sobresaltan los ruidos que empuja la noche!

Hay en mi pecho un temblor que se mete en mis huesos

cada vez que la pura frente alza y abre los ojos mudos.

En él que es de la tierra, los vientos se entrecruzan

y resbalan las roncas tempestades.

En él veo los rostros de generaciones distantes,

generaciones difuntas, con el cabello vencido

y ropas de ceniza que ya no se sostienen.

Veo lejanos seres de tierras congeladas,

navegantes, soldados, rubios exploradores,

Délanos decorados con encendidas barbas

cuyos huesos descansan al fondo del océano.

¡Ah camarada mío, en él me veo yo

como era, como soy, como seré en la muerte,

tendido, en abandono, hacia el aire los ojos!

Luego, cuando sonríe, ¡oh propicia ternura,

oh pedazo de tierra salvaje y silenciosa,

yo por esa sonrisa, por conservarla siempre,

daría hasta las últimas raíces de mi vida![5]

Lola Falcón y Luis Enrique Délano ya eran padres. Responsables y orgullosos padres. Quizá éste profundo sentimiento hizo que Luis Enrique, algunos años después, evocara con ternura la figura de una niña, que no tuvo la fortuna que tuvo su hijo:

La recuerdo como a una niña pálida, de cabellos y ojos oscuros, como los de su padre. ¿Los rasgos nórdicos de su madre no se reflejaron en ella? Pensándolo bien, quizá la forma de la cara era la de Maruca. La recuerdo en su cuna y en el cochecito en que su madre la llevaba al parque, el Parque del Oeste, que era el que quedaba más cerca de la Casa de las Flores ‑una especie de edificio Condesa del Madrid de esa época‑, donde vivía la familia... No hablaba, solamente miraba con sus ojos grandes y dulces, como asustados. ¡Y cantaba! Su madre, que era muy entonada, le había enseñado a cantar y la niña seguía la melodía de las canciones también con muy buen oído.[6]

Haciendo gala de su bien ganada fama de memorialista acucioso, recordaría en México a Malva Marina Trinidad, la única hija de Neruda, nacida en el turbulento y mágico Madrid de aquellos años.

*Extraído del libro "Luis Enrique Délano. Profesional de las distancias", (Inédito) de mi autoría.


[1]Raúl González Tuñón. Recuerdo de Miguel Hernández. Aurora de Chile Nº 13, Santiago, 4 de agosto de 1939. p.2.

[2]Luis Enrique Délano. Madrid. Revista Qué Hubo Nº 5, Santiago, 11 de julio de 1939. p.22.

[3]Ibíd.

[4]Luis Enrique Délano. Sobre todo Madrid. ob. cit.

[5]Luis Enrique Délano. El Hijo. La Hoja Verde, Nº1, Santiago, Marzo 1991.

[6]Revista Araucaria de Chile Nº 28, Madrid, 1984.

1 comentario:

Profe dijo...

Simpático lo del nombre de Poli. No tenía idea de que se llamara Enrique. Como su apellido es irlandés y él mismo tiene una cara sumamente irlandesa,(tal vez más que la cara), imaginaba un nombre exótico, tal vez algo así como Polycarp....