miércoles, 16 de diciembre de 2015


Entrañable reseña del académico José Manuel Camacho a mi libro.
Gálvez Barraza, Julio: Winnipeg. Testimonios de un exilio, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2014, 419 pp. José Manuel Camacho Delgado, Universidad de Sevilla. Anuario de Estudios Americanos, Vol. 72, Nº 2, julio-diciembre, 2015, (HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS) ISSN: 0210-5810. RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS. pp. 773-778
http://estudiosamericanos.revistas.csic.es/index.php/estudiosamericanos/article/view/666/669

Más de dos mil refugiados, casi todos españoles, llegaron a las costas de Valparaíso en el amanecer del 3 de septiembre de 1939, a bordo del buque carguero Winnipeg, al mismo tiempo que estallaba en Europa la II Guerra Mundial. Se trataba de un barco fletado por el gobierno de la República en el exilio, en una tentativa tan imposible como titánica de salvar del horror franquista al mayor número posible de españoles que quedaron a merced de las purgas del nuevo régimen político o atrapados en los campos de concentración del sur de Francia, a pesar de que muchos exiliados creyeron encontrar la libertad al cruzar los Pirineos. El Winnipeg fue recibido en el puerto chileno con los más altos honores ordenados por el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, quien unos meses antes había ganado las elecciones liderando el Frente Popular chileno. La travesía del Winnipeg desde las costas francesas hasta el puerto de Valparaíso está considerada como una de las grandes epopeyas del siglo XX, tal y como ha rastreado, de manera ejemplar, el periodista y escritor Julio Gálvez Barraza en este revelador libro.
A J. Gálvez ya lo conocíamos por libros importantes como Neruda y España (2003) o El aporte del exilio (2003). Para esta obra magna, importantísima en la bibliografía sobre la memoria histórica, ha recogido multitud de testimonios de los supervivientes o familiares directos de aquellos viajeros, que consiguieron llegar a Chile gracias a los esfuerzos del gobierno en el exilio de la República, pero también gracias a la labor ímproba realizada entonces por el cónsul especial para la inmigración española en Francia: el poeta Pablo Neruda. Con verdadera minuciosidad y rigor histórico, cuestionando mitos e informaciones interesadas, Gálvez rastrea la aventura marítima llevada a cabo setenta años atrás, sumergiéndose en los archivos, cartas, memorias, testamentos y otros documentos personales de los protagonistas, para esclarecer la singladura de un viaje que tuvo una dimensión política, humana y también, cómo no, poética. A través de siete capítulos y un apéndice en el que recoge el testimonio por extenso de dos de sus participantes, el autor recrea paso a paso todos los factores que intervinieron en el éxito de la expedición: el proceso de recaudación del dinero para fletar el barco, con las aportaciones importantísimas de asociaciones particulares de países como Argentina, Colombia, Uruguay y, especialmente, Suecia; la preparación del barco que dejaba de ser carguero para ser buque de pasajeros; la selección de los elegidos entre los republicanos confinados en los campos de concentración franceses —especialmente el de Argelès sur Mer—; la travesía del océano; el miedo de los pasajeros a caer en otra dictadura; el estallido de la Segunda Guerra Mundial; las penalidades del propio viaje; el perfil social y laboral de la mayor parte de los viajeros; las difíciles condiciones de adaptación al país de acogida; el éxito o el fracaso profesional de cuantos permanecieron en Chile; las tensiones políticas con los grupos profranquistas; las campañas de hostigamiento de los grupos más ultraderechistas; o el difícil retorno en los albores de la democracia o a lo largo de la matusalénica dictadura.
La obra, escrita con una gran sensibilidad literaria, está concebida con todo tipo de estrategias literarias, donde la narración del propio Gálvez va dando entrada a testimonios de ahora y de entonces, noticias sacadas de los periódicos, fragmentos de memorias, textos literarios que recrean la epopeya política del Winnipeg o la resolución (casi policial) de episodios que forman parte del imaginario popular a los que el escritor da una solución incontestable. La historia del Winnipeg comienza por el final, es decir, por la llegada del barco a Valparaíso, en medio del júbilo y los gritos a favor de la República de la multitud que abarrota el puerto. Sin embargo, no todo fueron vítores y banderas al viento. Desde que se supo que un barco de refugiados españoles estaba preparando su viaje a territorio chileno, las fuerzas sociales más conservadoras, en perfecta orquestación con los periódicos ultraderechistas El Mercurio y El Diario Ilustrado, articularon una campaña de hostigamiento hacia los exiliados, esgrimiendo todo tipo de falacias históricas y personales para crear un clima de miedo en torno a los recién llegados. Como noveló, a partir de los textos periodísticos de la época, el escritor Juan Uribe Echeverría en su obra Sábadomingo (1973): «llegaban una partida de desalmados ladrones, asesinos de monjas, de curas y de hombres de bien; incendiarios, profanadores de tumbas. Verdaderos chacales» (pp. 26-27). El argumentario tendencioso, apoyado por grupos de filofranquistas vascos y asturianos, acabó generando más de una trifulca y a punto estuvo de provocar una verdadera batalla campal en pleno puerto marítimo.
Tal y como ha investigado Gálvez, desde que en Chile se supo que Pablo Neruda estaba organizando el viaje del Winnipeg con el apoyo del presidente chileno, los sectores más conservadores del país se movilizaron en todos los frentes imaginables para que solo viajaran trabajadores y gente corriente, nunca intelectuales o artistas que pudieran ejercer una nefasta influencia en la sociedad chilena, inoculando el resentimiento con sus ideales revolucionarios y «prosoviéticos». La prensa conservadora se regodeaba en el aislamiento de la España republicana, maltratada por Francia e Inglaterra, ignorada por la Unión Soviética e incomprendida por los Estados Unidos. Es cierto que una buena parte de esos dos mil y pico viajeros contaba con una profesión tradicional, manual o artesanal, campesina o urbana, que podía ser aprovechada en la sociedad chilena, sin embargo, también viajaron intelectuales de toda condición, gracias a la intervención y la complicidad del cónsul especial, Pablo Neruda. Eso permitió que viajaran personalidades como Jaime Valle-Inclán (hijo del creador del esperpento), José y Joaquín Machado (hermanos pequeños de Antonio y Manuel), José Gómez de la Serna (hermano del artífice de las greguerías), numerosos periodistas españoles y corresponsales en España, escritores como Arturo Serrano Plaja o tipógrafos de la talla de Mauricio Amster.
J. Gálvez, con una enorme pericia investigadora, llega a cifrar en 1.108 (p. 115) los profesionales que viajaron en el Winnipeg, entre los que encontramos trabajadores de la industria pesquera, de la agricultura y ganadería, de la industria textil, de la construcción, del cuero y sus derivados, los metalúrgicos, de la industria gastronómica, de la minería, la ingeniería y otras profesiones. Gálvez ajusta la estadística hasta llegar a un total de 2.004 pasajeros —1.297 varones, 397 mujeres y 310 niños de ambos sexos—, lo que supone unos números tan incompletos como necesarios para sortear las trabas políticas y burocráticas que fueron surgiendo por el camino. A la mayoría se les dio un folleto informativo donde se explicaban nociones básicas de Chile, su geografía, riqueza, condiciones climatológicas, historia, etc. Esta diversidad de oficios y profesiones facilitó la integración de los exiliados españoles en su nueva vida, aportando técnicas avanzadas y un grado notable de especialización y profesionalización que fue muy valorado por la sociedad chilena.
Por razones obvias, Gálvez concede un papel central a la figura de Pablo Neruda, quien desde su participación en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas (1937) y el contacto directo con la guerra civil española, había asumido en su vida y en su obra un renovado espíritu combativo, con un claro compromiso político hacia los más débiles y los «caídos» en la contienda fratricida. Tras el triunfo del Frente Popular chileno, Neruda fue designado como cónsul especial por el propio presidente Aguirre, misión que estaría jalonada de obstáculos por parte de la diplomacia chilena —que lo veía como un intruso— y de los infiltrados franquistas —que lo consideraban un elemento subversivo—, sin olvidar las autoridades francesas, que parecían haber olvidado sus compromisos con los grandes principios de la Revolución de 1789. Neruda se lanzó a la labor titánica de recaudar fondos de todos los países amigos, al tiempo que sobre el terreno llevaba a cabo la selección de los españoles que podían viajar en el carguero Jacques Cartier, reconvertido en el buque de pasajeros Winnipeg. La preparación del viaje y la travesía del océano se cuentan en los capítulos 3 y 4 del libro. Ahí están desmenuzados los mecanismos que hicieron posible la selección de los pasajeros, la labor extraordinaria desarrollada por Delia del Carril (conocida como la «Hormiguita» y esposa entonces de Neruda) en todo lo relacionado con el acomodo y la intendencia de los niños pequeños en el barco. Neruda se encargó, entre otras cosas, de confeccionar los pasaportes para la entrada legal en Chile, donde el poeta despliega no solo una buena dosis de talento manual, sino también toda su sensibilidad como testigo privilegiado de una época trágica.
El Winnipeg zarpó de las costas francesas el 4 de agosto de 1939, gracias, entre otros apoyos, a las gestiones de Rafael Alberti y su mujer, María Teresa León. El barco llevaba también un buen número de refugiados latinoamericanos y brigadistas internacionales chilenos, rescatados por Neruda de la España bélica. El periplo marítimo del Winnipeg duró un mes completo y durante esos días interminables de navegación el buque se convirtió en un microcosmos flotante, radiografiado minuto a minuto por Gálvez. Asistimos al encuentro con los primeros barcos españoles en medio de la espesa niebla, barcos franquistas o atemorizados que no saludan en alta mar. Vemos cómo se organiza la vida sobre la cubierta, los encontronazos políticos entre comunistas, socialistas y anarquistas que se culpan de la derrota bélica, la creciente mejora en todos los engranajes que tienen que ver con la vida cotidiana en el barco: los horarios de comida, el reparto de camas, de letrinas, la creación de un servicio especial de biberones para los más pequeños, la música como entretenimiento para todos, los periódicos murales que dan buena cuenta de la ponzoñosa actualidad internacional, los mimos y payasos que distraen a los más jóvenes, los botes salvavidas convertidos en niditos de amor para las urgencias del corazón, las clases de historia chilena para preparar la llegada de los exiliados, los nacimientos y muertes a bordo, las dudas del capitán del navío y su intención de regresar a territorio francés, el abatimiento psicológico que se expande entre la tripulación ante la noticia del pacto de no agresión entre Hitler y Stalin o la tremenda humillación que viven los refugiados cuando no pueden atracar en varios puertos del Caribe por ser considerado un «barco de apestados».
Julio Gálvez nos ofrece una investigación tan imprescindible como brillante, una obra monumental en todos los sentidos, que es también un ajuste de cuentas con la amnesia que se ha instalado en la sociedad española, que parece haber olvidado aquella sentencia tremenda escrita por Juan Ramón Jiménez desde su exilio puertorriqueño: «España sale de España». Winnipeg. Testimonios de un exilio es ya un libro fundamental en los repertorios bibliográficos que tratan de aliviar el doloroso vacío con que la historia oficial ha tratado de maquillar los desgarramientos humanos de la guerra y la postguerra civil. Es, además, un título clave en esa formidable Biblioteca del Exilio que desde hace años publica la Editorial Renacimiento con el empeño y la sabiduría siempre afilada de su editor, el poeta Abelardo Linares.—JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO, Universidad
de Sevilla.

jueves, 28 de mayo de 2015

Colectividad Vasca de Chile en el Estadio Español

http://www.estadioespanoldelascondes.cl/noticia.php?seccion=1&depto=18&documento=73&informacion=4341
Socios asistieron a la presentación del libro Winnipeg, testimonios de un exilio



Durante la tarde del pasado viernes 8 de mayo se llevó a cabo, en la sala de teatro “Lope de Vega” de nuestra institución, la presentación del libro “Winnipeg, testimonios de un exilio”, del autor Julio Gálvez Barraza, y que fue organizada de forma conjunta por la Colectividad Vasca de Chile y el Departamento Social y Cultural de Estadio Español.
Al evento, que comenzó pasadas las siete y media de la tarde, asistieron una gran cantidad de socios e invitados de nuestra institución, entre los que se encontraban el presidente y vicepresidente de Estadio Español, señores Jorge Cacho y José Ignacio Cuesta, respectivamente, y el Consejero Laboral de la Embajada de España en Chile, Sr. Carlos Tortuero Martín, los que llenaron la sala de teatro “Lope de Vega”.
Para dar inicio a la presentación del libro, el cuerpo de danza de la Colectividad Vasca le ofreció a todos los presentes un “Aurresku”, que es baile de honor que se ejecuta a modo de reverencia, tras lo cual hizo uso de la palabra el Sr. Jaime Ferrer Mir, editor del libro, quien hizo una breve presentación del autor del libro, haciendo un repaso por su vida y obras, entre las cuales están: primer premio en el concurso internacional de ensayo Neruda; el ser americano, convocado por la Fundación Pablo Neruda (1998); primer finalista en la VI Edición del Premio Así Fue: La historia rescatada 2002, con su obra Neruda: aunque nadie recuerde, concurso convocado por la Editorial Plaza y Janés de Barcelona, España (2003); y el primer premio, categoría inédita, en el concurso “Escrituras de la Memoria”, convocado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, por su libro “Juvencio Valle. El hijo del molinero”.
Concluida la presentación de parte del Sr. Jaime Ferrer, fue el turno de dirigirse a los asistentes del autor del libro, Sr. Julio Gálvez, quien se refirió sobre el proceso de recopilación de antecedentes para la confección del libro, como también de varias historias relacionadas con el viaje del Winnipeg.
A modo de intermedio se ofreció una presentación musical por parte de la chistulari de la Colectividad Vasca de Chile.
La segunda parte de la presentación se basó en una serie de emotivos testimonios por parte de algunos pasajeros y de descendientes de estos, los que aportaron historias inéditas de hechos que sucedieron a bordo del barco, como también luego de su llegada a Chile.
La Colectividad Vasca de Chile ha facilitado su correo electrónico colectividad.vasca@gmail.com para que todos aquellos socios del Estadio y asistentes a la charla puedan enviar sus testimonios relativos al viaje del Winnipeg, los que se harán llegar al autor del libro.
Para finalizar el evento, el Coro Vasco le ofreció a todos los presentes un par de canciones, las que fueron coreadas con mucho entusiasmo.
Todas las fotos de la presentación están disponibles en nuestro portal de Flickr: http://bit.ly/librowinnipegenEE

sábado, 9 de mayo de 2015

Luis Enrique Délano. José Miguel Varas


En su libro Yo lo conocí, de 1965, el periodista Tito Mundt lo describió así: “Luis Enrique Délano tiene cara de noruego, de danés, de sueco, de cualquier cosa menos de chileno. Nació para la pipa, para el abrigo de cuero, para la chimenea lejana y para callar esas palabras que nunca se dicen en los muelles de todo el mundo. Uno no se lo imagina arrellanado, con cara de abuelo, en un viejo sillón, sino con la maleta de viaje al pie de un tren en marcha o junto a un avión con las hélices en movimiento”.
Uno no se lo imagina arrellanado…” La verdad es que, al escuchar su nombre o al recordarlo lo veo, precisamente, arrellanado en su casa de Cartagena haciendo pausados recuerdos. En todo caso, sentado. En la redacción de Vistazo, con la pipa en la boca, escribiendo a máquina velozmente, con dos dedos, como corresponde a todo periodista nacional. Había cierta incongruencia entre sus ojos azules, su bigote rubio-cano y su corpulencia de capitán de barco nórdico de cogote colorado por efecto de la intemperie (o del whisky), y aquel ambiente proletario de la Imprenta Horizonte, calle Lira 363, que hoy nos parece siglo XIX aunque era la realidad de las imprentas en Chile y en el mundo hasta los años 60 o 70: máquinas negras, humo, olor a tinta, aceite de máquina, a antimonio y plomo fundidos y a los ácidos del taller de fotograbado, manchas negras inevitables en las manos, en las caras, en los overoles de los obreros y en los originales de los periodistas. Aquellas emanaciones industriales, punzantes y masculinas, llegaban en oleadas desde el taller hasta la oficina desde donde Luis Enrique dirigía la revista Horizonte. Fumando su pipa, tosiendo en los secos inviernos santiaguinos, que aborrecía, allí estaba cada día el capitán, puntual, desde temprano por la mañana hasta que desaparecían los últimos jirones sangrientos de los crepúsculos de la calle Lira, sentado ante su escritorio atestado de papeles, escribiendo horas enteras sin pausa en la histórica Underwood; revisando lápiz en mano los originales manchados de los bisoños reporteros, discutiendo con ellos y explicándoles los motivos de cada una de las correcciones. O bien, en el taller, junto a las mesas de compaginación de cubierta metálica conversando con el jefe de taller, con los compaginadores, linotipistas, fotograbadores, tituleros, prensistas, correctores de pruebas y hasta con los humildes chongueros sobre horas de entrega, cuadratines, cíceros, tramas, temperaturas, ajustes, cartones de estereotipia, dudas ortográficas.
Y después, a la hora de la “choca”, sentado en su escritorio ante una jarra de fierro enlozado llena de té humeante en el que flotaban algunos palos negros o bien, en el boliche de la esquina, donde solía desplegar ante nosotros, los reporteros y redactores de Vistazo de aquel 1952 —Augusto Olivares, Alfonso Alcalde, Víctor Manuel Reinoso, Guillermo Carvajal— el tapiz maravilloso de sus historias de barcos y muelles lejanos, de bares con mujeres fatales, de las grandes pirámides aztecas, de lo que un día le dijo Picasso a Neruda, de cuando Huidobro fue candidato presidencial, de Einstein, de Frida Kahlo, Diego Rivera, del legendario comandante Carlos de la guerra civil española, de Paul Eluard o de Luis Alfaro Siqueiros, a quien llamaba “coronelazo”… O bien, el anecdotario de la crónica policial y la bohemia periodística en sus tiempos de El Mercurio y más tarde, de la revista Ecran.
Decir que era un buen conversador es poco decir, pero también sabía escuchar. Hacía que sus interlocutores, en la época que comento todos más jóvenes que él, se sintieran cómodos. Sin decirlo, nos alentaba a decir nuestras cosas, y a opinar, lo que no le impedía rebatir a veces con vehemencia pero siempre con respeto, las posiciones o las ideas erróneas. Una gran escuela de discusión abierta, clara y franca, sin denuestos. Su estilo de charlador no era, para nada, como el de otros escritores monopólicos, digamos por ejemplo Ricardo Latcham, que disertaba sin parar con malicia y erudición y a quien resultaba imposible interrumpir. Luis Enrique hablaba, sí, de buen grado, en un ambiente amistoso, con una poderosa capacidad de evocación y cierta manera de distanciarse de sus temas y sus personajes, entre nostálgica y humorística. En “Referencias Críticas” de la Biblioteca Nacional, encuentro en un artículo de Próspero esta caracterización de su escritura: “Hay en su estilo un gran reposo, un poco de nostalgia y cierta sutil ironía, que no hiere ni desentona, sino que atrae”. Así hablaba también.
Sentado lo veo también en una roca a los pies del acantilado de Cartagena, sobre el cual se alza su casa-buque, con la infaltable pipa en la boca, leyendo un libro que sostiene con la mano izquierda, mientras con la derecha sujeta la lienza en cuyo extremo el anzuelo cebado con gusano de tebo aguarda el bocado violento del tomollo costino o de la “vieja” de las rocas profundas.
Con los años, el reposo adquirió gran preponderancia en sus intenciones, como dijo Neruda de sí mismo. De su vieja casa de la calle Valencia, heredada por su hijo Poli, se trasladó a vivir al “buque” a la entrada de Cartagena viniendo de Santiago, cerca de la antigua estación del tren. Jubiló como periodista, pero siguió escribiendo con la regularidad y calidad de siempre sus columnas en El Siglo y Ultima Hora. Cuando lo conocí no era hombre de caminatas. No sé si alguna vez lo fue. Este era uno de los motivos de la discusión perpetua y amorosa, de acritud fingida, que sostuvo con Lola, su esposa, a lo largo de medio siglo. Ella era una caminante infatigable. La acompañé una vez en su circuito matinal, un día sábado, bajando y subiendo las colinas de Cartagena, con escalas breves, de compras, charla e información rápida, en la pescadería de la bajada frente al hotel de la señora Luisa Varas, en la verdulería de la Plaza, en un almacén cerca de la Playa Chica, en la puerta de una casita minúscula y muy bien pintada en la calle en alto paralela a la Playa Grande para dejar un recado a una compañera. En cada lugar era reconocida y bienvenida. Ella inquiría por la salud de la familia de cada cual, averiguaba las noticias y los rumores del día, pedía rebajas, etc. Era un recorrido de gran riqueza sociológica, con muchas estaciones. Una experiencia agotadora.
Luis Enrique prefería observar y trabajar sin moverse de su cabina. En el debate permanente entre ambos, Lola invocaba las virtudes higiénicas de la caminata. Luis Enrique replicaba con alusiones sarcásticas a los boy-scouts y u a vez recortó de una revista un retrato de Baden Powell, el fundador del movimiento scoutivo mundial, y lo pegó a la cabecera de la cama de Lola. Ella se manifestó agraviada, pero nunca lo retiró de allí.
Se conocieron en 1932 en Chonchi. ¿Por qué allí, precisamente?
Hacía poco que habíamos llegado de Francia, me contó Lola Falcón. Formaban parte de mi familia mi madre, mi padrastro, dos hermanas y un hermano. ¡Ah! Y dos perritos pekineses, que en esos tiempos causaban asombro en Santiago. Frecuentaban nuestra casa de la avenida Vicuña Mackenna, Isaías Cabezón, Tomás Lago, Diego Muñoz, Alberto Rojas Jiménez, Rubén Azócar… Cuando se acercaba nuestro primer verano en Chile, mi madre preguntó con inocencia: ¿Y donde se puede ir a veranear en este país? Rubén Azócar respondió instantáneamente: ¡En Chonchi! Y se lanzó a contar maravillas. Mi madre le dijo: Está bien. Entonces, Rubén, usted. que va para allá, haga que nos preparen un par de piezas para mí con las niñitas. Pero surgió un inconveniente. Se vivían aún los efectos de la larga crisis del año 1929, que se prolongaron en Chile hasta el 33. A Rubén, director del liceo de Quillota, no le pagaban todavía su primer sueldo, aunque habían pasado varios meses desde su nombramiento. No tenía ni cobre, por lo cual, a mi mamá le pareció natural anticiparle dinero suficiente para que pudiera viajar antes y organizar nuestro alojamiento”.
Así se fue anudando el destino. Tomás Lago fue hasta la estación Alameda a despedir al viajero y allí se encontró con Luis Enrique Délano, quién también viajaba al sur. Lago se lo presentó a Rubén y los dos se fueron juntos, conversando. Luis Enrique (“en esos tiempos era harto pobre”, dice Lola) había conseguido un pasaje de favor. Probablemente lo había recibido en pago de colaboraciones publicadas en la revista En Viaje, supone Lola. (Pero Julio Gálvez, erudito en datos biográficos, dice que no, que Luis Enrique escribió años después en aquella revista. Será). El plan de Délano era llegar hasta Ancud, donde tenía una conocida, Lala Cavada. Pero Azócar fue categórico, como siempre: Ancud no tiene ningún interés. Tienes que conocer Chonchi, ¡es la maravilla de las maravillas!
Délano se dejó convencer y en Chonchi conoció a Lola. “Empezamos a pololear al tiro, pero del modo como se estilaba en esa época. No fue un pololeo tan virulento como los de hoy día”. Se separaron enamorados. Ella lo fue a despedir al barquito que lo llevaría hasta Puerto Montt y en el tren, en el viaje de regreso, él le escribió una larga carta de amor, “muy bonita”, que le envió desde una estación del trayecto.
Lola: “Conservé esa carta muchísimos años. Luis Enrique me la quiso quitar más de una vez, pero no lo consiguió. Cuando yo se la leía en voz alta, me decía que era apócrifa”.
El noviazgo avanzó con rapidez y no sin algunos obstáculos, que no provenían de la familia de Lola sino de la de Luis Enrique.
Probablemente me consideraban una libertina. ¿Acaso no venía de Francia? Ya entonces, Luis Enrique sufría en invierno de las bronquitis que lo atormentaron toda la vida. Se quedaba en cama y yo iba a visitarlo a su pieza. Era un escándalo mundial. Otra vez fuimos por el día a San Antonio en un automóvil De Soto del tipo llamado roadster, de propiedad de Tomás Lago. Era un auto de dos asientos en cuya parte posterior existía una gran maleta. Al levantar su cubierta de metal, quedaban al descubierto y a la intemperie, dos asientos más. Allí íbamos Luis Enrique y yo, felices, tragando los vientos. Después de dar una vuelta en bote por la bahía, regresamos, ya tarde, borrachos de viento y de sol, con arena en los ojos y en los zapatos y más enamorados que nunca. A los pocos kilómetros se pinchó un neumático. No teníamos otro recurso que esperar, hasta que apareciera alguno de los escasos automovilistas de aquellos tiempos y nos prestara socorro. Llegamos a Santiago de vuelta a las mil y tantas. Esta vez el escándalo fue interplanetario. Quien los desataba era una de mis cuñadas que más tarde, con los años, iba a ser más que una hermana para mí”.
Se casaron pronto, a fines de aquel movido año de 1932 y, después de pasar unos meses en la casa de los padres de Luis Enrique, cerca del Parque Cousiño, se fueron a vivir a una casita en la calle Inés Matte Urrejola, muy cerca del cerro San Cristóbal. Esa calle tiene actualmente cierta nombradía porque en ella se encuentran los estudios del antiguo canal 9 de la Universidad de Chile, hoy canal 11 Chilevisión, y de Televisión Nacional. Pero en aquel tiempo era francamente extramuros, parte de la periferia suburbana de Santiago. En su libro Aprendiz de escritor, Délano describe así la casita:
Era una casita de dos pisos: el de abajo, al parecer una garconière de gentes a quienes jamás vimos. Por debajo de la casa pasaba un siniestro canal de unos cuatro metros de ancho, que corría a tajo abierto, sin ninguna protección para la gente. Desde la ventana del comedor o del dormitorio veíamos las aguas chocolatosas, a la orilla de las cuales, al otro lado de la calle, se alzaban pequeñas viviendas y rancherías. Yo no sabía cómo no se caían a cada rato los niños de estos pobladores. El canal arrastraba roda clase de cosas: ramas. basuras, animales muertos, perros, gallinas… Un día vimos un pato que nadaba alegremente por las aguas. Otra vez traté de salvar a un perro al que arrastraba la corriente, pero no fue posible: el agua se lo llevó. Para nosotros, el canal ofrecía cierta ventaja: la basura de la casa se tiraba desde la ventana de la cocina, sin intermediarios. Más de una vez de las aguas habían sacado cadáveres de ahogados o asesinados y llegaban jueces y policías a reconstruir los crímenes. Esto constituía verdaderas fiestas para los vecinos, que seguíamos todos los detalles del proceso”.
En los años 60, ya jubilado, Luis Enrique siguió participando activamente en su célula del Partido Comunista, en Cartagena. En sus viajes a Santiago conversaba a menudo con los dirigentes de entonces, Galo González, Oscar Astudillo, Orlando Millas, Luis Corvalán, Jorge Montes, Gladys Marín, Víctor Díaz (quien trabajó varios años como prensista en la imprenta Horizonte), José González, tantos más. En diversas ocasiones era llamado por la dirección para conversar, pedirle consejo, analizar situaciones. Cuando llegó el tiempo de la Unidad Popular, Salvador Allende lo sacó de su semi-retiro y lo nombró embajador en Suecia. Tuvo un desempeño, como siempre, eficiente y brillante. Le tocó estar presente representando a Chile, en la ceremonia de entrega del Premio Nobel a su amigo Pablo Neruda en 1971.
Durante los últimos años de su vida que pasó, exiliado, en Ciudad de México, Luis Enrique Délano tuvo un acompañante. Cada una de las páginas que escribía era escudriñada por la mirada vigilante del Licenciado Perico, su amigo y compañero. La convivencia entre Luis Enrique y el Licenciado durante el decenio de exilio mexicano fue cotidiana e intensa. Ambos trabajaban y comían juntos, no sin encochinamiento de manteles y dispersión de grumos y partículas de alimentos, porque los modales de Perico dejaban mucho que desear. En rigor, su papel de atento espectador no resultaba útil para el escritor en materias de redacción, sintaxis o estilo. Además, a ratos, se convertía en un agente diversionista. En las pausas del trabajo que el Licenciado imponía, emitiendo silbidos o sonidos cacofónicos desde su atalaya, Luis Enrique intentaba adiestrarlo en el uso del lenguaje, con expresiones breves y patrióticas como “Viva Chile”. Perico, que era mexicano, mantenía total  mudez. Por deferencia a su origen y a sus títulos, cada vez que lo instaba a repetir “Viva Chile”, Délano agregaba “Andelé, licenciado”. Perico, mudo. Así, largo tiempo. Por fin, después de muchos meses de cansada insistencia, al rogarle Luis Enrique por enésima vez: “¡Viva Chile! Andelé, licenciado”, éste se dignó responder, con gran énfasis: “¡Andelé, licenciado!”
Perico medía quince centímetros de la cabeza a la cola. Durante la jornada de trabajo se instalaba sobre el hombro izquierdo del escritor. En la gruesa hombrera de la chaqueta de tweed, sus garras aceradas habían deshilachado, desgastado, desflocado, deshilado y raído la tela de manera profunda, llegando casi al revés de la trama, como dijo Graham Greene. Era verde, —Perico, no la chaqueta— como corresponde a todo loro que se respete, y llevaba en las puntas de las alas algunas plumas azules, por elegancia. Sobre su gran pico curvo lucía una franja anaranjada. Según su filiación mexicana, era un “Perico Atolero”, lo que indica que tenía predilección por el atole, una especie de ulpo a base de harina de maíz que se bebe caliente.
El licenciado Perico murió en 1985, debido a las caricias demasiado toscas de un perro, poco después de llegar a Chile con Luis Enrique Délano, su compañera Lola Falcón y el hijo único de ambos, único, Poli.
Luis Enrique disfrutó poco tiempo del retorno que tanto soñaba. Murió ese mismo año, a los 78 años de edad, y nos quedó debiendo muchos relatos y crónicas. Dejó también sin escribir la historia de Perico, el Licenciado, como también las de Waikiki, Pelele, Zorrito, Poroto Pérez y otros perros históricos de diversas dinastías, además de gatos y monos, que formaron parte de su vida y de su familia.
La obra literaria y periodística de Luis Enrique Délano, que fue toda su vida un trabajador prodigioso, es caudalosa. Entre sus libros de cuentos, novelas largas y breves y reportajes se llega a más de veinte volúmenes. Se calcula que sus cuentos y artículos no incluidos en libros superan el millar.
Varias de sus novelas, llenas de acción y de color, han sido para mí inolvidables. Sobre todo La base, una recreación literaria de la vida y la muerte de Alicia Ramírez, la muchacha asesinada por la policía a raíz de los disturbios del 2 de abril de 1957; Viento del rencor, que se basa en los sucesos que siguieron al famoso episodio del “Baltimore”, cuando Estados Unidos exigió a Chile arriar su bandera como desagravio por un incidente portuario de taberna, en el que murió un marinero yanqui; El rumor de la batalla, que trata de la ignorada participación de voluntarios chilenos en la guerra civil española. Y sus estupendos libros de memorias: Sobre todo Madrid y Aprendiz de escritor, ahora reunidos en un volumen. Y sus cuentos…
A Luis Enrique le debo gran parte de lo que pueda saber de periodismo y de literatura y, en general de los seres humanos. Por sobre todo le debo la experiencia de la amistad fraternal del más noble de los seres humanos que he conocido.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Luis Enrique Délano y el extraño cementerio de Lofoten


Salvador Reyes ya era un escritor formado cuando Luis Enrique Délano comenzaba a dar sus primeros pasos literarios. El "capitán" de los imaginistas, nacido en 1899 en la nortina ciudad de Copiapó, residía en Santiago desde 1920, donde ejercía el periodismo. Pronto se hicieron grandes amigos y Luis Enrique pasó a ser un huésped casi diario de su casa en la Avenida Recoleta, en la que Reyes vivía con Inés Luna, su esposa y con su madre. Señala Délano que a esa casa habitualmente iban otras personas, escritores en su mayor parte, con quienes llegó a tener una buena amistad. Hernán del Solar, Ángel Cruchaga Santa María, Manuel Eduardo Hübner entre ellos. Una noche de primavera, en 1928, llegó a esa pequeña tertulia literaria uno de los no habituales y que llegaría a consolidar una larga y entrañable amistad con Luis Enrique. Se trataba de un joven sureño, vestido de negro y cubierto con el sombrero alón que destacaba a los poetas de la época. Por desgracia, -recuerda Délano en un Saludo a Juvencio Valle, publicado en El Siglo-, esa noche hablamos de muchas cosas, menos de poesía y Juvencio Valle, que era aquel jovencito, habló menos que nadie, permaneció empecinadamente silencioso y escuchando a los demás, como acostumbró a hacerlo durante toda su vida.
En una larga entrevista que hiciera en 1968, Jorge Teillier a Salvador Reyes para la revista Árbol de Letras, y ante la opción por escoger a cuatro poetas predilectos, Reyes señala a Baudelaire, a Tristán Corbiére, a Blaise Cendrars, cuya Semana Santa en New York le parece uno de los más dramáticos testimonios de solidaridad humana contemporánea y a un poeta, hasta ese entonces desconocido en Chile: Milosz, al cual conocí en la traducción de Augusto D`Halmar, llegando mi entusiasmo hasta el punto de copiar todo el libro a máquina en varias copias que hacía circular.
Délano se contó entre los amigos que recibieron copia de los versos del poeta lituano. Tal como le sucedió a Augusto D'Halmar y luego a Salvador Reyes, el asombro y la fascinación por esos poemas dejaron en él una huella inolvidable. En el prólogo a la traducción del francés de los poemas de Oscar de Lubisz Milosz, D'Halmar señala al lector: ...es el caso de parafrasear "la paz os dejo, la paz os doy", porque vas a oír repetirse en letanía y salmodia de sortilegio, las palabras esenciales y elementales como: Agua, Tierra, Árbol, Ortiga, Piedra, Pan; pero ¡cuidado con detenerse solamente y dejarse encantar por el sonido!
La publicación hecha en Madrid en 1922, era muy restringida, de sólo cien ejemplares. Los había editado el escritor y pintor español Gabriel García Maroto, quien posteriormente, durante la estadía de Délano en España, llegaría a ser uno de sus más cercanos amigos. De esa limitada edición, -señala Délano en su libro Aprendiz de escritor-, llegaron no más de dos o tres ejemplares a Chile, a mediados de la década del 20. Algunos poetas sintieron la fascinación de esa poesía que parecía venir como una letanía desde el fondo del tiempo, e hicieron copias a máquina de los treinta y un poemas, basados en elementos esenciales y que resonaban como una extraña y misteriosa música. Salvador me prestó una de esas copias dactilografiadas, que leí con una sensación parecida a la angustia, y a mi vez, copié. Creo que desde entonces me acompañan los poemas de Milosz (desde 1948, en una nueva edición, que se hizo en Chile)1 y a menudo los tomo y releo la "Sinfonía de noviembre", "La reina Karomamá", "La berlina detenida en la noche" o "Lofoten", uno de los más extraños, nostálgicos y hermosos poemas de esta antología:

Vosotros desaparecidos, vosotras suicidas, vosotras lejanas
en el cementerio extranjero de Lofoten
-el nombre suena a mi oído extraño y suave-
¿dormís, verdaderamente, decidme, es que dormís?

Ustedes podrán reírse de mí, pero ese lugar, Lofoten, se me metió en el corazón.

Muchos años más tarde, siendo embajador de Chile ante los países nórdicos, Luis Enrique Délano tuvo la oportunidad de visitar Lofoten. A mediados del mes de julio de 1973, durante unas breves vacaciones, acompañado de su esposa, cumplió el viejo sueño. Al segundo día de su estancia en la isla, preguntó dónde estaba el cementerio, dónde estaba la zona de los féretros pobres de Lofoten. Después, como todo buen viajero, constató por sí mismo las licencias poéticas del lituano.
El poeta inspirador del viaje a esa remota región había hablado del cementerio extraño de Lofoten, como si hubiera sólo uno. Posiblemente Milosz no conocía el lugar. Lofoten no es una isla, es todo un pequeño archipiélago. Es de suponer entonces que hay más de un cementerio. Délano concordó con su esposa que tenían que elegir uno para visitarlo, uno cualquiera, y ninguno mejor que el de Svolvaer, la capital de las islas. Bajo el sol del verano noruego, encontraron un plácido y primaveral cementerio, como un jardín florido y no el del débil viento de voz de niño y los graznidos de las gaviotas que, con las sirenas de los barcos, son las únicas voces que rompen el silencio pétreo y marino de Lofoten. Era tal el jubilo por realizar un viaje añorado durante tantos años, que desde Svolvaer envió cartas postales a su hijo, Poli, y a sus más cercanos amigos; todas ellas contenían la primera estrofa del poema de Milosz:

Todos los muertos están ebrios de lluvia vieja y sucia
en el cementerio extraño de Lofoten.
El reloj del deshielo tictaquea lejano
en el corazón de los féretros pobres de Lofoten.

En el Diario de Estocolmo (LOM, 2010), meticulosamente escrito durante los tres años que duró su misión diplomática en Suecia, Délano justifica su viaje a las islas con un entrañable e inocente argumento:
¿Por qué Lofoten? Es un viejo sueño. Tengo 65 años pero en algunas cosas sigo siendo igual que cuando tenía 20 y leía, en un cuaderno que me había prestado Salvador Reyes:
Y gracias a los agujeros abiertos por la negra primavera
los cuervos están cebados de fría carne humana;
y gracias al débil viento de voz de niño
el sueño es grato a los muertos de Lofoten.

Por eso Lofoten, nada más que por el poema de Lubisz Milosz. Años después leí un artículo sobre Lofoten, creo que en el National Geographical Magazine, donde aparecía la fotografía de una bahía con miles de barcos de pesca. Y desde entonces. ¿Cómo no ir ahora que estoy más o menos cerca, tres o cuatro horas de avión más cinco o seis de barco?

Y aunque Lofoten dejó de ser una tierra desconocida para él, durante el resto de su vida recordó entrañablemente los agudos gritos de las gaviotas que poblaban las islas, las montañas negras con picos agresivos y siniestros, las escarpadas paredes de roca de los fiordos y las viejas empalizadas donde los pescadores ponían a secar el bacalao.
Julio Gálvez Barraza
1 La publicación a la que alude Luis Enrique Délano (colección Las Pléyades, Santiago de Chile, 1948) también fue una edición limitada a sólo 200 ejemplares. En el año 1953, la Editorial Nascimento hizo un lanzamiento considerable de la traducción de Augusto D'Halmar.
El Winnipeg en Sinopsis, de Youtube.
https://www.youtube.com/watch?v=4pE4ouA98VA

miércoles, 28 de enero de 2015

Cazarabet conversa con Julio Gálvez Barraza

La Librería de El Sueño Igualitario

winnipeg.jpgCazarabet conversa con...   Julio Gálvez Barraza, autor de "Winnipeg. Testimonios de un exilio" (Renacimiento)
Un libro desde la pluma de Julio Gálvez Barraza desde la colección Biblioteca del Exilio de Editorial Renacimiento.
Cada vez que visionamos películas como La Lista de Schindler nos emocionamos de manera particular y unánime. No creo ser especial si digo que una de las partes de la película que más me emociona es cuando al final el magnate OskarSchindler, venido a menos y arruinado, se despide de “sus trabajadores” en el andén, justo antes de marcharse, vestido junto con su mujer de prisionero nazi ….la escena tiene una fuerza sin igual….y te salpica la emoción al ver cómo de impotente se siente por no poder haber salvado ni una vida más……..Oskar Schindler estaba , ya, tan rebasado por la inmundicia humana en la que se había bañado año tras año…por esa hipocresía que el ir llegando al mundo más real, el de sin máscaras .le produce una reacción más allá de lo humano…es cuando se produce algo parejo a la catarsis……..Vamos a dejar a Schindler con sus rémoras….y vamos a acercarnos a otros Schindler que actuaron , en este caso, en la Guerra Española motivados por las ideas, por la razón humana, por la compasión….o por todo un poco, no importa….porque lo hicieron bien…. porque salvaron vidas y esas vidas, de alguna manera, son directa o indirectamente propulsoras de muchas más vidas, iniciativas y proyectos y eso es lo que nos hace  a todos un poco más grandes y más humanos…..nos retroalimentamos de estas valentías y de estas conductas….
Neruda, el poeta chileno, el gran domador de versos y palabras….aquel poeta de una casa en Valparaíso que murió en Chile a los pocos días de iniciada la andadura de la dictadura de Pinochet…seguramente que, para no ver más desastres a manos de dictadores traidores…pues ese poeta fletó, con la ayuda del diplomático español Rodrigo Soriano un barco el Winnipeg que salvó a unos 2000 españoles de la dictadura franquista y quien sabe de cuántos males y atropellos…Esta es la historia, desde la pluma , la investigación y la conducción  de Julio Gálvez Barraza , de un barco, de sus valientes valedores y de todos un poco porque todos tuvieron  responsabilidad de que todo saliese un poco bien, aún en tiempos tristes y pleno de desesperación…..
Hace falta leer este libro porque con él nos reencontraremos con la dignidad de llamarnos humanos.
¿Qué nos dice Renacimiento del libro?
«La aventura del barco “Winnipeg” constituye una de las odiseas marinas más impactantes del siglo pasado. Julio Gálvez Barraza, autor de Neruda y España (2003), sigue la estela de la embarcación en el presente ensayo, parte de la literatura testimonial. No deja rastro por seguir, entrevista a los sobrevivientes de los hechos acaecidos hace más de setenta años, se sumerge en archivos, cartas y documentos; husmea, deduce, relaciona y excluye el criterio sentencioso para dejar la ventana, o el ojo de buey, abierta a otras investigaciones. Su documentado estudio no soslaya –imposible hacerlo– la participación en los hechos del cónsul especial para la inmigración española, Pablo Neruda, considerado por este solo suceso un héroe civil, un humanista y un luchador por la causa de los derechos fundamentales. Dice el poeta en sus memorias que la crítica puede negar toda su poesía, pero la empresa homérica del “Winnipeg” no la borra nadie. […]
A Chile llegaron, en edad adolescente, Roser Bru, José Balmes, el crítico y caricaturista Antonio R. Romera, el diseñador Mauricio Amster, el profesor Eleazar Huerta y el dramaturgo José Ricardo Morales, uno de los fundadores del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, en 1941, a quien le escuché en una clase del Pedagógico decir que los del “Winnipeg” habían venido no a hacerse la América, sino a contribuir a que América se hiciese».

Mario Valdovinos, Revista de Libros. El Mercurio
El autor, Julio Gálvez:1426404_10202471685014860_216196990_n.jpgJulio Gálvez Barraza (Santiago de Chile, 1949). Escritor, ensayista, especializado en el exilio republicano español a Chile. Residió en Castelldefels (Barcelona) desde 1973 hasta 1995. En 1990 fue galardonado con el primer premio Sant Jordi, Narrativa Castellana de Castelldefelspor el cuento Los muertos no se venden. En 1998, en Chile, obtiene el primer premio en el Concurso Internacional de Ensayo «Neruda, el ser americano», convocado por la Fundación Pablo Neruda, por su ensayo biográfico Neruda: Testigo ardiente de una época.
En septiembre de 1999 participa en la organización de los actos conmemorativos de los 60 años de la llegada del «Winnipeg», patrocinada por el Centro Cultural de España en Chile. En junio de 2001, bajo el patrocinio de la Embajada de Chile en España, se presenta en Madrid la propuesta poético musical Neruda vuelve a la Casa de las Flores, de la que es coautor. En enero de 2003 fue el primer finalista en la VI Edición del Premio Así fue. La historia rescatada 2002, con su obra Neruda: aunque nadie recuerde, concurso convocado por la Editorial Plaza y Janés de Barcelona, España. En octubre del mismo año, en Chile, obtiene una Mención Honrosa en el concurso Premio José Nuez Martín y Centro Cultural de España, por su trabajo El aporte del exilio. En diciembre de 2003 la Corporación Sintesys y la Fundación Delia del Carril presentan su libro Neruda y España (Santiago de Chile, Ril Editores). En septiembre de 2004, en Barcelona, coordina los actos conmemorativos de los 65 años de la llegada del «Winnipeg» a Chile, organizados por el Consulado de Chile en Barcelona y el Instituto catalán de Cooperación Iberoamericana. En noviembre de 2010, en la 30º Feria Internacional del Libro de Santiago, participa como panelista en «Los cien años de un poeta. Homenaje a Miguel Hernández», organizado por la Consejería Cultural de la Embajada de España en Chile y la Fundación Pablo Neruda. En diciembre de 2012 es galardonado con el 1º Premio, categoría inédita, en el concurso «Escrituras de la Memoria», convocado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, por su libro Juvencio Valle. El hijo del molinero. En el mismo concurso es acreedor de la Primera Mención Honrosa por su libro Winnipeg. Testimonios de un exilio.
Ha ofrecido innumerables charlas y conferencias en Chile, España y Suecia, sobre Neruda, el «Winnipeg» y sobre los escritores Luis Enrique Délano, Juvencio Valle y Miguel Hernández. Ha publicado artículos en diversos periódicos y revistas chilenas, en algunos medios españoles y en varias páginas de Internet.
Un poco la historia del barco:
EL WINNIPEG, el barco fletado por el poeta Pablo Neruda(junto con el diplomático español Rodrigo Soriano) para auxiliar a los republicanos y defensores de la II República Española…siempre está bien recordar la figura del poeta chileno…
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74402242.jpg-Julio, el Winnipeg pasa de ser un “barco – escuela” de la CGT francesa a un barco refugio… ¿cómo fue el camino? ¿y qué destacarías del Winnipeg como “barco-escuela” y el Winnipeg como refugio y tabla de salvación para muchos republicanos españoles?
-En mi libro hay un capítulo dedicado a la historia del “Winnipeg”, desde su construcción en los astilleros de Dunkerque, en 1918, con el nombre de "Jacques Cartier", hasta su hundimiento, la noche del 22 de octubre de 1942. El convoy del que formaba parte el “Winnipeg II” fue atacado por submarinos alemanes, entre ellos el U443, al mando del capitán Konstantin von Puttkamer, quién fue el que lo torpedeó haciendo blanco en el casco del paquebote.
El barco se botó en 1919 y su labor como “barco-escuela” corresponde a una práctica de la época que consistía en “rodar” al barco a la vez que se usaba como práctica de los jóvenes oficiales de la compañía armadora. En esos viajes, la joven oficialidad en prácticas, también prestaban un servicio en la observación meteorológica.
Sin embargo, el traslado de los exiliados republicanos españoles fue lo que hizo célebre a este navío, que a diferencia de otros barcos que también transportaron republicanos a América, tuvo un poeta que cantara su odisea y, como dice el doctor Castanedo, Pablo 
Neruda hizo crecer la leyenda del Winnipeg. Además de eso, esta nave tiene otros hechos destacables, entre ellas el haber sido un paquebot mixto construido para no más de ciento cincuenta personas y su reacondicionamiento permitió llevar cerca de dos mil quinientas personas, entre pasajeros y tripulantes, fue, por otro lado, el barco que mayor número de pasajeros llevó en un viaje y, por último, en el que durante el viaje nacieron dos bebes, un niño y una niña.
-Julio, eres un experto en el exilio español: ¿qué aporta de particular la “aventura” del Winnipeg al concepto de exilio…?
-Eso de que soy un experto en el exilio español corre por tu cuenta. Si tuviera que resumir un eventual aporte al concepto del exilio de la aventura del Winnipeg, buscaría la noción más básica, la más elemental de las lecciones, y es que los exilios, las transmigraciones, en general son positivas si están organizadas. El exiliado político, el emigrante económico, no opta voluntariamente por el abandono de su tierra, de su familia, de sus amigos. Es un ser condicionado, obligado a buscar su vida en otro sitio y, muchas veces, en ese otro sitio se encuentra con una realidad muy distinta a lo que había soñado o a lo que le habían contado. Además de empezar de cero, muchas veces tiene que luchar contra el desprecio y la intolerancia de los demás. Sé, me consta, que el exilio de los republicanos españoles, (por lo menos a Chile), fue distinto a eso. Por esta razón su integración y su aporte a la nueva sociedad fue mucho más rápido y positivo. El Winnipeg es el símbolo del exilio republicano español a Chile, pero antes y después de este barco, llegaron varios cientos de exiliados. Toda esta emigración se produjo de una forma organizada, en la que participó el Gobierno, los intelectuales y el pueblo chileno. Por tanto, deduzco que, mientras más organizados sean los exilio, mientras más se practique la palabra solidaridad, más positivos serán ambos; para los inmigrados y para la sociedad receptora. Aunque sigo pensando que lo deseable es que nunca un ser humano tuviera que abandonar su tierra por motivos políticos y económicos.
valpawinnipegok.jpg-Sí, te has acercado al exilio como fenómeno tomándolo en diferentes perspectivas y dimensiones, pero lo has hecho, también, al poeta Neruda porque fue uno de las personas que fletó el barco para auxiliar a los defensores de la II República….acércanos, por favor, Julio a ése Neruda comprometido con la causa republicana…
-Pienso que el orden de los factores es diferente. Primero me interesó la poesía de Neruda y luego su trayectoria vital, como poeta y como persona. De ahí que mi primer libro sea una biografía del poeta (Neruda y España, 2003). Después, cuando comenzó mi exilio en España, apareció mi interés por la odisea del Winnipeg y del exilio republicano español en ChileDe Neruda me interesó, sobre todo, esa evolución que desarrolló en la España de la pre guerra y los años siguientes. Como sabes, el poeta llegó a España en el año 1934, con un creciente genio poético, pero con poco conocimiento sociopolítico. En la España convulsionada y cambiante de aquellos años y en los meses en que vivió la guerra civil, hasta el II Congreso de Escritores Antifascistas, Neruda vivió su propia metamorfosis. A partir de esa experiencia, el poeta que regresó a su país en 1937 fue muy distinto del que unos años antes había salido de Chile. El poeta que regresaba, a su llegada fundó la Alianza de Intelectuales de Chile, que aparte de unir a sus pares, tuvo una fuerte incidencia en la elección del Presidente Pedro Aguirre Cerda, representante del Frente Popular; fue fundador y director de la revista Aurora de Chile, órgano de la intelectualidad de aquella época; realizó gestiones en favor de los refugiados españoles y organizó el viaje del Winnipeg, según él su más bello poema.
-Explícanos, Julio, ¿cómo ha sido el proceso de documentación para hacer este libro; cuánto tiempo te llevó? ¿Y cómo fue la metodología de trabajo?, teniendo en cuenta que el presente ensayo aúna y suma entrevistas, mucha búsqueda de material, como decíamos, el proceso de documentación, la investigación y las relaciones y deducciones que de todo trabajo y proceso de investigación se derivan….
-Tengo, necesariamente, que comenzar por decir que mis estudios formales van más por el lado de la construcción, que por el área de la investigación histórica. Incluso en el oficio de escritor, soy autodidacta. También añado que creo tener un especial talento para “descubrir la pólvora”, es decir, disfruto cuando en la recopilación de datos y documentos, en la organización de archivos y en la preparación de entrevistas, descubro que estoy usando métodos que se enseñan en las universidades y que son antiguos y archiconocidos, pero que en mi caso los he aprendido solo. Esas características, sin duda, sólo te las puede dar la lectura, indiscriminada y cuantiosa.
En el caso de éste libro que hablamos, el proceso de escritura fue corto y relativamente fácil, más que nada porque el proceso de recopilación de testimonios y documentos, sin saber todavía que serían para este libro, lo vengo realizando desde hace más de veinte años. Sobre metodología de trabajo, no sabría qué decirte, sólo lo hice. Recuerdo que hace años atrás leí una entrevista que le hacían a la escritora Isabel Allende y contaba que cuando en España iban a editar su primer libro, le preguntaron por el tono y por otros términos del oficio y la autora de La Casa de los Espíritus, llena de risa, contestaba que en ese momento no tenía idea de qué es lo que le hablaban. Cuando en 1998 participé con un trabajo en un concurso de ensayos convocado por la Fundación Neruda, yo ni siquiera tenía muy claro en qué consistía este género tan ambiguo llamado ensayo. En este concurso participaron los más connotados nerudianos; pero yo gané el concurso. Y todo este cuento no es soberbia, es sólo una forma de contestar una pregunta que habla de metodología, proceso de investigación, etc. y no sé cómo contestar. Esto para mí es como nadar, simplemente nado, no me preguntes que estilo practico, porque estoy más preocupado de flotar y avanzar, que de saber el nombre del estilo.
19046_1173658235431_1647310965_493333_3365664_n.jpg-¿Tenía como más facilidades para “tocar según que resortes” que llevaron a la salvación a refugiados españoles…Pablo Neruda al ser, en aquellos años, Cónsul General para la Inmigración Española?
-Tendríamos que enfocar esta pregunta de una manera inversa. Neruda, consciente de las dificultades que le traería esta labor, primero se hizo nombrar, por el Gobierno chileno, Cónsul Especial para la Inmigración Española para, precisamente, poder “tocar muchos más resortes” que le facilitaran su labor. Sin embargo, es bien sabido que las dificultades vinieron de organismos y personas que tenían el deber de facilitar su labor, como algunos personeros de la Embajada de Chile en Francia; la notoria división de grupos y partidos políticos de los españoles en el exilio; la intransigencia e impaciencia de muchos de los refugiados, incluso, la burocracia del propio gobierno del Frente Popular en Chile. Sin embargo, es de justicia decir que también tuvo valiosos colaboradores, como el Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados (CchARE), del cual formaban parte personalidades de los distintos partidos políticos que integraban el Frente Popular; el Partido Comunista de Chile, principal impulsor y sostenedor de la voluntad de llevar republicanos españoles a su país; el mismo Rodrigo Soriano, Embajador de la República en Chile; Luis Enrique Délano, periodista y director de revistas y medios, que sostuvieron una prolongada campaña de prensa para concienciar a la gente en la solidaridad con la España republicana. Hay en esta odisea muchos héroes anónimos que aun no están reconocidos. Algunos de ellos aparecen en mi libro.
- ¿Fue Neruda un héroe humanista lo suficientemente reconocido? Son muchos los que conocen la valía de Neruda como poeta, pero este chileno era ante todo un ser humano muy, muy comprometido con la humanidad y con sus derechos….un luchador por las causas perdidas(o por lo que podíamos conocer como “causas perdidas”)… ¿qué nos puedes comentar?
-En Neruda se da un fenómeno curioso, es un personajes públicos que concita odio o amor, no hay término medio, no te deja indiferente. A partir de ahí, las opiniones del público lector (incluso los que no lo han leído) y de los críticos, corresponden a este enunciadolo alaban o lo denostan. Los ataques al poeta vienen por diferentes motivos, no hay consenso en eso. Algunos lo critican por su faceta lúdica, otros por su afición a la gastronomía, por sus amoríos y por sus matrimonios, y más de una vez he escuchado decir de él que “era un buen poeta, pero lástima que fuera comunista...”.
Sin embargo, aparte de su inmensa genialidad poética, fuera de toda discusión, Neruda fue, como hemos dicho, un organizador de sus pares, un gremialista, un parlamentario defensor de los trabajadores mineros, un solidario con los republicanos españoles, un excelente diplomático, un poeta noble y casamentero (se dice que cuando ganó el Premio Nacional de Literatura, en 1946, compartió el dinero con su amigo, el poeta Ángel Cruchaga Santa María, que se casaba con su ex novia, Albertina Azócar); un buen amigo para con sus amigos (también fue feroz enemigo con los que le hacían mal). En el año 2004 se cumplieron cien años de su nacimiento. En diversas ciudades del mundo se organizaron eventos conmemorativos. Su poesía se celebró con seminarios y con nuevas ediciones. Sin embargo, para los medios de derecha, que son los mayoritarios, la noticia fundamental del centenario nerudiano fue que encontraron la sepultura de su hija, nacida con hidrocefalia y muerta a los ocho años de edad y el muy comentado mal comportamiento que tuvo para con ella.
Scan0001[1].JPG-Aquellos que salvan una vida…salvan la humanidad…..De esta epopeya del Winnipeg salieron con vida personas que, muy posiblemente, no hubiesen sobrevivido de no haber tomado el exilio…Por ejemplo, a Chile llegaron Roser Bru, José Balmes, Antonio R Romera (crítico y caricaturista), Mauricio Amster (diseñador), el profesor Eleazar Huerta o el dramaturgo, José Ricardo Morales (cofundador del Teatro Experimental de la Universidad de Chile). Además de humanamente, que es lo que importa…salvando a estas personas se contribuyó, y mucho, en el devenir humano, cultural del mundo…coméntanos.
-Si lo ves desde una perspectiva de hoy, parece exagerado decir que para muchos de los refugiados que estaba en los campos de concentración de Francia, embarcar en el Winnipeg o en el Sinaia o en otras naves que les llevaban a América, significaba la vida o la muerte. Era así, y el caso del poeta Miguel Hernández, como miles de otros casos de fusilamientos en la postguerra, lo demuestran.
Es cierto que estos exiliados que nombras, y muchos otros, si bien no podemos decir que salvaron vidas, en el sentido literal, si contribuyeron mucho al desarrollo del Chile de aquella época. Uno de los capítulos de este libro destaca precisamente eso, el aporte de los republicanos españoles al país que les dio cobijo. También explico esto en un largo artículo que circula en la Red. ( http://clio.rediris.es/exilio/chile/exilioenchile.htm)
-¿Qué principales hombres y mujeres…aportaron a la humanidad su “particular don” a partir de ser salvados por el Winnipeg…?
-Es una pregunta amplia ya que son muchos los nombres de pasajeros del Winnipeg que entregaron un gran aporte y fueron personajes destacados en la sociedad chilena. Sin embargo, me gustaría destacar la labor de uno de aquellos pasajeros, del que se habla muy poco y que de verdad, sí que salvo la vida de Pablo Neruda. Con esto devolvió la mano por lo que el poeta había hecho por él y su familia. Se trata de mi amigo Víctor Pey Casado, (esta entrevista tendría que haber sido grabada, ahí notarías el orgullo y el énfasis de mi voz cuando digo “mi amigo”), quién refugió al poeta en su casa, cuando a Neruda lo buscaba toda la policía chilena, por encargo del presidente traidor Gabriel González Videla. Pey lo asiló y luego, al ver que los intentos por sacar a Neruda del país fracasaban, organizó un proyecto de evasión que resultó exitoso y así, el poeta clandestino, logró llegar a París y se presentó en un mítico Congreso Mundial por la Paz. También Pey fue muy amigo del Presidente Salvador Allende. Cuando triunfó la Unidad Popular y Allende llegó al palacio de La Moneda, llamó a Víctor Pey para que fuera su colaborador en las sombras, sin cargo oficial. Pey y el abogado Joan Garcés fueron los dos colaboradores españoles de Allende durante su mandato. Luego del golpe de Estado, de la muerte de Allende y de todo lo que sabemos, Víctor Pey y Joan Garcés crearon en España la Fundación Presidente Allende quien fue la que, en julio de 1996, interpuso ante la Audiencia Nacional de España una querella contra Augusto Pinochet y otros, por los presuntos delitos de genocidio, terrorismo y torturas cometidos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. Solicitaron en ella su detención y el embargo de sus bienes para garantizar el pago de su responsabilidad civil. En octubre de 1998 la Fundación solicitó la detención de Augusto Pinochet a efectos de su extradición, que fue otorgada por el Juzgado y ejecutada en Londres con los resultados que todos conocemos. Pienso, al recordar estos datos, que una vez Pey me contó que él y su familia viajaron en el Winnipeg gracias a un cupo personal de unas cien personas, que se reservó Neruda. El poeta, directamente, los eligió para asilarse en Chile. Creo que nunca la palabra vate (el que vaticina, usada como sinónimo de poeta) había tenido tanta validez como en el caso del poeta Pablo Neruda al seleccionar a los pasajeros.
juliogalvezymarcosana.jpg-¿Que muchas de esas personas se dedicasen al mundo del arte, la cultura…a qué lo atribuyes…?
-Primero he de decir que, tomando en cuenta un pasaje de alrededor de 2.350 personas, más los refugiados que llegaron antes y después del arribo del Winnipeg, que podrían sumar unos cinco mil republicanos españoles en el transcurso de pocos años, (algunos investigadores cifran la cantidad en  tres mil quinientas personas), podría resultar engañoso decir que “muchas” de esas personas se dedicaron al mundo del arte y la cultura. Si pudiésemos que hacer un cálculo porcentual de la cantidad de exiliados que se dedicaron al mundo del arte y la cultura, no creo que llegásemos ni a un 5%, un porcentaje bastante cercano a lo que se da en cualquier sociedad. Esta creencia sobre las “muchas” personas con esta dedicación se puede deber a que el mundo de las artes y de la academia deja mucho más registro, en forma escrita o audiovisual, que el mundo de los oficios o del comercio. Creo, además, que este porcentaje también se da en el exilio republicano español en México, donde cualitativa y cuantitativamente existen muchos más estudios al respecto.
-Estas personas, menos trascendentes, pero no por eso menos importantes a las que te refieres, de las que has recogido testimonios, la recolección de sus historias para poder elaborar esta historia global sobre el Winnipeg…¿qué has aprendido a través de ellas?
-Toda situación y toda persona siempre es una fuente de aprendizaje. En este caso, en el de la gente sencilla, es donde está la esencia del exilio; en su desarraigo, en el sufrimiento, en el sacrificio para volver a ponerse de pie y para integrarse a la nueva situación. Escribir sobre ellos fue escribir sobre mi propia experiencia de exiliado. Cuando repasaba sus testimonios y leía que muchos no deshacían sus maletas porque pensaban que su destierro sería por un tiempo corto; que a veces inconscientemente se oponían a adquirir las nuevas costumbres para no encariñarse con los nuevos amigos y con la nueva tierra, con la contradicción de necesitar un abrazo u una palmada en el hombro para no sentirte “otro”, cuando de noche ocultaban la pena y el llanto por el resto de la familia que estaba lejos, cuando leía o escuchaba todo eso, estaba repasando mi propio exilio. Si tuviera que resumir esta experiencia en un aprendizaje, diría que, sin dejar de lado la singularidad de cada ser humano, sin dejar de lado la personalidad de cada uno, pienso que el desarraigo provoca un trauma muy similar en todos los exiliados. De la misma forma, el proceso de integración también es similar. Hace poco tiempo estuve haciendo un trámite en el Consulado de España en Santiago de Chile. Había muchos ciudadanos españoles inscribiéndose ahí como requisito para tramitar su residencia en Chile. Me sorprendió y me emocionó las conversaciones que se daban entre ellos. “Mi hijo ya tiene acento chileno”, decía una; “Los míos ya tienen muchos amiguitos de aquí”, decía otra. “Mi marido y yo ya nos hemos adaptado a las comidas chilenas”, decía una tercera. Decían exactamente lo mismo que conversábamos los chilenos, en los años setenta, en el Consulado de Chile en Barcelona.
La experiencia en este sentido también ha sido variada. Recuerdo que en el pueblo catalán donde he pasado gran parte de mi vida, había un personaje muy xenófobo, que no soportaba a los sudacas. Hoy está muy orgulloso de que un hijo suyo esté trabajando en un país sudamericano.
1202-01.jpg-Julio,  Chile vivió tiempos, desde mi punto de vista, ilusionantes con la llegada al gobierno de Salvador Allende, pero se vivieron truncados por los poderes facticos: grandes empresas, ejército, gobierno USA…todo desembocó en aquel 11 de Septiembre del 73 porque no interesaba que las ideas y las políticas de Allende llegasen  a la práctica….¿cómo vivieron los  “hijos del Winnipeg” a Allende y a la dictadura…?
-La mayor parte de aquellos españoles, los “hijos del Winnipeg”, en el año 1973 ya se sentían y eran chilenos y muchos de ellos aun mantenían intactas las convicciones por las que fueron obligados a dejar su país de origen. Algunos de esos “muchos” que señalamos, colaboraron directa o indirectamente con el Gobierno de Salvador Allende. Es el caso del escultor Rafel Bellange, quien trabajó en el Ministerio de Agricultura y, con el golpe de Pinochet tuvo que exiliarse en Suecia. En Estocolmo montó la Bellange Gallery. Una de sus obras se instaló en una plaza de Barcelona como homenaje al pueblo catalán y a los Derechos Humanos. Falleció en Estocolmo, el año 2002.
Entre los que tuvieron que salir a un nuevo exilio está el pintor José Balmes, quién, como sabemos, entró como oyente a la Escuela de Bellas Artes en 1939, a la edad de doce años. En 1973, cuando era Decano de la Escuela, tuvo que emprender viaje a Francia junto a su familia para vivir su segundo exilio. Similar es el caso de la pianista Diana Pey, quién era vice decana de la Facultad de Artes Musicales cuando en 1973 tuvo que salir de Chile camino de un nuevo exilio. La verdad es que son muchos los casos de republicanos españoles que sufrieron un segundo exilio. Entre esos, una de las historias que me ha impresionado es el caso del valenciano JoséLlagaria
un combatiente comunista en la guerra civil española. En Chile tuvo tres hijos, el golpe de estado convulsionó la vida de toda la familia, uno de los hijos tuvo que dejar sus estudios, otro huyó del país y el otro fue hecho prisionero. La familia adoptó la decisión de abandonar Chile. De esta manera, José Llagaria regresó al puerto de Valparaíso para iniciar la misma travesía que realizó 35 años antes, pero a la inversa. Las coincidencias no podían ser más macabras; la misma represión militar, la misma derrota política, el mismo muelle de Valparaíso y el mismo mes, septiembre. Sin embargo, esta vez no había banda de música como en el año 39, ni había una multitud vitoreándolos, ni autoridades que los recibían alborozados. Tampoco el recibimiento en Barcelona fue como aquel de Valparaíso. José Llagaria se fue apagando poco a poco. Falleció a los tres años de volver a España.También se dan varios casos de refugiados españoles que olvidaron las razones que los trajeron a Chile. Algunos de ellos aplaudieron la llegada de Pinochet al poder, como fue el caso del crítico de arte y caricaturista Antonio R, Romera, quién ejercía la crítica con el seudónimo de “Critilo”.
-Más o menos la historia se repite: en Grecia y en España ahora que asoman en el horizonte otras alternativas con  la manera de “hacer política” enseguida los poderes monetarios, el capital más desaforado se pone en guardia y amenaza, difunde el miedo y desparrama la política del escarmiento:¿podremos hacerle frente?
-Llegué a España cuando todavía estaba viva la dictadura de Franco. Recuerdo aun los fusilamientos del año 75. Luego vino la muerte del dictador y la incipiente democracia, con sus aciertos y sus errores, algunos de ellos aun los pagamos en España, sobre todo los que refieren a las autonomía. Ya en la década de los ochenta muchos vieron que a la nueva democracia le faltaba empuje, le faltaba ambición, era una democracia encorsetada. La representación popular no era plena, no se hablaba ni se investigaban los crímenes de guerra, sobre todo los de la post guerra. Lo peor era que las fuerzas de izquierda se dividían cada vez más y con ello se perdía efectividad en el necesario proceso de cambios. Se acuño por esos años un slogan que parecía una vana humorada, pero que tenía una clarividencia enorme: “Contra Franco vivíamos mejor”. Luego vino una canción de Lluis Llach que decía: “No era això,/ companys, no era aixòpel que varen morir tantes florspel que vàrem plorar tants anhels...”
Resultaría vano y latoso intentar hacer un análisis político económico de la situación actual, pero me gustaría decir que me llama la atención el hecho constatable del fracaso de los partidos vigentes, los que han sostenido y sostienen el actual sistema, hasta llegar a la crisis en que se vive, contra los que se manifestó ese gran movimiento de los indignados. Indignados con la banca, con esos mismos políticos, con el sistema en general. Y me llama la atención que, aquellos que fueran parte del gran fracaso, se arroguen hoy el ser parte de la solución del problema. Es posible, o mejor dicho, es necesario que, como dice el mismo cantautor en su canción: “Quizás haya que ser valientes otra vez/ y decir no, amigos míos, no es esto.”
Creo, siguiendo tu pregunta, que es hora ya de los movimientos que en su día llamamos “alternativos”. Es la hora de la renovación, es la hora de dar la oportunidad a aquellos que no están involucrados ni han sido parte de esta enorme crisis, que ha hecho que otra vez España sea un país emisor de emigrantes.
Winnipeg-Imagen-Memoria-Chilena.jpg-Julio, al término de la Guerra Civil Española fueron muchos los que marcharon al exilio….se perdió mucho y mucho “material cerebral” bueno…cabezas que piensan, construyen y definen un mundo …muchas veces mejor…los exilios no son buenos para los países que lo sufren, ahora España sufre “exilios” por la crisis económica y te puedo asegurar que “no voluntariamente” estamos perdiendo un “capital humano” enorme….¿de qué manera, crees, que lo podemos o lo debemos recuperar…?
-España derrochó mucho de su talento no sólo al final de la guerra civil, también se fueron creadores y mentes pensantes antes del final de la guerra y durante la postguerra. Nunca antes, ni después, el despilfarro de lo mejor de su gente se hizo tan evidente como en la guerra civil. Los españoles libres y pensantes de aquella época, tuvieron sólo dos alternativas: la de enmudecer allí para siempre o adherirse al nuevo régimen o emprender el camino del éxodo e intentar desarrollarse en otra tierra.
Me resulta interesante tu pregunta porque me toca un aspecto vivencial curioso que tiene que ver con la etapa de investigación y con la de la presentación de este libro. Como sabes, yo llegué a España en los años setenta huyendo de otra dictadura. Durante los años ochenta, ya muy integrado en España, aun me resultaba chocante que gran parte de la sociedad española, su juventud, sobre todo, viviera como nuevos ricos, despreciando a los sudacas que en el fondo habíamos sido los que les tendimos una mano durante la noche negra española. Peor aún, la juventud española ignoraba que su país había sido emisor de emigrantes, no asumía que España había pasado por una cruel guerra y que se había sufrido hambre y frío.
Por esos años fue que comencé a reunir documentación sobre este tema. Aun no sabía que el resultado sería un libro, pero sí sabía que quería mostrarle a esa juventud española que la vida da muchas vueltas.
En la actualidad, cuando presento este libro, sucede lo que tu señalas, España otra vez es emisor de emigrados y Chile, entre varios otros países, es el receptor de esos españoles que tienen que ganarse el pan lejos de su patria.
Cuando el Gobierno chileno dio por concluida la labor de Neruda como encargado de la inmigración española, en una entrevista hecha en París, el poeta comentaba que en ese momento lo que terminaba era su misión como Cónsul Especial, pero que las migraciones y los exilios entre España y América no terminarían nunca, porque son cíclicos, por todo lo que nos une.   
-¿Qué ha supuesto, para ti, acercarte a las personas que compusieron el universo particular  del Winnipeg…?
-Así, de entrada, debo decir que significó un gran enriquecimiento personal. Conocí personas maravillosas, que me enseñaron mucho, por su ejemplo de vida, por su coherencia, por su entereza. Hoy en día estoy muy orgulloso de tener amigos como Víctor Pey, José Balmes, Roser Bru, entre tantos otros, y también muy orgulloso de haber compartido con personas como el valenciano Ovidio Oltra, quién fue fundador de la Agrupación Amigos del Winnipeg, el historiador Leopoldo Castedo o José Calvet, que fue la persona que guardó la bandera chilena y española que confeccionaron los refugiados durante el viaje. Debo decir que quizá tuve la suerte de conocer a algunos de los mejores seres humanos que formaron parte de ese maravilloso contingente de pasajeros que llegó a Chile en el año 39, sin embargo, sé, me consta, que no todos tuvieron un comportamiento tan coherente como los que he nombrado.
Por otro lado, debo decir que mis tres libros editados, los tres que permanecen inéditos y los más de sesenta artículos publicados en diferentes medios, forman todos ellos un mismo libro, único y monotemático. Hablan todos ellos de la relación entre mis dos países. Por lo personajes descritos, por las circunstancias narradas, siempre en ellos está la relación de Chile y España.
Personajes del Winnipeg…
winnipeg.jpg18029Winnipeg. Testimonios de un exilio. Julio Gálvez Barraza
428 páginas      17 x 24 cms.
25,00 euros
Renacimiento



«La aventura del barco “Winnipeg” constituye una de las odiseas marinas más impactantes del siglo pasado. Julio Gálvez Barraza, autor de Neruda y España (2003), sigue la estela de la embarcación en el presente ensayo, parte de la literatura testimonial. No deja rastro por seguir, entrevista a los sobrevivientes de los hechos acaecidos hace más de setenta años, se sumerge en archivos, cartas y documentos; husmea, deduce, relaciona y excluye el criterio sentencioso para dejar la ventana, o el ojo de buey, abierta a otras investigaciones. Su documentado estudio no soslaya –imposible hacerlo– la participación en los hechos del cónsul especial para la inmigración española, Pablo Neruda, considerado por este solo suceso un héroe civil, un humanista y un luchador por la causa de los derechos fundamentales. Dice el poeta en sus memorias que la crítica puede negar toda su poesía, pero la empresa homérica del “Winnipeg” no la borra nadie. […]
A Chile llegaron, en edad adolescente, Roser Bru, José Balmes, el crítico y caricaturista Antonio R. Romera, el diseñador Mauricio Amster, el profesor Eleazar Huerta y el dramaturgo José Ricardo Morales, uno de los fundadores del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, en 1941, a quien le escuché en una clase del Pedagógico decir que los del “Winnipeg” habían venido no a hacerse la América, sino a contribuir a que América se hiciese».

Mario Valdovinos, Revista de Libros. El Mercurio

Julio Gálvez Barraza (Santiago de Chile, 1949). Escritor, ensayista, especializado en el exilio republicano español a Chile. Residió en Castelldefels (Barcelona) desde 1973 hasta 1995. En 1990 fue galardonado con el primer premio SantJordi, Narrativa Castellana de Castelldefels por el cuento Los muertos no se venden. En 1998, en Chile, obtiene el primer premio en el Concurso Internacional de Ensayo «Neruda, el ser americano», convocado por la Fundación Pablo Neruda, por su ensayo biográfico Neruda: Testigo ardiente de una época.
En septiembre de 1999 participa en la organización de los actos conmemorativos de los 60 años de la llegada del «Winnipeg», patrocinada por el Centro Cultural de España en Chile. En junio de 2001, bajo el patrocinio de la Embajada de Chile en España, se presenta en Madrid la propuesta poético musical Neruda vuelve a la Casa de las Flores, de la que es coautor. En enero de 2003 fue el primer finalista en la VI Edición del Premio Así fue. La historia rescatada 2002, con su obra Neruda: aunque nadie recuerde, concurso convocado por la Editorial Plaza y Janés de Barcelona, España. En octubre del mismo año, en Chile, obtiene una Mención Honrosa en el concurso Premio José Nuez Martín y Centro Cultural de España, por su trabajo El aporte del exilio. En diciembre de 2003 la Corporación Sintesys y la Fundación Delia del Carril presentan su libro Neruda y España (Santiago de Chile, Ril Editores). En septiembre de 2004, en Barcelona, coordina los actos conmemorativos de los 65 años de la llegada del «Winnipeg» a Chile, organizados por el Consulado de Chile en Barcelona y el Instituto catalán de Cooperación Iberoamericana. En noviembre de 2010, en la 30º Feria Internacional del Libro de Santiago, participa como panelista en «Los cien años de un poeta. Homenaje a Miguel Hernández», organizado por la Consejería Cultural de la Embajada de España en Chile y la Fundación Pablo Neruda. En diciembre de 2012 es galardonado con el 1º Premio, categoría inédita, en el concurso «Escrituras de la Memoria», convocado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, por su libro Juvencio Valle. El hijo del molinero. En el mismo concurso es acreedor de la Primera Mención Honrosa por su libro Winnipeg. Testimonios de un exilio.
Ha ofrecido innumerables charlas y conferencias en Chile, España y Suecia, sobre Neruda, el «Winnipeg» y sobre los escritores Luis Enrique Délano, Juvencio Valle y Miguel Hernández. Ha publicado artículos en diversos periódicos y revistas chilenas, en algunos medios españoles y en varias páginas de Internet.
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