miércoles, 11 de marzo de 2015

Luis Enrique Délano y el extraño cementerio de Lofoten


Salvador Reyes ya era un escritor formado cuando Luis Enrique Délano comenzaba a dar sus primeros pasos literarios. El "capitán" de los imaginistas, nacido en 1899 en la nortina ciudad de Copiapó, residía en Santiago desde 1920, donde ejercía el periodismo. Pronto se hicieron grandes amigos y Luis Enrique pasó a ser un huésped casi diario de su casa en la Avenida Recoleta, en la que Reyes vivía con Inés Luna, su esposa y con su madre. Señala Délano que a esa casa habitualmente iban otras personas, escritores en su mayor parte, con quienes llegó a tener una buena amistad. Hernán del Solar, Ángel Cruchaga Santa María, Manuel Eduardo Hübner entre ellos. Una noche de primavera, en 1928, llegó a esa pequeña tertulia literaria uno de los no habituales y que llegaría a consolidar una larga y entrañable amistad con Luis Enrique. Se trataba de un joven sureño, vestido de negro y cubierto con el sombrero alón que destacaba a los poetas de la época. Por desgracia, -recuerda Délano en un Saludo a Juvencio Valle, publicado en El Siglo-, esa noche hablamos de muchas cosas, menos de poesía y Juvencio Valle, que era aquel jovencito, habló menos que nadie, permaneció empecinadamente silencioso y escuchando a los demás, como acostumbró a hacerlo durante toda su vida.
En una larga entrevista que hiciera en 1968, Jorge Teillier a Salvador Reyes para la revista Árbol de Letras, y ante la opción por escoger a cuatro poetas predilectos, Reyes señala a Baudelaire, a Tristán Corbiére, a Blaise Cendrars, cuya Semana Santa en New York le parece uno de los más dramáticos testimonios de solidaridad humana contemporánea y a un poeta, hasta ese entonces desconocido en Chile: Milosz, al cual conocí en la traducción de Augusto D`Halmar, llegando mi entusiasmo hasta el punto de copiar todo el libro a máquina en varias copias que hacía circular.
Délano se contó entre los amigos que recibieron copia de los versos del poeta lituano. Tal como le sucedió a Augusto D'Halmar y luego a Salvador Reyes, el asombro y la fascinación por esos poemas dejaron en él una huella inolvidable. En el prólogo a la traducción del francés de los poemas de Oscar de Lubisz Milosz, D'Halmar señala al lector: ...es el caso de parafrasear "la paz os dejo, la paz os doy", porque vas a oír repetirse en letanía y salmodia de sortilegio, las palabras esenciales y elementales como: Agua, Tierra, Árbol, Ortiga, Piedra, Pan; pero ¡cuidado con detenerse solamente y dejarse encantar por el sonido!
La publicación hecha en Madrid en 1922, era muy restringida, de sólo cien ejemplares. Los había editado el escritor y pintor español Gabriel García Maroto, quien posteriormente, durante la estadía de Délano en España, llegaría a ser uno de sus más cercanos amigos. De esa limitada edición, -señala Délano en su libro Aprendiz de escritor-, llegaron no más de dos o tres ejemplares a Chile, a mediados de la década del 20. Algunos poetas sintieron la fascinación de esa poesía que parecía venir como una letanía desde el fondo del tiempo, e hicieron copias a máquina de los treinta y un poemas, basados en elementos esenciales y que resonaban como una extraña y misteriosa música. Salvador me prestó una de esas copias dactilografiadas, que leí con una sensación parecida a la angustia, y a mi vez, copié. Creo que desde entonces me acompañan los poemas de Milosz (desde 1948, en una nueva edición, que se hizo en Chile)1 y a menudo los tomo y releo la "Sinfonía de noviembre", "La reina Karomamá", "La berlina detenida en la noche" o "Lofoten", uno de los más extraños, nostálgicos y hermosos poemas de esta antología:

Vosotros desaparecidos, vosotras suicidas, vosotras lejanas
en el cementerio extranjero de Lofoten
-el nombre suena a mi oído extraño y suave-
¿dormís, verdaderamente, decidme, es que dormís?

Ustedes podrán reírse de mí, pero ese lugar, Lofoten, se me metió en el corazón.

Muchos años más tarde, siendo embajador de Chile ante los países nórdicos, Luis Enrique Délano tuvo la oportunidad de visitar Lofoten. A mediados del mes de julio de 1973, durante unas breves vacaciones, acompañado de su esposa, cumplió el viejo sueño. Al segundo día de su estancia en la isla, preguntó dónde estaba el cementerio, dónde estaba la zona de los féretros pobres de Lofoten. Después, como todo buen viajero, constató por sí mismo las licencias poéticas del lituano.
El poeta inspirador del viaje a esa remota región había hablado del cementerio extraño de Lofoten, como si hubiera sólo uno. Posiblemente Milosz no conocía el lugar. Lofoten no es una isla, es todo un pequeño archipiélago. Es de suponer entonces que hay más de un cementerio. Délano concordó con su esposa que tenían que elegir uno para visitarlo, uno cualquiera, y ninguno mejor que el de Svolvaer, la capital de las islas. Bajo el sol del verano noruego, encontraron un plácido y primaveral cementerio, como un jardín florido y no el del débil viento de voz de niño y los graznidos de las gaviotas que, con las sirenas de los barcos, son las únicas voces que rompen el silencio pétreo y marino de Lofoten. Era tal el jubilo por realizar un viaje añorado durante tantos años, que desde Svolvaer envió cartas postales a su hijo, Poli, y a sus más cercanos amigos; todas ellas contenían la primera estrofa del poema de Milosz:

Todos los muertos están ebrios de lluvia vieja y sucia
en el cementerio extraño de Lofoten.
El reloj del deshielo tictaquea lejano
en el corazón de los féretros pobres de Lofoten.

En el Diario de Estocolmo (LOM, 2010), meticulosamente escrito durante los tres años que duró su misión diplomática en Suecia, Délano justifica su viaje a las islas con un entrañable e inocente argumento:
¿Por qué Lofoten? Es un viejo sueño. Tengo 65 años pero en algunas cosas sigo siendo igual que cuando tenía 20 y leía, en un cuaderno que me había prestado Salvador Reyes:
Y gracias a los agujeros abiertos por la negra primavera
los cuervos están cebados de fría carne humana;
y gracias al débil viento de voz de niño
el sueño es grato a los muertos de Lofoten.

Por eso Lofoten, nada más que por el poema de Lubisz Milosz. Años después leí un artículo sobre Lofoten, creo que en el National Geographical Magazine, donde aparecía la fotografía de una bahía con miles de barcos de pesca. Y desde entonces. ¿Cómo no ir ahora que estoy más o menos cerca, tres o cuatro horas de avión más cinco o seis de barco?

Y aunque Lofoten dejó de ser una tierra desconocida para él, durante el resto de su vida recordó entrañablemente los agudos gritos de las gaviotas que poblaban las islas, las montañas negras con picos agresivos y siniestros, las escarpadas paredes de roca de los fiordos y las viejas empalizadas donde los pescadores ponían a secar el bacalao.
Julio Gálvez Barraza
1 La publicación a la que alude Luis Enrique Délano (colección Las Pléyades, Santiago de Chile, 1948) también fue una edición limitada a sólo 200 ejemplares. En el año 1953, la Editorial Nascimento hizo un lanzamiento considerable de la traducción de Augusto D'Halmar.
El Winnipeg en Sinopsis, de Youtube.
https://www.youtube.com/watch?v=4pE4ouA98VA